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Ser feminista en un país que odia a las mujeres

¿Por qué marchan las feministas? ¿Cómo se siente el acoso en la calle, que te toquen en los buses, que te agredan sexualmente? Un texto de cómo se vive el odio hacia las mujeres todos los días en Guatemala. 

Era ocho de marzo y ya habíamos recorrido toda la zona uno. La marcha anual en el Día de la Mujer había iniciado en la Corte Suprema de Justicia, cientos de mujeres organizadas y auto convocadas nos juntamos allí a las 9 de la mañana para empezar el recorrido. Como todos los años, en Guatemala se organizaron distintos bloques. Mujeres indígenas, mestizas, trans, jóvenes y adultas se hicieron presentes. Algunas desde la consigna, otras con el baile y la expresión artística, pero todas en nuestra diversidad con el fin de hacer visible en las calles que estamos vivas y que no queremos más violencia ni desigualdad.

Desde hace tres años asisto a las marchas del ocho de marzo como reportera. Es importante para mí poder documentar el movimiento de mujeres que crece con los años, ahí estaré por iniciativa propia. Recuerdo que la primera vez que asistí a un ocho de marzo no habíamos tantas como en el 2022, y eso que esa primera vez no fue hace tanto, fue en 2019.

Me gusta que las fotos que tomo y los videos que grabo en las marchas, las vean otras personas en redes sociales y se enteren que aquí estamos. Que estamos vivas, que habemos mujeres con voz en un país con altos índices de violencia.

El crecimiento del movimiento de mujeres es notorio y registrarlo me parece imprescindible. Me hace ilusión que esto sea parte de nuestra historia. Poder ser un ojo presente en el movimiento que, con el paso de los años, ve crecer y crecer el número de mujeres en las calles exigiendo una vida más digna y un mayor acceso a nuestros derechos. Me gusta ir documentando y también alzando mi voz. Me siento muy libre en medio de las marchas. Cuando caminamos y cantamos por la sexta, cuando gritamos las consignas. 

Ya eran las cuatro de la tarde de ese ocho de marzo e iniciaba el festival que organizaron algunas colectivas y organizaciones de mujeres para el cierre de la marcha. Me subí al escenario para poder tener una mejor perspectiva del público. Éramos cientas, sí con a. Éramos cientas. La felicidad y la fuerza vibraba en el ambiente. Todo parecía estar bien, un ocho de marzo que cerraría con gozo y alegría, eso parecía.

Pero un hombre calvo que estaba borracho me recordó una de las razones por las que marchamos: porque Guatemala odia a las mujeres.

Ya me había bajado del escenario. Estaba cerca de mi compañera Pilar, ella también es reportera. Ambas con nuestras cámaras hacíamos también parte del público de mujeres que disfrutaría el arte de otras que se irían subiendo al escenario durante la tarde y noche. Pero ese hombre llegó a gritarnos “locas” y a ofrecernos golpes. Con su peste a alcohol y abusividad quería estar en medio de todas, aunque algunas le dijeran que se fuera, no se iba. Nos ofreció golpes y al gritarle que se fuera, algunas lograron que se alejara de la marcha por un momento.

Había una barrera de agentes de la Policía Nacional Civil al lado del escenario, no sé para qué, si para protegernos y hacer valer nuestro derecho a manifestarnos, o si para intimidarnos. Me parece que solo para intimidarnos, porque no hicieron mucho contra ese hombre borracho. 

“Mierdas, mierdas”, “son unas mierdas”, gritaba el hombre. Yo empecé a caminar hacia él, sin tocarlo, le gritaba “váyase, déjenos”, “deje en paz”. Así logré que se alejara. Atrás mía quedaron todas las demás que estaban en la marcha. Una de ellas grabó ese momento por si algo más pasaba, y tenerlo documentado. No me tocó ni lo toqué, pasaron varios minutos hasta que por fin la policía lo expulsó de la Plaza. Cargándolo lo llevaron lejos de nosotras y ya no volvió.

Aunque habiendo cientas de mujeres presentes, sabía que si ese hombre intentaba agredirnos, juntas responderíamos… no pude evitar recordarme del momento en que por portar un pañuelo morado en la muñeca un hombre me golpeó en 2020 por feminista.

“Esto ya lo he sentido antes”, pensé.

Sentí algo parecido a ese 28 de noviembre de 2020 cuando un sujeto me acusó de feminista infiltrada, razón que le bastó para golpearme con un hierro en el cuello mientras finalizaba una protesta por el presupuesto aprobado para 2021. 

Sentí algo parecido a lo que sentí en septiembre de 2020 cuando en el bicicleteado por el día de acción global por el aborto legal y seguro, algunos hombres nos gritaron decenas de insultos por portar un pañuelo verde. Me amenazaron por haber documentado y reportado esa acción.

Sentí algo muy conocido… como lo que siento cuando los trolls comentan feminazi, tonta, loca, en las publicaciones que hago en redes sociales informando algo sobre mujeres o expresando mi opinión y sentir sobre las violencias que vivimos en Guatemala. Cuando leo que alguien se atreve a burlarse de las víctimas que denuncian, a invalidar sus voces.

«Pero un hombre calvo que estaba borracho me recordó una de las razones por las que marchamos: porque Guatemala odia a las mujeres».

Sentí el mismo desprecio y temor que siento desde que me nombro feminista y me enfrento a un país que idolatra a un músico que cree que machismo es igual a feminismo.

Pero también me recordé de cómo me sentí antes de nombrarme feminista, siendo solo una mujer, una joven y una niña en Guatemala.

De las veces que he sido víctima de  acoso sexual en las calles, las tocadas en los buses y la vez que un hombre eyaculó en mi pierna, el día que casi me secuestran, cuando me agredió sexualmente un amigo y cientos de momentos más. Situaciones que casi todas las mujeres enfrentamos en Guatemala, los números no mienten: todas aquí, sin excepción, hemos sido víctimas de violencia.

Nos llaman exageradas y locas en las calles y en las redes sociales sin saber las violencias machistas a las que nos enfrentamos en la vida. Sin que les traspase el cuerpo el ser mujer aquí. Agregan “nazi” a “femi” y creen que es cómico comparar a los responsables del holocausto judío que mataron a miles de personas en Alemania con el movimiento mundial de mujeres que pide justicia por las que matan a diario. 

Quizás si digo que sentí miedo en una protesta de un ocho de marzo por un hombre viejo y borracho que ofrecía golpes, me llamen exagerada. Pero escribo este texto con la esperanza de que comprendan que Guatemala y el mundo nos da todos los días a las mujeres, razones suficientes para sentir miedo.

Pienso en la niña de 7 años que mataron el 1 de enero en Villa Nueva; en Litzy que la mataron hace 3 años en Zacapa y su caso no ha avanzado. Pienso en mi amiga que denunció a su agresor y el tipo se atrevió a negarlo todo y a culparla; en las mujeres migrantes víctimas de trata, en aquellas mujeres trans que han matado por prejuicio, en todas las desaparecidas que huyen de su agresor y en las que aparecen, pero no vivas. Pienso en las madres que he escuchado llorar. También pienso en mis amigas y yo sin saber qué hacer ante el acoso policial. Pienso en todo eso y me confirmo que tenemos razones para tener miedo.

Sueño con que un día salgamos miles de miles los ocho de marzo a celebrar, a gozar y bailar porque somos libres. Porque nos costó cientos de años conquistar nuestros derechos y festejando lo conmemoramos. Con que un día no les molesten más nuestros pañuelos morados o verdes, nuestros “Ni una menos” o la simple palabra feminista.

Sueño con que un día, Guatemala no odie a las feministas.

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