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Introducción: Juan Luis Bosch, un hombre que ríe y calla

Durante el último medio siglo, Juan Luis Bosch Gutiérrez ha comandado la Corporación Multi Inversiones (CMI). El empresario heredó los negocios que fundó su abuelo, un migrante español que abrió una tienda en un pueblo de Totonicapán y los convirtió en una de las mayores transnacionales centroamericanas. Desde hace más de 30 años, nadie en Guatemala puede obviar su poder o el de su familia: los Gutiérrez-Bosch.  

Este es el primer reportaje de la serie: “Juan Luis Bosch: un hombre que ríe y calla“.

A inicios del año 2000, Juan Luis Bosch y otros grandes empresarios convocaron al entonces nuevo presidente de Guatemala, Alfonso Portillo, a su vicepresidente y su canciller. Les invitaron al pent-house del primo de Bosch, Dionisio Gutiérrez, en un edificio familiar de la zona 10 de la Ciudad de Guatemala. 

Fue el presidente quien acudió a la oficina de los empresarios y no ellos quienes visitaron la Casa Presidencial. “Error mío”, dice Portillo diecisiete años después, al relatar por primera vez lo que, según él, sucedió en aquella reunión. 

Juan Luis Bosch sacó un pizarrón blanco con ruedas donde había dibujado un diagrama con los cargos importantes del gabinete. Tomó un marcador y puso smileys tristes y alegres junto a cada ministro. “Me calificó con caritas a todo el gobierno”, dice Portillo, presidente entre 2000 y 2004. 

Bosch le habló directo: “presidente, no se te olvide que la novia del estudiante de medicina no es la mujer del médico”. El dicho era una advertencia: Portillo debía entender que, en Guatemala, ocupar la presidencia de la República no era sinónimo de tener el poder.

Bosch es la clase de personaje con la influencia suficiente para que un presidente acuda a su oficina a escucharlo y con la confianza necesaria para explicarle cómo debe gobernar.

El empresario es un símbolo del poder que ejercen en Guatemala un reducido número de corporaciones familiares. 

Juan Luis Bosch sacó un pizarrón blanco con ruedas donde había dibujado un diagrama con los cargos importantes del gabinete. Tomó un marcador y puso smileys tristes y alegres junto a cada ministro. “Me calificó con caritas a todo el gobierno”, dice Portillo.

Estos grupos tienen en común el controlar sectores enteros de la economía guatemalteca y, con frecuencia, tener negocios en varios países de Centroamérica. Suelen poseer enormes patrimonios de más de mil millones de dólares, de los que se conocen pocos detalles precisos, ya que casi siempre son administrados de forma opaca a través de estructuras offshore. 

Como no cotizan en bolsa y no es común que busquen financiarse en mercados públicos, los directivos de estos grupos manejan sus negocios como un asunto estrictamente familiar, tan privado como sus propias vidas personales. 

Esto les libra de las presiones que enfrentan las grandes corporaciones en otros países y les permite gobernar sus empresas como gobiernan sus familias. Son patriarcas —casi siempre solo hombres— que raramente deben rendir cuentas.

Como no están sometidos a normas de transparencia sobre sus finanzas o normas obligatorias de buen gobierno corporativo, la población no cuenta con más información sobre sus actividades, más allá de la que difunden sus relacionistas públicos. 

Como los accionistas de sus corporaciones son miembros de la familia que dependen del reparto de beneficios que decide la generación que gestiona los negocios, apenas se producen cuestionamientos internos. 

Aunque solo ha ocupado la presidencia de la Cámara de Industria y de Cacif en una ocasión, a finales de los años 80, Juan Luis Bosch (en el centro, haciendo como que pelea) es uno de los líderes empresariales más importantes del país. (Foto: Captura de un video de la Cámara de Industria de Guatemala). 

Sus vidas y negocios ocurren muy lejos de la atención pública. Y esa misma discreción es la que suelen emplear para participar en política. A diferencia de lo que sucede en otros países,  esta élite prefiere no involucrarse directamente. No integran la primera línea de los partidos políticos, ni suelen exponerse a ser candidatos a la presidencia o apoyar abiertamente a partido alguno. 

Pero nadie duda de que son capaces de moldear el Estado y las políticas públicas. 

Consiguen que sus abogados sean nombrados magistrados o sus gerentes ministros. Solo en algunas ocasiones, políticos o funcionarios toman decisiones sobre asuntos que les afectan sin que ellos sean consultados antes.  

Utilizan organizaciones gremiales, especialmente las cámaras empresariales, para presionar e influir; vetar lo que no les gusta y exigir lo que sí; apoyar a ciertos candidatos o funcionarios y hacer la guerra a otros.

Nada de esto es un secreto en Guatemala. En 2009, cuando la Cámara de Industria –que fue presidida por Juan Luis Bosch y otros miembros de su familia– cumplió 50 años, se publicó un libro en el que este tipo de acciones se presentaron como éxitos. 

La académica Regina Wagner, autora del libro, describe abiertamente el poder de la organización: cómo en 1985 forzaron la destitución de dos ministros, uno de ellos, por haber ofendido a un presidente de la Cámara; cómo en 1987 el gobierno les cedió a ellos, un grupo privado, el protagonismo en las negociaciones para ingresar en la Organización Mundial del Comercio; cómo en 2003 promovieron la formación de un nuevo partido político solo para evitar que el partido del presidente Portillo —el hombre de los smileys— se mantuviera en el poder. 

La Corporación Multi Inversiones (CMI), el conglomerado de empresas propiedad de Juan Luis Bosch y sus primos y hermanos, es una de las integrantes más conocidas de esta élite entre la élite.

Estos grandes empresarios carecen de la capacidad de controlar todo lo que sucede en el país: quién alcanza la presidencia, qué leyes se aprueban o qué nuevas fortunas surgen a la sombra de la política o el crimen. Pero en un país pequeño y pobre, sin sistema de partidos políticos estable o una sociedad civil fuerte, pocos dudan que son el colectivo mejor organizado. 

Quizá no pueden conducir a Guatemala exactamente al lugar adonde les gustaría, pero son altamente exitosos en evitar que se encamine al rumbo que no desean.  

Sus rivales los temen y ven la sombra de su poder por todas partes: piensan que mantienen al Estado como rehén, que financian campañas electorales y a las cortes de justicia; que chantajean a presidentes con boicots fiscales o campañas de desprestigio en los medios de comunicación.

La Corporación Multi Inversiones (CMI), el conglomerado de empresas propiedad de Juan Luis Bosch y sus primos y hermanos, es una de las integrantes más conocidas de esta élite entre la élite.

Quienes los admiran los ven como la encarnación de los nuevos empresarios que modernizaron la economía del país. La familia desciende de migrantes españoles que llegaron a Guatemala al comienzo del siglo XX. No poseían grandes extensiones de tierra, ni conexiones familiares con la élite tradicional. Construyeron un imperio desde abajo, apostando por la industrialización y el consumo local de sus productos. 

Con poco más de 30 años, Juan Luis Bosch (a la izquierda con un micrófono en la mano) emergió desde mediados de los años 80, como uno de los líderes jóvenes del sector privado en el nuevo periodo democrático. (Foto: Captura de un video de la Cámara de Industria de Guatemala) 

Negocios

En la actualidad, CMI es probablemente la mayor corporación familiar de Centroamérica y la que ha incursionado en negocios más diversos. Según los datos que la propia empresa difunde, tienen alrededor de 40 mil empleados en 14 países. 

Calcular el patrimonio de la familia no es sencillo, porque está repartido en un vasto entramado offshore que tiene su centro en una isla del Caribe, Curazao, desde la que manejan una serie de fundaciones privadas que administran su dinero. Pero, con seguridad, su fortuna asciende a no menos de 4,000 millones de dólares, según informes presentados a registros mercantiles e inversores en España y Bermudas. 

Esta fortuna proviene inicialmente del negocio de la alimentación. Una parte importante de la carne de pollo, las harinas, las pastas, las galletas y los embutidos que se consumen en Centroamérica, o bien las vende CMI o son producidas con insumos que vende la corporación.

En la industria avícola, el negocio que les ha dado fama, han alcanzado una integración total: son propietarios desde las incubadoras en las que se crían los pollos, hasta los centros comerciales en los que se ubican los restaurantes Pollo Campero –también suyos– que venden esos pollos ya empanizados y fritos. 

El tamaño de su división alimentaria es equivalente al de las principales empresas del ramo en países como Colombia o Argentina, dice Alejandro Romero, director de Zooinc, una empresa de estrategia comunicacional pecuaria. 

De hecho, CMI es propietaria de las principales criadoras de pollos en Guatemala, El Salvador y Honduras. “Son la única empresa que tiene participación en toda la cadena de producción”, dice Romero.

En la actualidad, dos grupos dominan el mercado del pollo fresco en Guatemala: CMI, con su marca Pollo Rey, y PAF, con Pio Lindo. De las dos empresas, CMI es la mayor, aunque se desconoce con precisión cuál es su cuota de mercado. (Foto: Oliver de Ros)

Además, poseen centros comerciales en todas las principales ciudades de Guatemala, así como edificios de oficinas y apartamentos y residenciales en la capital. 

Suya es también una de las marcas más reconocibles de Guatemala y el restaurante favorito de millones de personas en la región: Pollo Campero, el McDonald ‘s centroamericano, y sus variantes: Don Pollo y Pollo Granjero. Juntos suman más de 800 establecimientos.

Pero sus negocios no se quedan sólo en la producción de carne, harina y huevos y sus restaurantes. 

Son probablemente el mayor productor privado de energía renovable en toda Centroamérica. Son propietarios de centrales fotovoltaicas en El Salvador y República Dominicana, parques eólicos en Honduras y Nicaragua y el mayor complejo hidroeléctrico privado de Guatemala, que tiene un valor contable de unos 640 millones de dólares. 

En 2020, produjeron el 12 por ciento de la energía que generó Guatemala, según las estadísticas del Administrador del Mercado Mayorista. Y fueron el segundo proveedor de electricidad más importante para el área metropolitana de la Ciudad de Guatemala.

Además, entre 2013 y 2019, CMI fue propietaria del 40 por ciento de la compañía de telefonía celular Movistar en cuatro países de la región.

CMI Capital comenzó una expansión internacional que le llevó a comprar o construir centrales eólicas y solares en El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y República Dominicana. En la imagen una plataforma de energía solar en República Dominicana con una capacidad instalada de 53 MW. (Foto: 100 aniversario CMI)

Pero toda esta riqueza también genera rechazo. Los críticos de CMI ven a la familia como un referente del poder desmedido de un tipo de empresarios que obtienen beneficios económicos extraordinarios de la sociedad, pero se oponen a financiar su desarrollo, aun cuando operan en algunos de los países más pobres y desiguales de América Latina. 

Esta percepción ha sido alimentada por la oposición de la familia a todo lo que signifique entregarle más recursos al Estado, algo en lo que han sido tan exitosos como en los negocios, especialmente en Guatemala. 

Aunque no resulte sencillo determinar con precisión cuántos impuestos pagan, en un informe de 2019, CMI Capital, la división del grupo dedicada a energía y negocios inmobiliarios, expuso que ese año facturó 437 millones de dólares en toda la región y pagó en impuestos y tasas el equivalente al 4 por ciento de su ingresos brutos. Esto es  menos de lo que en la actualidad hubiera pagado de impuesto sobre la renta un pequeño contribuyente en Guatemala sujeto al régimen simplificado del 5 por ciento.

También han sido cuestionados por el hecho de que en muchos de los mercados en los que actúan ostentan una posición dominante, lo que les permite desplazar competidores o imponer sus precios a los consumidores. 

En El Salvador, uno de los pocos lugares donde se conoce la cuota de mercado que poseen sobre algunos productos, las autoridades estimaron que en 2019 CMI vendía la mitad de la carne de pollo que se produce en el país y entre el 40 y el 45 por ciento del concentrado para engordar aves.

En Guatemala, un estudio de 2007 calculó que la familia vendía el 65 por ciento de los pollitos criados en el país para producir carne. 

No existen datos precisos sobre este tema porque Guatemala carece de una autoridad que regule la competencia o las prácticas de competencia desleal. Esto se debe, en parte, al rechazo que ha expresado la élite contra este tipo de legislación. 

El hermano menor de Juan Luis Bosch, Felipe ha presidido la Cámara de Industria y durante años ha sido uno de los dirigentes principales de Fundesa, un laboratorio de ideas que promueve los intereses de algunos de los grandes empresarios del país. (Foto: Oliver de Ros)

La familia Gutiérrez Bosch, Dionisio, Juan José, Felipe

En la familia que controla CMI hay varias caras visibles. Quizá el más popular es Dionisio Gutiérrez Mayorga, quien desde los años 90 ha conducido un “talk show” político en la televisión y, con frecuencia, ha sido considerado como un potencial candidato presidencial, aunque nunca parece querer dar el paso.  

“(Dionisio) Es re chulo, pero tiene mucho ego”, dice su tía Isabel, la madre de Juan Luis Bosch, en una entrevista realizada en 2017 para este perfil. “Quiso ser presidente [de Guatemala], pero la familia no quería”. 

Dionisio también encabezó desde 2013 hasta 2021, cuando fue clausurado, un proyecto llamado Escuela de Gobierno, un centro de formación política para futuros funcionarios. “Es la expresión de la economía del grupo CMI: asumen la tarea de un Estado incapaz de formar funcionarios”, dijo Fernando Valdés, un investigador sobre élites guatemaltecas, quien falleció en 2021.

Dionisio Gutiérrez es primo de Juan Luis Bosch. Es conocido por sus ambiciones políticas. En una ocasión un político español lo presentó como “el próximo presidente de Guatemala”. (Foto: Oliver de Ros)

Aunque se mantiene alejado de la gestión diaria de los negocios y genera desconfianza entre algunos ultraconservadores, Dionisio es un hombre influyente entre la élite económica. Logró el apoyo de algunas de las principales corporaciones familiares del país –Cementos Progreso, el gremio de los azucareros y las embotelladoras Cervecería Centroamericana y CBC– para crear la Escuela de Gobierno. Según Hugo Maúl, quien era el recaudador de fondos y director general de la Escuela, Dionisio “hizo ver a los empresarios que el problema del país era político”.

Más recientemente, un hermano de Dionisio, Juan José Gutiérrez Mayorga, también se ha hecho conocido por sus opiniones en Twitter, ofreciendo a los guatemaltecos la rara oportunidad de escuchar a un miembro de la élite hablando sin filtros. “La persona que te enseña a odiar a los ricos es resentida social. La persona que te enseña a ser rico es visionaria. Anónimo”, 23-5-2022.

Juan José presidió la Cámara de Industria entre 1993 y 1995 y, durante su mandato, fue noticia cuando sufrió un atentado en la zona 10 de la Ciudad de Guatemala que pudo costarle la vida. El ataque contra su carro blindado ocurrió en 1995, mientras la Cámara Industria se enfrentaba al gobierno del presidente Ramiro de León por una reforma del sistema arancelario.  

Felipe Bosch Gutiérrez, primo de Dionisio y Juan José, también ha destacado por su participación en la vida gremial. Dirigió la Cámara de Industria entre 2001 y 2003 y preside la Fundesa, un laboratorio de ideas empresarial, que incide en proyectos de reforma del Estado como la Justicia, la seguridad o las aduanas.

Pero pocos dudan que el cerebro detrás de la corporación y el hombre más influyente de ellos no es ninguno de los tres anteriores; sino el hermano mayor de Felipe y el primo de Dionisio y Juan José: Juan Luis Bosch Gutiérrez. 

Su figura es clave para entender cómo CMI se convirtió en un poder que nadie que gobernase Guatemala podía obviar. 

En los 70, Juan Luis Bosch heredó los negocios en la industria alimentaria que su abuelo fundó. En las décadas siguientes los convirtió en la mayor transnacional guatemalteca.

En los 80 fue protagonista de la transición del sector privado hacia la democracia. Emergió como representante de una generación de empresarios que serían férreos defensores de sus intereses y duros críticos del sistema político. 

Juan Baustista Gutiérrez fue quetzalteco y español. En el parque Juárez de Quetzaltenango, cerca de uno de los restaurantes que abrieron sus nietos, se encuentra este busto suyo. (Foto: Oliver de Ros)
 

Gracias a su liderazgo, los presidentes del país aprenderían que no podían gobernar ignorando a los grandes empresarios. 

En los 90, encabezó las inversiones de su familia en lo que serían sus grandes negocios del futuro: la energía y las telecomunicaciones. 

En el nuevo siglo, se convirtió en un líder gremial en la sombra, desconocido para la población, pero voz de la cúpula, destinado a aparecer en los momentos de crisis. Por ejemplo, cuando los gobiernos trataron de aplicar reformas fiscales para forzar a los empresarios a pagar más impuestos. O cuando el statu quo guatemalteco se enfrentó al mayor desafío que padeció en décadas: la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), cuyas investigaciones sobre corrupción evidenciaron que los hombres como Bosch eran también parte del sistema político que tanto habían criticado.

En una entrevista realizada en 2017 para este perfil, su madre Isabel Gutiérrez dijo que Juan Luis es “alborotado”. Una treintena de personas, en cambio, construyen un retrato heterodoxo de Bosch. Es un hombre articulado y de buena memoria que gusta del mando, dicen unos; que pelea como nadie, incansable, duro e inteligente; que no oculta su interés en ejercer el poder, que vas con él o contra él. Bosch, aseguran, es visceral. A la vez, es muy apegado a su familia, accesible con los amigos, dadivoso con las personas cercanas. Un líder eficaz y, siempre, la cabeza del negocio. 

Que esas treinta personas hablen de Bosch en el anonimato explica cuánto respeto —o temor— infunde su nombre. 

En 2014, al terminar una consultoría con un centenar de ejecutivos de CMI, un especialista preguntó si alguien tenía dudas. Todos voltearon a Juan Luis Bosch, que hizo una sola pregunta. Tras eso, nadie más habló. 

Lea aquí: “Capítulo 1: El chico de la corbata rojiza“. 

Este reportaje forma parte de la serie “Juan Luis Bosch: un hombre que ríe y calla“. Bosch no es sólo uno de los hombres más ricos de la región, también es un empresario inteligente y duro, que ha influido en momentos decisivos de la historia reciente del país. Para conocer más sobre él, lee los demás capítulos de este perfil. 

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