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La cruzada que no pudo contra el hambre en Guatemala

El Gobierno de Giammattei triplicó el presupuesto para llevar alimentos a los más pobres y se propuso disminuir en siete puntos porcentuales la desnutrición crónica en los menores de cinco años. Pero, los casos van en aumento y, según Unicef, uno de cada dos niños presenta esa condición. La administración argumenta que el covid-19 y las tormentas que golpearon el país impidieron cumplir la meta.

Texto: Gilberto Escobar / Foto: Gilberto Escobar / Edición Ana Lucía Duque / Especiales Connectas

Son las 12 del mediodía. Es hora de comer y en casa de Eugenia Joj no hay movimiento. En la cocina solo se escucha el zumbido de las moscas. Todos tienen hambre. Ella, sus dos hijos, de cuatro y cinco años, y su madre están sentados en un corredor, mientras el padre permanece tendido en el suelo, ciego y sin poder mover los pies por causa de la diabetes mal tratada.

Llega la una de la tarde; llegan las dos. En el poyo, una estructura de cemento que funciona a base de leña, donde la mayoría de las personas del altiplano guatemalteco cocinan, no hay nada cociéndose. Nada.

Como los días han sido complicados y tener un plato de alimentos es difícil, las horas de comer han cambiado en muchos hogares del altiplano guatemalteco: solo lo hacen una vez al día, apenas a las 5 de la tarde. “Cuando tenemos algo, podemos comer frijol y arroz. A veces pollo, pero eso es bien raro”, cuenta la mujer de 29 años, con mirada triste y un nudo en la garganta. Ella, que no sabe leer ni escribir, y que pasa de un español que se le dificulta al quiché, su idioma materno, sobrevive lavando ropa ajena.

En el área rural la desigualdad está marcada por el poco acceso a alimentos, agua y salud.
En el área rural la desigualdad está marcada por el poco acceso a alimentos, agua y salud. Foto: Gilberto Escobar.

En medio de tantas carencias, los niños mantienen una lucha constante por no morir. No solo es la falta de alimentos; el enemigo es el entorno, según el nutricionista Jorge Pernillo, experto en seguridad alimentaria y nutricional. “Por más que se den vitaminas o tengan las vacunas, los niños viven en casitas de lámina, con piso de tierra, en una montaña —explica—. En esas condiciones están sufriendo a cada rato de diarrea o de enfermedades respiratorias. Es aquí donde ellos empiezan a combatir estas infecciones con la energía y nutrientes que tiene su organismo para sobrevivir”.

El experto recalca que, de esa manera, el organismo de los menores enfrenta un dilema: usar las energías y nutrientes para vencer la enfermedad causada por su contexto o desarrollarse. Imposible elegir ambas a la vez.

En el país, son miles las familias cuyas mesas y cocinas permanecen vacías. Los alimentos siguen sin llegarles, pese a que, desde el comienzo de su periodo, el 15 de enero de 2020, la administración de Alejandro Giammattei asignó 11,452 millones de dólares —es el presupuesto más alto de los últimos ocho años— para la Gran Cruzada Nacional por la Nutrición (GCNN). Uno de sus programas insignia. Dentro de los objetivos estaba disminuir en siete puntos porcentuales la desnutrición crónica en menores de cinco años.

A Giammattei le quedan pocos meses en la casa presidencial; el 15 de enero de 2024 entregará el cargo y, aunque es justo decir que la pandemia del covid-19 influyó en el aumento de la desnutrición crónica, luego del retorno a la normalidad la situación está empeorando: cifras entregadas a través del Ministerio de Salud muestran que al cierre de 2022 se contabilizaban 16,226 casos más que cuando se posesionó a comienzos de 2020 (en ese entonces eran 167,861). Los hijos de Eugenia son parte de esa estadística.

Este reportaje de Gilberto Escobar para No-Ficción y CONNECTAS da cuenta de la inefectividad de los planes gubernamentales para combatir la desnutrición crónica, una condición que ocasiona secuelas irreparables en los menores de cinco años. Desde la más temprana infancia, ven disminuidas sus capacidades cognitivas, se les dificulta el aprendizaje y su talla y peso son menores que los indicados para su edad. En la adultez, serán propensos a contraer enfermedades crónicas no transmisibles como la diabetes y las dolencias cardiovasculares y les costará más rendir en el entorno educativo y laboral, sin contar con las limitaciones para salir de la pobreza.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) describe la desnutrición crónica como el resultado de desequilibrios nutricionales sostenidos en el tiempo. En una primera etapa se refleja en la relación entre la talla del niño y su edad, una situación que, según el nutricionista Pernillo, “se da desde la fecundación; los niños ya nacen con bajo peso”.

Mónica Ramos, jefa de las ocho nutricionistas que trabajan para el departamento de Totonicapán (una por municipio), sostiene que “los menores en ese lugar están naciendo hasta de 46 centímetros, cuando deberían de nacer con 50”. Agrega que también “tienen las tallas más bajas del país”, pues a veces solo comen arroz o frijol, un menú que repiten día a día y que no provee los nutrientes necesarios para crecer.

En comunidades del departamento de Totonicapán varías familias modificaron los horarios de comer, por ejemplo cuando hay comida lo hacen una vez al día, pero es extraño que lo hagan más veces. Foto: Gilberto Escobar.

En el documento técnico de la Gran Cruzada por la Nutrición también se ahonda en las consecuencias de la mala alimentación: “En el caso de las mujeres la baja talla aumenta el riesgo durante el embarazo y el parto, siendo un factor asociado a nacimiento con bajo peso, el cual afecta al 15 % de los recién nacidos. La talla promedio de la mujer guatemalteca, la más baja del mundo, es de 149.3 cm, por lo que más del 25 % de ellas tienen tallas inferiores a 145 cm. La baja talla materna también es un factor de riesgo para complicaciones del parto y muerte perinatal y materna”.

Tanto Pernillo como Ramos coinciden en que la talla no se recupera, y eso repercute más adelante. “La desnutrición crónica en los menores es una condena para su desarrollo. No van a rendir adecuadamente en la escuela, y posiblemente se queden sin estudiar”, explica el experto.

El ranquin de 2023 publicado por el World Population Review revela que, entre 199 países, Guatemala ocupa el puesto 196 en términos de coeficiente intelectual (CI) de la población del planeta. A su vez, en entrevista con BBC Mundo, Claudia Santizo, nutricionista de Unicef Guatemala, señala que hay una reducción de hasta 14 puntos en el CI de los menores. La razón es clara: uno de cada dos niños presenta desnutrición crónica.

Los resultados del programa de Giammattei son mejores en lo relacionado con la desnutrición aguda: en los primeros tres años, los casos bajaron de 27,913 en 2020 a 20,806 en 2022 y hasta el primero de julio de 2023 iban 14,180 reportes, según la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Sesan). Aun así, la cantidad de niños muertos por esta causa sigue siendo inaceptable: 220 en los tres primeros años. Hasta el primero de julio de 2023 se han reportado 19 fallecidos por la misma razón.

i los menores no logran pesar y medir según estándares en los primeros mil días de nacimiento eso les afectará de por vida. Foto: Gilberto Escobar.

La cruzada contra el hambre

En su discurso de posesión, Alejandro Giammattei dijo: “Los niños con desnutrición son mi faro y mi guía. Esto es personal, no me voy a detener hasta que acabemos con la desnutrición”. Al fondo, los aplausos sonaban enérgicamente.

Días después, el nuevo presidente presentó la estrategia de la Gran Cruzada Nacional por la Nutrición, cuyo objetivo era mejorar la salud y la nutrición de la población, con énfasis en la niñez menor de cinco años, preescolares y escolares, mujeres en edad fértil y población rural e indígena, en pobreza y pobreza extrema. Como ente rector se designó al Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, presidido por el vicepresidente de la República, César Guillermo Castillo Reyes (2020-2024).

En el lanzamiento, el vicepresidente sostuvo que la cruzada era de urgencia nacional, pero, según el legislador Jairo Flores, coordinador del Frente Parlamentario Contra el Hambre, el funcionario siempre estuvo ausente y la estrategia se quedó en el olvido. Para este reportaje, intentamos contactar a Castillo en varias ocasiones y por diferentes vías para conocer su versión del porqué del aumento de la desnutrición crónica. Pero, a través de la Unidad de Información Pública de la Dirección Comunicación Social, la Vicepresidencia consideró que la solicitud no tenía lugar.

“Días después la estrategia se quedó en el abandono y nuevamente se notó que el Gobierno solo publicitó un programa para darle buena imagen de lo que se quería hacer. Pero el compromiso no estaba”, dice Iván Aguilar, gerente humanitario para Oxfam en Centroamérica, quien tiene presente ese discurso de Giammattei en el que al nuevo presidente se le nublaron los ojos y se le quebró la voz el día de la toma de posesión. La Presidencia no respondió las solicitudes de información que hicimos para este reportaje.

La Gran Cruzada priorizó 10 de los 22 departamentos del país teniendo en cuenta la desnutrición crónica, la pobreza extrema y la inseguridad alimentaria y nutricional, con base en la Encuesta Nacional de Salud Materno Infantil (ENSMI), 2015. Al mismo tiempo, dentro de ellos, de un total de 340 municipios, seleccionó los 114 con prevalencia en el retardo del crecimiento igual o superior al 40 %, según el último Censo Nacional de Talla de Escolares de Primer Grado de Primaria en el Sector Público, que también data de 2015.

En estos territorios estaba previsto acometer acciones que iban desde la promoción de la lactancia materna y el acceso a alimentación saludable, pasando por mejoras en el suministro de agua, saneamiento básico e higiene, hasta comunicación para el cambio de comportamiento.

Totonicapán, donde vive Eugenia Joj, fue el único departamento con todos sus municipios incluidos (ocho en total). Sus características poblacionales lo hacen particularmente vulnerable: 98 % de sus 418.500 habitantes son indígenas y 52 % viven en áreas rurales, donde apenas alcanzan el tercer año de educación primaria e, igual que en la mayoría de estos territorios del país, sobreviven con menos de un dólar al día. Allí, la desnutrición está entre las más altas de Guatemala—70 % en 2015 cuando se hizo la última ENSMI—, el acceso a la tierra es complicado y, por estar dentro del corredor seco, el maíz y otras plantaciones no prosperan.

La Sesan, entidad encargada de la coordinación, monitoreo y seguimiento de la cruzada, reconoce que la meta planteada no va a cumplirse. Gabriel José Pérez Tuna, subsecretario técnico de la entidad, explica que esto se debe, sobre todo, a que los recursos debieron usarse para atender las emergencias ocasionadas por la pandemia de covid-19 y las tormentas Eta, Iota y Julia. Pero sostiene que, “pese a ello, logramos que el impacto fuera leve”. Agrega que, en la realidad, las acciones no se circunscribieron solo a los 10 departamentos priorizados porque la obligación del Gobierno es atender a todo el país.

También admite que ha sido difícil coordinar a las distintas entidades del Estado y que “hace falta concretar; debemos mejorar la capacidad de ejecución. Además, no hay interés de los delegados y monitores que trabajan en los municipios por conocer la gran cruzada por la nutrición”.

Según Pérez Tuna, la desnutrición crónica en Guatemala es del 46 %. Pero un estudio de Oxfam para Centroamérica publicado en junio de 2023 dice que en la población indígena ese porcentaje sube hasta el 61 % en el país.

Iván Aguilar, de esa oenegé, sostiene que ese aumento se debe al racismo estructural guatemalteco. “En lugares donde hay más población indígena, la inversión pública es menor”, afirma.

Añade que “la desnutrición crónica alta es el reflejo de que la política pública no está sirviendo”, en coincidencia con otros especialistas entrevistados para este reportaje que consideran que las causas son estructurales y no se solucionan solamente con comida. Entre ellos está María Claudia Santizo, especialista en nutrición de Unicef Guatemala, quien en la ya mencionada entrevista con BBC Mundo asegura que el gran problema del país es la desigualdad, lo que ha ocasionado que su mayor y primer desafío sea reducir sus enormes registros de desnutrición.

La lucha contra el hambre en Guatemala es de vieja data, y aunque nunca se había destinado tanto dinero como ahora, las metas anteriores tampoco se cumplieron. Así, por ejemplo, la Estrategia Nacional para la Prevención de la Desnutrición Crónica (ENPDC) de Jimmy Morales (2016-2020) no la disminuyó en 10 puntos porcentuales como se propuso, pese a que asignó un presupuesto de 3,336 millones de dólares. De hecho, antes de la pandemia —estaba terminando su mandato—, Guatemala ocupaba el primer lugar en desnutrición crónica en América y el sexto en el mundo con peores índices de malnutrición infantil (carencia, exceso o desequilibrio en la ingesta calórica y de nutrientes, según Unicef. La misma entidad alertaba acerca de que en algunas comunidades el 80 % de los habitantes estaban malnutridos.

Las promesas de campaña de Sandra Torres y Bernardo Arévalo, los dos candidatos que se enfrentarán en la segunda vuelta presidencial el 20 de agosto próximo, también incluyen la desnutrición. La candidata ofrece programas de asistencia como las Bolsas Solidarias o como Mi Familia Progresa. El candidato, a su vez, promete atacar las causas estructurales que provocan la desnutrición crónica y reducir su prevalencia en 10 % a través del plan Protegiendo la Nueva Cosecha.

El hambre en Guatemala

“A veces solo caliento agua y eso comemos”, afirma Eugenia, al tiempo que relata que los magros ingresos son insuficientes para la manutención de los cinco integrantes de su hogar. Su marido murió solo y sin asistencia en la Ciudad de Guatemala, a 300 kilómetros de casa. Se había marchado años atrás porque en su comunidad no encontró trabajo. “Nosotros ya no lo vimos, solo nos llamaron para decir que había fallecido de covid-19, ni sabemos dónde fue enterrado” cuenta.

Desde entonces, la mujer intensificó la búsqueda de clientes para lavar ropa ajena. Por un recipiente grande pueden pagarle hasta 50 quetzales al día (algo menos de siete dólares), pero no siempre hay trabajo; por eso anda pendiente de que timbre su pequeño celular para un pedido. Al aparato solo le entran y salen llamadas; no se le pueden instalar aplicaciones.

En su piel oscura hay unas manchas que, asegura, antes no tenía. Sin verlas, Blandina Cifuentes, docente de enfermería con posgrado en nutrición, relaciona ese síntoma con falta de nutrientes y mala alimentación.

“Las mujeres en las comunidades rurales se alimentan mal, comen raciones pequeñas, priorizan la alimentación de los demás integrantes de la familia; muchos le ponen la importancia a la desnutrición de los menores, pero las mujeres también están muy desnutridas”, explica Cifuentes.

Una de las razones estructurales del incumplimiento en las metas tiene sus cimientos en la pobreza. Por ejemplo, Alta Verapaz es el departamento con las condiciones más severas del país; le siguen Chiquimula, Totonicapán y Sololá.

Una publicación del Banco Mundial (BM) de 2023 menciona que en 2020 la pobreza se situaba en 59 %, el mismo porcentaje que el Instituto Nacional de Estadística había señalado siete años antes. Esto implica que las personas carecen de los medios económicos para acceder a alimentos y dependen de las acciones del Estado para ayudarles o de las entregas ocasionales de huevos, leche, atoles y pastas que les proveen organizaciones no gubernamentales como Pastoral Social y Catholic Relief Services (CRS).

El aspecto de los menores con desnutrición crónica es visible, bajo peso, pequeños y la piel pegada a los huesos. Foto: Gilberto Escobar.ç

Elmer Pálala, coordinador departamental del proyecto Aprendizaje para la Vida de Pastoral Social Cáritas en consorcio con CRS, menciona que en conjunto con las escuelas y el centro de salud han identificado familias a las que ayudan para que no pasen hambre. En Totonicapán, por ejemplo, entregan alimentos altamente nutritivos en más de 400 escuelas durante el ciclo escolar (180 días). “Durante un año entregamos más de 60,000 huevos, aparte de atoles fortificados, con el objetivo de reducir la desnutrición crónica, nos enfocamos en Totonicapán porque es el departamento con mayor desnutrición crónica”.

Otro escollo para el cumplimiento de las metas es la identificación de los beneficiarios. Así, por ejemplo, José Esaú Guerra Samayoa, delegado departamental de la Sesan, cuenta que “hay casos que no se han registrado, porque nos hacen falta rastreadores”. Con ello explica por qué personas como Eugenia no están incluidas en ninguno de los programas gubernamentales y solo perciben donaciones ocasionales de particulares o de organizaciones no gubernamentales. Además, recuerda que durante la pandemia se bajó la guardia en la lucha contra la desnutrición, pues todos los esfuerzos se redoblaron para combatir la emergencia sanitaria.

Al mismo tiempo, los potenciales beneficiarios e incluso empleados de los municipios con mayores tasas de desnutrición crónica e índices elevados de pobreza desconocen los programas de asistencia dispuestos por el Gobierno. Así le sucede a la enfermera profesional Ana Cunea, encargada del centro de salud de la comunidad Ichomchaj de Santa Lucía La Reforma. Cuando se le pregunta al respecto, dice que solo le viene a la mente la ayuda que las organizaciones llevan a las comunidades.

Otra razón estructural de la desnutrición crónica y la carencia de alimentos es la inseguridad alimentaria. En los 22 departamentos de Guatemala, entre marzo y mayo de 2023, aproximadamente 3.5 millones de personas estaban en crisis de inseguridad alimentaria aguda o emergencia; por lo tanto, requieren acciones inmediatas. Se prevé que esta cifra aumente a 4.3 millones de personas en el período junio-agosto de 2023 y disminuya a 3.1 millones de personas para el período septiembre 2023-febrero 2024, según la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF), elaborada por el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), con información de la Sesan.

Una de las dinámicas del altiplano guatemalteco que contribuyen a la inseguridad alimentaria es la expansión de monocultivos. “La gente dejó de sembrar para alimentarse, el apresurado ritmo de cultivar palma africana, además de aguacate y papa (para exportar), es fuerte”, sustenta Nelson Ruiz, economista y analista político.

En este entorno problemático, el Gobierno de Alejandro Giammattei ya está empacando las maletas. Pese al enorme presupuesto que asignó a su cruzada por la nutrición, las cifras indican que, una vez más, el hambre sigue creciendo en Guatemala. En esos lugares empolvados, donde la mayoría de las casas son de barro, láminas de zinc y piso de tierra, los recipientes de las improvisadas cocinas casi siempre están vacíos. Por eso, una persona como Eugenia sigue lavando ropa ajena, aunque, cuenta, a veces siente que no puede más.

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