La tierra es fértil y la actividad agroexportadora intensa. La franja costera del Pacífico es una región clave para la economía nacional y algunos de sus departamentos, como Escuintla, se encuentran entre los menos pobres del país. Cuando se habla de hambre, esta región no es la primera que viene a la mente. Pero desde hace una década, algunos lugares de la costa sur registran las tasas más altas de desnutrición aguda infantil de todo el país. Entre las grandes plantaciones de palma o banano, los ingenios azucareros o los centros turísticos, vive una población vulnerable que casi nadie ve.
Este reportaje forma parte del especial “Vidas vulnerables en tierra fértil“, un proyecto que analiza la desnutrición aguda infantil en la costa sur de Guatemala. A través de una investigación y siete historias familiares, el proyecto recorre las causas de esta crisis.
Thiago llora ante los desconocidos. Es una reacción normal de los niños pequeños. Pero Thiago es un bebé mucho más pequeño de lo habitual: sufre desnutrición aguda. Cuando aparecen extraños, comprende que vienen a pesarlo. Por eso llora.
Su padre dice que su nombre significa “Dios nos recompensará”. Padre e hijo se llaman igual. Thiago padre tiene 22 años y tres empleos. Es personal de limpieza en el parque de atracciones Xetulul, del Instituto de Recreación de los Trabajadores (IRTRA); conduce un triciclo y fabrica pequeños objetos de madera. Sale de casa a las cinco de la mañana y regresa en la noche. Descansa sólo un día en semana.
Su casa está hecha de bloque y planchas de madera. En la sala principal guardan ropa, leña, herramientas de carpintería, una vieja incubadora de pollos y un quintal de maíz para vender tortillas. Son 12 en casa.
Viven en el casco urbano de San Sebastián, un municipio a solo cinco kilómetros de la cabecera de Retalhuleu, uno de los departamentos de la costa sur.
Tienen cerca todo tipo de infraestructuras, entre ellas, un hospital nacional del Ministerio de Salud (MSPAS) y otro del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), del que es afiliado Thiago padre.
Retalhuleu, con sus parques del IRTRA, es uno de los principales focos turísticos de Guatemala. Cuenta también con un puerto y, como otros departamentos del Pacífico, destaca por su actividad agroexportadora. Allí tiene sus instalaciones industriales el ingenio azucarero El Pilar, por ejemplo.
Todo esto contribuye a que Retalhuleu no destaque por su pobreza. Sus tasas de pobreza solo están un poco por encima del promedio nacional, según los últimos datos disponibles. Nueve departamentos del país (casi la mitad) registran peores cifras que Retalhuleu.
Y, sin embargo, casos como el de Thiago: niños desnutridos agudos en entornos urbanos, incluso con padres con trabajos formales y Seguro Social, no son extraños en Retalhuleu o en otros departamentos similares en la costa sur.

Desnutrición aguda infantil en contextos inesperados
Cuando hablamos de desnutrición en Guatemala, el foco suele dirigirse hacia dos fenómenos. La desnutrición crónica, alarmante en todo el país pero más prevalente en el altiplano y las Verapaces. Y la desnutrición aguda, que sufre, de manera estacional el corredor seco, en el oriente del país.
Solemos asociar la desnutrición con campesinos pobres que dependen de las lluvias, como sucede en el oriente. O con población que vive en zonas rurales, lejos de servicios, infraestructura u oportunidades laborales, como sucede en el altiplano y las Verapaces.
Muchas veces, sin justificación, el problema se tiende a asociar en exclusiva con comunidades indígenas.
Pero en este esquema pasa por alto un hecho: desde hace diez años, algunos departamentos de la costa sur presentan las tasas de desnutrición aguda en menores de cinco años más altas de país, según los datos que publica el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS)

Esto evidencia cómo en Guatemala la desnutrición no solo existe entre campesinos pobres o comunidades rurales remotas.
La desnutrición aguda infantil también se produce en lugares con más infraestructura e inversión pública y privada; lugares como la costa sur, en los que se concentran algunos de los motores principales de la economía nacional y la mayoría de la población no vive lejos de carreteras principales u hospitales.
En realidad, Guatemala es tan vulnerable y desigual que, aun en esta franja plana y cálida que se extiende entre la bocacosta y el océano Pacífico, las condiciones de vida de muchas familias mestizas son tan difíciles como las de las zonas más pobres y remotas del país.
Entre las grandes plantaciones de palma, banano, caña o hule, hay comunidades sin acceso a alimentos nutritivos o agua segura, que conviven de cerca con empresas que usan todo tipo de agroquímicos.
Hay cientos de miles de personas sin un metro de tierra en la que cultivar un huerto o sembrar un frutal, y que están lejos de las principales áreas de producción de alimentos.
Hay familias que viven en casas precarias, en zonas inundables, sin trabajos estables que duren todo el año; con una economía de subsistencia en la que cualquier enfermedad o imprevisto puede significar que un niño caiga en la desnutrición aguda.
La costa sur en las primeras posiciones del ranking
La desnutrición aguda es una enfermedad. Una condición grave asociada a una pérdida reciente de peso o la incapacidad para ganarlo. Generalmente, ocurre por bajo consumo de alimentos o la presencia de enfermedades infecciosas o por ambas cosas a la vez. Se diagnostica cuando el peso del niño o la niña es bajo para su estatura.
Según la relación entre peso y estatura, la desnutrición aguda puede ser moderada o severa. Cuando tenía diez meses, Thiago apenas pesaba 12 libras. Era un niño desnutrido agudo severo.

Esta no es la única forma de desnutrición en el país. La más extendida, de hecho, es la desnutrición crónica, que prevalece en el altiplano y las Verapaces. Su causa principal es una alimentación de baja calidad.
En Guatemala, según el último Censo Nacional de Talla, realizado en 2024, el 31,7 % de los niños entre seis y nueve años sufre desnutrición crónica. Este tipo de malnutrición también se conoce como retardo de crecimiento y se diagnostica por la relación entre edad y estatura.
Es decir, mientras que la desnutrición aguda produce niños y niñas demasiado flacos para su estatura, como sucede en la costa sur; la crónica resulta en niños bajitos para su edad, como es común que ocurra en el altiplano.
Todos los tipos de desnutrición afectan al crecimiento físico y el desarrollo intelectual de los niños. Pero la desnutrición aguda, además, puede suponer una condena a muerte.
Según datos de UNICEF, los niños con desnutrición aguda severa como Thiago tienen hasta 11 veces más probabilidades de morir por cualquier enfermedad infantil común.
La clave es ver tasas, no números absolutos
Cuando se analiza el total de casos de desnutrición aguda infantil por departamento que publica la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional (SESAN), Retalhuleu u otros departamentos de la costa sur no aparecen en la parte alta del ranking. Son regiones mucho más pobladas como el área metropolitana o Alta Verapaz las que suelen liderar.
Pero si miramos las tasas, es decir, la proporción de niños que sufre desnutrición, el patrón es distinto. Son los departamentos de la costa sur los que destacan.
Ya en 2015 –el primer año con datos disponibles– de los cinco primeros departamentos con las mayores tasas de desnutrición aguda infantil, tres eran de la costa: Escuintla –en primera posición– Retalhuleu y Santa Rosa.
En 2024, diez años después, la situación era similar. De nuevo, tres de los cinco departamentos con mayores tasas pertenecen a la costa sur. Escuintla sigue al frente del ranking, acompañado ahora de Suchitepéquez y Retalhuleu.

En 2024, en Escuintla, de cada 10 mil niños, se detectaron 328 casos de desnutrición aguda, más que en ningún otro lugar del país.
Esto se tradujo en la muerte de 16 menores, tantos como los que se registraron, por ejemplo, en San Marcos, que tiene casi el doble de población.
En total, entre 2015 y 2024, las autoridades contabilizaron 105 menores fallecidos por desnutrición aguda solo en Escuintla.
Y en Suchitepéquez y Retalhuleu, los otros dos departamentos puramente costeros, otros 71 niños y niñas murieron por desnutrición aguda en el mismo periodo.
Los datos a nivel municipal, si bien sólo existen desde 2021, muestran el mismo fenómeno.
De 2021 a 2024, todos los años, entre los 25 municipios con mayores tasas de desnutrición aguda infantil, la mitad o más siempre fueron municipios situados en la costa o bocacosta del Pacífico.
En 2024, los cinco municipios con tasas más altas fueron, en este orden: Malacatán (San Marcos), San Juan Bautista (Suchitepéquez), Masagua (Escuintla) y Cuyotenango (Suchitepéquez).
Todos pertenecen a la costa sur.

En septiembre de 2025, un equipo de No Ficción viajó a esta región para conocer la realidad de siete familias con niños desnutridos agudos. También hablamos con más de 15 personas expertas para entender las causas del problema.
El panorama que obtuvimos es el de una región extremadamente desigual.
En la costa del Pacífico hay algunas actividades que generan mucha riqueza y tasas de pobreza más bajas que en otros departamentos. Pero allí también viven comunidades en las que se dan muchas de las condiciones que favorecen la desnutrición aguda y que, a pesar de ello, son poco visibles y apenas reciben atención.
Encontramos que los departamentos de esta región, históricamente, no han sido tenidos en cuenta en las estrategias estatales de lucha contra la desnutrición, si bien la actual administración impulsa ahora un enfoque distinto que sí incluye la costa sur.
Lo mismo sucede con las grandes ONGs financiadas por donantes internacionales que, hasta el momento, carecen de una presencia importante en la zona.
El único actor fuerte presente en la costa sur es la gran empresa privada. En el Pacífico de Guatemala coinciden grupos agroindustriales como Pantaleón, HAME o Agroamérica, que se encuentran entre los mayores exportadores de Centroamérica.

Pero estas empresas no proporcionan trabajo para todo el mundo ni todo el año. Sus actividades de responsabilidad social corporativa tienen un carácter limitado. Tampoco se coordinan a nivel regional o nacional con el Estado u otros actores en nutrición, según coincidieron las personas entrevistadas.
“Lo ideal sería que ellos se preguntaran: ‘¿qué puedo hacer yo para mejorar el entorno, ya que recibo del entorno?’”, dijo Astrid Sánchez, una de las asesoras técnicas de la Sesan.
¿Más desnutrición o más vigilancia?
Las tasas de desnutrición infantil aguda ponen el foco en la costa. Pero los datos siempre hay que interpretarlos con prudencia.
Es posible que las tasas en esta región sean más altas que en otras simplemente porque se detectan más casos. Esta hipótesis parece razonable, si se tiene en cuenta que la costa sur es más urbana, tiene menos población dispersa y cuenta con mejor acceso a centros sanitarios, que es precisamente donde se contabilizan los casos.
Claudia Illescas, la epidemióloga responsable de la vigilancia de la desnutrición aguda en el MSPAS, pone un ejemplo: “Escuintla y Sacatepéquez tienen hospitales grandes a los que llega más gente, y registran más información que otros departamentos”.
Otra experta, la nutricionista Jessica Coronado que ha trabajado más de diez años con ONGs internacionales, afirma que la clave está en que son regiones que hacen más vigilancia activa. Y subraya el caso de Escuintla.
“Escuintla hace barridos todos los años. Detectan más casos y por eso siempre puntea alto”, explica Coronado.
Para saber si en la costa la situación es realmente peor o solo se detecta mejor que en otras regiones, habría que comparar la proporción de población infantil que se pesa y talla en cada departamento. Pero esos datos, según Illescas, aún no están disponibles.
La epidemióloga asegura que el MSPAS está trabajando en ello, pero enfrentan un limitante importante: la dificultad de identificar a cada niño que pasa por el sistema de salud.
El Estado a nivel central ni siquiera sabe exactamente cuántos niños han sufrido desnutrición aguda en el país. Las autoridades solo contabilizan casos, pero niño y caso son dos cosas diferentes.

Thiago es un niño desnutrido, pero puede llegar a sumar dos o más episodios de desnutrición aguda. Es decir, un niño puede ser varios casos.
“No todos los niños tienen asignado su código de identificación. Y sin eso no voy a poder diferenciarlo como niño o como evento o caso”, argumenta Illescas.
Esta ausencia de datos precisos dificulta hacer comparaciones entre regiones del país. Y además, impide determinar a nivel central qué niños recaen en la desnutrición aguda y por qué.
Jesus Bulux, asesor técnico de la Sesan, explica que es común que un solo niño pueda representar varios casos, “particularmente, si después de recuperado vuelve a las mismas condiciones de vida que produjeron su desnutrición”.
“El número de casos nos sirve para atender a las personas”, expone Bulux. “Pero desafortunadamente no estamos tocando los determinantes sociales que causan esa desnutrición aguda”.
Las causas o determinantes sociales de la desnutrición aguda en la costa sur
Los casos de desnutrición aguda infantil suelen explicarse por una combinación de factores. Pero en el centro de todo, están las condiciones de vida de las familias en las que los niños y niñas crecen.
A veces, una enfermedad respiratoria lo desencadena todo.
Thiago empezó a perder peso tras pasar una gripe. Y los mismo les sucedió a Britney y Eitán, otros dos bebés de San Sebastián y San Felipe, en Retalhuleu, que padecían desnutrición aguda cuando los visitamos.
Este tipo de enfermedades suelen estar asociadas a las condiciones de las viviendas.
Doña Santiaga Porchay, la abuela de Britney, cuenta con pena que su nieta se enferma todo el tiempo por el frío. Cuando llueve, el viento levanta el techo de lámina y el agua moja la ropa de la niña. Su esposo, un jornalero que trabajaba en fincas, murió cuando iban a poner un techo nuevo, y ya no pudieron asumir el coste de la reparación.

Enfermedades respiratorias y condiciones ambientales
Pero en las enfermedades respiratorias, también pueden influir otros factores del entorno.
Illescas, la epidemióloga del MSPAS, se pregunta si la zafra, en la que se provocan incendios controlados para facilitar el corte de la caña, impacta de alguna manera en los procesos respiratorios de embarazadas y menores de cinco años.
Darío Rodríguez, un químico biólogo que vivió durante dos años en un municipio cañero, lo tiene claro: “cuando vivíamos en La Gomera (un municipio de Escuintla) todos en la zafra nos enfermamos de la respiración y de la piel. Tú veías como el hollín caía”.
Este experto, que hoy trabaja en un instituto de salud de la Universidad de Columbia, explica que en el país apenas se evalúa la calidad del aire.
“No hay ningún laboratorio que mida la calidad del aire en la costa sur. Solo hay dos sitios en la ciudad de Guatemala orientados a monitorear el Trébol y el basurero”, específica Rodríguez.
Diarreas recurrentes y calidad del agua
La otra infección infantil común que puede desencadenar un caso de desnutrición aguda es la diarrea.
Así le sucedió a Wilfredo y Ángel, dos niños que conocimos durante el viaje.
Wilfredo tiene tres años y vive en una comunidad poco accesible del municipio de Siquinalá, en Escuintla. Ángel es un bebé de un año que vive cerca del casco urbano de San Miguel Panán, Suchitepéquez.
Ambos han sufrido diarreas repetidamente. Suben de peso cuando se recuperan, vuelven a adelgazar cuando enferman otra vez.
Detrás de este tipo de problemas suele estar la calidad del agua.
“No te puedo dar datos concretos, pero cosas que podemos asumir como guatemaltecos es la situación del agua. Habría que analizar el nivel de contaminación o si han tenido algún tipo de tratamiento”, razona Illescas, la epidemióloga del MSPAS.
Las familias de Wilfredo y de Ángel no cuentan con ningún tipo de filtro de agua en sus casas.
“Y no solo es la cantidad de infecciones diarreicas, sino la consistencia de una mala absorción intestinal. Si el niño consume agua no apta, no necesariamente tendrá un proceso infeccioso grave. Pero vive asimilando de manera inadecuada los alimentos, y va a tener una condición de nutrición limitada”, continúa Illescas.

La hipótesis del agua
En la enorme sala de reuniones del edificio de la Sesan, Jesus Bulux proyecta un mapa de los municipios del país, y sobre él va superponiendo diferentes tipos de datos.
“El tema del agua afecta a la salud humana por muchas vías, pero ¿cómo lo ordenamos para ver dónde está el problema y cómo lo corregimos?”, se pregunta el asesor.
Bulux explica que si en el corredor seco el primer problema es la ausencia de agua, en el costa sur la preocupación principal es la seguridad del agua.
El asesor muestra un mapa orográfico del país y señala varios puntos: zonas a menor altitud en las que confluyen las aguas que bajan desde las partes más altas.
Para el experto, aquí reside una de las posibles causas que explicarían las altas tasas de desnutrición aguda que se registran en el Pacífico.
La costa sur es una región bastante plana, cercana al mar, y atravesada por ríos que descienden de zonas mucho más altas. Esto no solo provoca inundaciones periódicas. También favorece que por los ríos desciendan los contaminantes que se vierten más arriba.
“La basura, las excretas al aire libre en las zonas altas, son lavadas por las corrientes de agua durante la época de lluvia y caen a las partes bajas. Nos parece que hay un tema físico-mecánico que se agrava por las no buenas condiciones de saneamiento. Es una hipótesis que estamos en proceso de entender”, afirma el experto.
En las zonas bajas la calidad del agua está en cuestión
Esto explicaría también por qué, además de en la costa sur, el otro área del país en el que se registran altas tasas de desnutrición es Izabal. Este departamento está situado en la cuenca del Motagua, un río que desciende del altiplano y desemboca en el Atlántico.
En Izabal, la tasa de desnutrición aguda infantil se ha multiplicado casi por cinco entre 2015 y 2024, según los datos publicados por el MSPAS. Ninguna región del país ha experimentado un crecimiento semejante.
Pero como sucede con la calidad del aire, la calidad del agua es otro asunto del que apenas existen datos precisos.
Sí hay indicadores sobre acceso a saneamiento. Y estos, de hecho, no muestran que la situación en la costa sur sea particularmente mala.
Esto quiere decir que en el Pacífico es más probable que la población disponga de agua entubada o drenajes, si se compara con áreas rurales del altiplano o las Verapaces.
Pero una cuestión diferente es la calidad de ese agua.
“La gente en la costa tal vez tiene tubería en la casa. Pero el agua es insegura, y encima no hay costumbre de hervirla o tratarla”, puntualiza Bulux.
No hay, sin embargo, datos que permitan probar la hipótesis de que el agua en el Pacífico sea peor a la disponible en otras regiones más altas.
Pero lo que sí está claro es que la mala calidad del agua, que incide sobre las enfermedades gastrointestinales como la diarrea, mata.
Un informe del año 2023 del Instituto de Investigación en Ciencias Naturales y Tecnología (IARNA) de la Universidad Rafael Landivar, señala, que las diarreas son la causa del 17 % del total de las muertes atribuibles a factores ambientales en el país.
“Hablamos de diarrea, pero nos quedamos en la enfermedad. No estudiamos los determinantes del riesgo de sufrirla, ni hacemos el estudio de la cadena causal”, lamenta Bulux.
En el casco urbano de San Sebastián, Retalhuleu, visitamos a Ian. Un bebé que en septiembre de 2025 tenía 14 meses y desnutrición aguda severa. En la casa de su abuela hay una foto de un bebé vestido de angelito. Es una de sus primas, que murió con 18 meses. La familia no sabe de qué, solo que la pequeña tuvo fiebre y diarrea.

La incógnita de la contaminación
Para Rodríguez, el químico biólogo, el problema del agua en la costa sur “es un tema delicado porque hay mucho interés de por medio”.
El experto está de acuerdo en que la orografía influye. Pero en su opinión, en la región también se da otra circunstancia que afecta a la calidad del agua: la presencia de la industria agroexportadora.
Al ser una zona de monocultivos de caña, palma o banano, es muy común el uso intensivo de agroquímicos. Pero, al mismo tiempo, no hay una buena vigilancia de la calidad del agua.
“El agua puede estar contaminada con nitratos (que proceden de los fertilizantes) que dificultan la absorción de nutrientes esenciales como el yodo. Eso se relaciona con ciertos tipos de anemia. Otros compuestos, como los sulfatos (también presentes en fertilizantes y antifúngicos), causan eliminación de electrolitos y deshidratación. Y esto es algo que también puede impactar en la desnutrición aguda”, dice Rodríguez.
Los sulfatos, explica el experto, no solo vienen de la industria sino también de los detergentes. Si las personas los usan para lavar río arriba, afectarán todo el curso del agua.
Además, hay otros compuestos químicos que es importante vigilar y sobre los que no existe información a nivel nacional según el informe del IARNA: los metales pesados.
Metales pesados y una herencia histórica invisible
Víctor Alfonso Mayén, director de APEVIHS, una ONG local de Retalhuleu que trabaja temas de desnutrición y VIH, comenzó a interesarse por los metales pesados cuando trabajaba como nutricionista pediátrico en el hospital San Juan de Dios, en la capital.
Mayén cuenta que muchos de los casos de bebés con anomalías congénitas que recibían en el hospital eran de familias que vivían en la costa sur.
“La gente le echó entonces la culpa a la caña porque era una industria nueva, pero yo no creo que sea sólo consecuencia directa de las prácticas recientes. Es también la herencia maldita del algodón”, afirma el director de APEVIHS.
Mayén es originario de San Felipe, Retalhuleu, y recuerda los campos llenos de bellotas de algodón y las avionetas fumigando cuando era niño. Según explica, los químicos que se usaron en las décadas de 1950, 1960 o 1970 contenían metales pesados, no eran biodegradables, y estos compuestos se fueron depositando en las capas más profundas del manto freático.

Pozos profundos, lluvias irregulares y riesgos acumulados
Mayén recuerda que en su municipio, ubicado en la parte alta de Retalhuleu, llovía de manera continua de mayo a diciembre. Pero ahora, según describe, el patrón de lluvias es más irregular y ha hecho necesario perforar pozos más profundos. Esto, en su opinión, multiplica el riesgo de acceder a reservas de agua contaminadas por los metales pesados usados durante el auge del algodón hace décadas.
“Estas agroindustrias tienen la capacidad de perforar pozos de hasta 50 metros para poder regar, y yo me pregunto ¿cómo está la calidad de ese agua proveniente del subsuelo?”, se pregunta Mayén.
El químico biólogo Rodríguez explica que la contaminación por metales pesados sí impacta en la desnutrición porque estos compuestos interfieren con el metabolismo y la absorción de nutrientes. Pero, según matiza, sus consecuencias, suelen verse en el largo plazo y por eso, suelen estar más asociados a la desnutrición crónica que a la aguda.
En Guatemala, el agua potable, en teoría, debe cumplir con límites de metales pesados. Así lo establece la normativa COGUANOR 29001.
Pero según explica Rodríguez, estos requisitos de calidad raramente se cumplen. Las municipalidades se limitan a controlar los niveles de cloro en el agua entubada. Y otras dependencias que vigilan el agua, como los ministerios de Salud o de Ambiente, no cuentan con recursos humanos o económicos suficientes para llevar un control exhaustivo.
Rodríguez subraya que cuidar el agua, en muchas ocasiones, depende del nivel de organización ciudadana de cada comunidad.
El químico explica que en el altiplano, sobre todo en la zona del lago Atitlán, Sololá, son los Consejos Comunitarios de Desarrollo quienes solicitan regularmente muestreos del lago.
Una situación muy diferente a la del lago Amatitlán, en el área metropolitana, donde hay mucha actividad industrial y prevalecen los intereses económicos sobre la vigilancia ciudadana.
En su opinión, en la costa sur se da una situación más parecida a la de Amatitlán que a la de Atitlán.
Rodríguez trabajó un tiempo en un ingenio azucarero en Escuintla, y recuerda ver cómo el acetato de plomo se descartaba directamente en las pilas. Ese compuesto, que se usaba como prueba de calidad del azúcar, contiene metales pesados.
“En el costa sur no hay pueblos mayas organizados. No hay organización ciudadana capaz de obtener esos análisis de agua”, lamenta Rodríguez.
El plato triste
En septiembre de 2025, Britney tenía 14 meses y desnutrición aguda moderada. Su abuela, Santiaga Porchay, le preparaba tortilla, chipilín y hierbamora en caldo y “pollo solo cuando Dios los bendice”. Una vez cada cuatro días más o menos, según contaba.
La familia de Britney es uno de los muchos hogares de la costa sur que solo pueden permitirse una canasta básica de alimentos.
Este tipo de dieta alcanza solo para satisfacer las necesidades calóricas promedio del hogar. Pero es insuficiente para garantizar una alimentación nutritiva para toda la familia.

Un estudio hecho por Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) entre 2024 y 2025, muestra cómo en la costa sur, prácticamente toda la población puede permitirse la canasta energética básica. Pero también revela cómo el porcentaje de gente del Pacífico que puede costear una canasta nutritiva es, de hecho, más bajo que en algunos de los departamentos más pobres del altiplano como Huehuetenango o en San Marcos.
En Escuintla, según este estudio, el 97% de la población tiene acceso a una dieta básica que le proporciona energía suficiente para vivir y trabajar. Esto es un porcentaje tan alto como el que se registra en el área metropolitana de la capital.
Sin embargo, los datos también muestran cómo el 40% de la población de Escuintla no gana lo suficiente para costearse una alimentación más nutritiva, con más productos de origen animal y variedad de fruta y verdura.
En Huehuetenango, en cambio, quienes no se pueden permitir esta dieta más nutritiva es solo un tercio de la población. Y en San Marcos un quinto.

Comparaciones con el altiplano y paradojas regionales
Estos datos evidencian una de las grandes paradojas de la costa sur. Hay relativamente menos pobreza que en otros lugares, pero las dificultades para costearse una dieta nutritiva pueden ser iguales o peores a las que enfrentan los habitantes de los departamentos más pobres del país.
Es decir, en el Pacífico, muchas personas cuentan con ingresos económicos más elevados que otros guatemaltecos del altiplano, pero solo pueden permitirse una dieta igual o más pobre.
“Tortilla y frijol. En los dos tiempos de comida. Blanco y negro. Siempre lo mismo”, explica Mayen, el director de APEVIHS. “Es el plato triste”, continúa el nutricionista.
¿Por qué sucede esto?
Los expertos coinciden en que un factor clave es que en el Pacífico hay mucha agroexportación, pero apenas se producen alimentos.
Bulux, el asesor de la Sesan, señala que la mayor parte de la verdura y de la carne disponible en departamentos de la costa no se produce localmente, sino que viene del altiplano. Sobre todo de la región de Quetzaltenango. Y que eso, lógicamente, impacta en el precio de los alimentos.
Rodríguez, el químico biólogo, afirma que en los mercados de la costa sur no hay tanta variedad o disponibilidad de verduras y frutas como en muchas zonas del altiplano.
“Aquí solo hay banano, manzana y fresa para quien puede pagar de importación”, dice.
Otro factor importante tiene que ver con el acceso a la tierra y la capacidad de las familias más pobres de producir comida para sí mismas.
Y aquí, de nuevo, hay diferencias significativas entre la región del Pacífico y algunas regiones del altiplano.
La costa sur es una zona dominada por grandes fincas. La tierra está concentrada en pocas manos y es menos común que las familias dispongan de un huerto o unos frutales.
Martha Salazar, subsecretaria técnica de la Sesan, recuerda una actividad organizada junto con el Ministerio de Agricultura (MAGA) en 2024 :
“En el grupo de mujeres había mujeres provenientes de la zona de Sololá (en el altiplano) y mujeres de la bocacosta. Cuando empezaron a hablar de qué cosas podían tener en sus parcelas, las de la bocacosta dijeron: ´mire seño, es que nosotros no tenemos siquiera una maceta donde poner una semilla´”.
Además, aun quienes sí poseen algo de tierra en el Pacífico, enfrentan las dificultades que implica practicar la agricultura familiar en un entorno dominado por la agricultura a gran escala.
En este aspecto coinciden expertos como el químico biólogo Rodríguez o la asesora de la Sesan Astrid Sánchez.
“Lo que pasa, por ejemplo, con la palma (que se siembra para extraer aceite) es que te disminuye la diversidad de nutrientes en la tierra. Y de insectos polinizadores. Y esa poca diversidad en la flora y en la fauna hace que cualquier otro cultivo crezca peor”, puntualiza Rodríguez.
La educación y la doble carga de la malnutrición
Ruth Morales tenía solo dieciséis años cuando dio a luz a José Eduardo.
Cuando la visitamos, en septiembre de 2025, ella aún no había cumplido los dieciocho, y su bebé estaba progresando de una desnutrición aguda severa a una moderada.
En su casa en San Felipe, Retalhuleu, Ruth se dedica a cuidar tanto a su hijo como a sus sobrinos pequeños.

Lesly Colop, de San Sebastián, Retalhuleu, era mayor que Ruth cuando tuvo a Thiago. Tenía veintitrés años.
Pero ambas tienen en común varias cosas importantes. Son madres primerizas, solo estudiaron hasta sexto de primaria, viven con su familia política y no con sus propias madres, y pasan la mayor parte del tiempo solas en casa. Los demás trabajan fuera todo el día.
Con frecuencia, detrás de cada niño que cae en desnutrición aguda, está la historia de madres como Ruth o Lesly.
“Muchas veces no es tanto un problema de falta de alimentos, sino de que son niñas criando a otros niños. Mamás muy jóvenes o niñas que se han hecho mayores cuidando”, señala el nutricionista Mayén.
Thiago empezó a perder peso a los seis meses, cuando deben introducirse los primeros alimentos sólidos. Su madre cuenta que Thiago “no se los recibía”. El bebé dormía mal y lloraba toda la noche. Luego pasaba todo el día adormilado por el cansancio y el intenso calor húmedo de la costa.
Por ser hijo de un afiliado, el bebé Thiago tiene acceso a los servicios de salud que brinda el IGSS. Pero a la suegra de Lesly no le gusta llevarlo allí. Le preocupa la mala atención y las historias de robos de bebés en el hospital.
Lesly consulta entonces en la farmacia. El último bono de Q500 (unos 65 dólares) que recibió del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) por la desnutrición de su hijo se lo ha gastado en un jarabe vitamínico que le recomendó el dependiente. Contiene levocarnitina.
Pero este tipo de suplementación no se incluye en los protocolos internacionales de desnutrición aguda. Estudios recientes cuestionan que aporte algún beneficio en niños como Thiago.

Los años de escolaridad, así como aspectos familiares y culturales, son otros dos factores clave que influyen en el problema de la desnutrición aguda en la costa sur.
Zohemia Padilla, nutricionista del MSPAS en Suchitepéquez, explica que un bajo nivel educativo contribuye a explicar por qué muchas familias, aun teniendo la opción, seleccionan alimentos de bajo valor nutricional para alimentar a sus bebés.
“Con Q20 podrían comprar huevos o Incaparina, pero se lo gastan en una bebida gaseosa o en chucherías”, lamenta la nutricionista.
Consumo de comida chatarra y prestigio social
Mayén, de APEVIHS, expone que la preferencia por la comida chatarra debe entenderse en el contexto de la monotonía de la dieta y del prestigio del que gozan ciertos productos.
“Son alimentos gratificantes, que recompensan. Y también es una cuestión de estatus”, señala.
La familia de Thiago es muy humilde pero hospitalaria. Cuando estuvimos en su casa, insistieron en invitarnos a Coca Cola para refrescarnos del calor intenso de Retalhuleu.
El elevado consumo de gaseosas, bebidas azucaradas y snacks ricos en carbohidratos y grasas está directamente relacionado con los altos índices de sobrepeso y obesidad que se registran en todo el país.
Esto conduce a otras de las paradojas que se dan en la costa sur: niños con desnutrición aguda, criados por madres con sobrepeso u obesidad, que en el futuro es posible que ellos mismos también tengan sobrepeso y obesidad.
Esto es lo que se conoce como doble carga de la malnutrición y es un problema creciente para Guatemala.
Eso es lo que ocurre en la familia de Brenda García, madre de Eitán, también vecinos del municipio de San Felipe, en Retalhuleu.
García tiene 43 años y cuenta que fue ganando peso con los años y los embarazos. Su obesidad está relacionada con las complicaciones que sufrió en su última gestación, y que provocaron que su bebé naciera con bajo peso. Desde entonces, su hijo Eitán ha sido un niño frágil. En septiembre de 2025 se estaba recuperando de una desnutrición aguda moderada.

Sobrepeso femenino y diferencias territoriales
No hay estadísticas recientes de obesidad en Guatemala. Los últimos datos del Mides tienen más de diez años. Pero estos muestran cómo los departamentos con mayor porcentaje de mujeres en edad fértil con sobrepeso se encuentran, precisamente, en la costa sur y en otras regiones bajas, en las que hace mucho calor: la tierra caliente.
Según esta estadística, a nivel nacional, un 52% de las mujeres de entre 15 y 49 años tenían sobrepeso y obesidad en el periodo de 2014-2015.
Pero Escuintla, Retalhuleu y Suchitepéquez, los tres departamentos principales del Pacífico, estaban por encima de este promedio nacional. Y, Escuintla, de hecho, con un porcentaje del 61% , era el departamento con más mujeres con sobrepeso y obesidad en todo el país.
Mientras, los departamentos del altiplano estaban lejos de estas cifras y también por debajo del promedio nacional.

Padilla, la nutricionista de Suchitepéquez, ofrece una explicación al respecto:
“En las tierras altas se toman principalmente atoles. Y eso tiene relación con la desnutrición crónica porque es una dieta pobre, basada únicamente en carbohidratos. En cambio, en tierra caliente se toman muchas más bebidas frías, refrescos de sobre o endulzados con una cantidad de azúcar increíble”, argumenta Padilla.
El calor y los alimentos
La educación o la cultura no solo impactan sobre lo que decidimos comer, también en cómo preparamos o conservamos los alimentos. Y, en este aspecto, la costa sur también tiene sus particularidades.
Bulux, el asesor de la Sesan, tiene una hipótesis:
Las poblaciones del altiplano tienen determinadas costumbres gastronómicas que los protegen de las diarreas y, en consecuencia, de la desnutrición aguda.
“La mayoría de los alimentos que se consumen en zonas de mayoría indígena son cocidos. Desde mi punto de vista, ahí hay una protección cultural en la manera de preparar la comida”, afirma el asesor.
Padilla, la nutricionista del MSPAS en Suchitepéquez, comparte esta teoría. Ella, que es originaria de Quetzaltenango, en el altiplano, explica que allí es común pensar que las cosas frías pueden dañar a los niños. Eso explica por qué les dan bebidas calientes como café o atoles.
“Un atol ya se coció y es más seguro. En cierta manera, es un hábito protector porque disminuye un poco el riesgo de contaminación”, explica la nutricionista.
También importa cómo conservamos los alimentos. Y aquí, el clima también juega un papel fundamental.
Bulux menciona que el frío de las zonas altas favorece conservar los alimentos. El clima cálido de la costa sur, por el contrario, potencia las intoxicaciones alimentarias, al favorecer el crecimiento de bacterias.
El riesgo de alimentos contaminados
Esto explicaría por qué brotes como el de Guillain-Barré, que estalló a comienzos de 2024 surgió en un departamento costero como Suchitepéquez.
Guillain-Barré es un síndrome neurológico agudo, poco común, que causa debilidad y parálisis muscular y puede conducir a la muerte.
El brote de 2024 afectó a casi 90 personas y provocó cinco fallecidos.
Los técnicos de la Sesan sospechan que lo que desencadenó todo fue una partida de pollo contaminada por campylobacter, una bacteria que prolifera gracias al calor.
El nutricionista Mayén señala otro aspecto relacionado con la conservación de los alimentos en la costa sur que también debería ser investigado: las aflatoxinas, una familia de hongos que proliferan en el maíz y otros granos básicos cuando se almacenan en climas cálidos y húmedos.
El maíz es básico en la dieta de todo el país, y varios estudios asocian la exposición prolongada a aflatoxinas con la desnutrición aguda y crónica infantil.
Mayen denuncia que todos estos aspectos sobre la dieta, la preparación y conservación de los alimentos apenas se estudian en Guatemala.
“Las instituciones están acostumbrados a que la nutrición sea solo pesar o medir niños”, lamenta Mayén.
Los mapas de la pobreza en Guatemala
Las siete familias con niños desnutridos agudos que visitamos en la costa sur son lo que consideraríamos personas pobres.
Todos entendemos en qué consiste la pobreza: hacinamiento, casas precarias, falta de agua o saneamiento, dieta pobre, educación escasa, ingresos exiguos.
Todas estas carencias se toman en consideración para medir la pobreza. Pero precisamente porque la pobreza tiene muchas dimensiones, definirla no es sencillo. Tampoco comparar regiones que sufren tipos de privaciones diferentes.
Pero al analizar en el sistema de medición actualmente utiliza Guatemala, el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM-Gt), se hace obvia otra de las paradojas de la costa sur.
El IPM-Gt distingue entre la incidencia de la pobreza, es decir, la proporción de personas pobres en cada departamento, y la intensidad de la pobreza, que mide cuántas privaciones sufre, en promedio, cada persona.
Y cuando se analizan esos datos, se aprecia lo siguiente. En los departamentos del Pacífico hay menos pobres que en otras partes. Es decir, la incidencia de la pobreza es menor a la del altiplano, por ejemplo.
Pero los pobres que sí hay en la costa, lo son tanto como los pobres del altiplano. Es decir, la intensidad de pobreza en la costa sur, es muy similar a la que se registra en los departamentos más desfavorecidos del país.
Santa Rosa, Escuintla, Suchitepéquez y Retalhuleu tienen tasas de intensidad de pobreza de entre el 42% y el 45%. Esas tasas son más altas que las presenta Totonicapán y muy similares a las de Huehuetenango o San Marcos.
“En Escuintla hay menos cantidad de personas en pobreza, pero los que hay son muy pobres. Eso quiere decir que hay una desigualdad social mayor, una brecha”, analiza la exviceministra del Mides, María Alejandra Menaldo.

Pobreza invisibilizada entre la agroindustria
Todas las personas expertas consultadas coinciden en una cosa: la pobreza en la costa sur no es tan evidente ni tan conocida como la de otras zonas del país, pero eso no significa que no exista.
“Se ve la industria, pero no todas las comunidades que se expanden entre esa industria. Caña, hule…detrás de eso están las comunidades con falta de agua, con pobreza”, dice Martha Salazar, la subsecretaria técnica de la Sesan.
“Acá lo que hay son bolsones de pobreza atrapados entre los grandes latifundios; comunidades invisibilizadas, porque necesitas penetrar entre las fincas para llegar a ellas”, explica Mayén, el director de APEVIHS.
Menaldo, la exviceministra del MIDES, reconoce que todas las medidas de pobreza tienen sesgos y que, de hecho, el IMP-Gt no considera condiciones de vida especialmente relevantes para los habitantes de la costa. Por ejemplo: la estacionalidad del trabajo.
Según explicó la exfuncionaria, el actual sistema mide si en un hogar hay o no trabajadores en el sector formal (con IGSS, prestaciones, etc.). Pero no tiene en cuenta la duración de esos empleos.
En los departamentos del Pacífico los trabajos más comunes son estacionales. Dependen de las cosechas. En el caso de la caña de azúcar, que es el monocultivo dominante en la región, la oferta de empleo se concentra en la zafra, que va de noviembre a abril o mayo del año siguiente.

Estacionalidad de la desnutrición
Para muchas familias, los ingresos solos están garantizados durante máximo siete meses.
Por eso, los casos de desnutrición aguda tienden a aumentar entre abril y septiembre, según muestran los datos de la Sesan: es la estacionalidad del hambre en Guatemala.
En esos meses coinciden dos factores. Por un lado, aumentan los precios de los granos básicos, antes de que lleguen al mercado las nuevas cosechas y los reduzcan. Y por otro, hay menor demanda de mano de obra no cualificada en el corte de caña azúcar o en el café, que se siembra en la bocacosta.
A esto hay que sumar, la dureza de las condiciones de trabajo, otro factor que no tiene en cuenta el IPM-Gt en sus mediciones.
En la costa sur, hay mayor oferta de trabajos formales que en otras regiones. Pero estos son excepcionalmente duros, como sucede con el corte de caña y otras tareas en las fincas de palma y el banano.
Esto incide en problemas asociados al trabajo excesivo a altas temperaturas, como la Enfermedad Renal Crónica, que ha proliferado en la costa sur. Pero también disuade a algunas personas de buscar empleos en estos sectores y les dificulta aumentar sus ingresos. En eso coincidieron las siete familias que entrevistamos.
Araceli Rivera, enfermera y directora de ayuda humanitaria de APEVIHS, recuerda una conversación que tuvo con un hombre al que visitó porque en su familia se registró un caso de desnutrición aguda infantil:
–¿Por qué no vas a trabajar a la caña, Artemio?
–Seño, se paga muy poco, no se gana nada y todo lo que se va a solear ahí. No, prefiero hacer mi trabajito acá y mi trabajito allá. Al final saco un poquito menos, pero estoy en mi casa.
La enfermera explica que las personas como Artemio conocen bien el régimen de trabajo en las fincas. Lo han hecho “desde niños”, y ahora que son hombres consideran que no compensa. Por eso, en su opinión, muchos de los cortadores de caña son migrantes del altiplano.

Elegir entre atención médica o comprar alimentos
Pero alejarse del trabajo en la agroindustria, también tiene una implicación importante para los habitantes de la costa sur. Con frecuencia, estos son los únicos empleos disponibles que dan acceso al IGSS para un trabajador poco cualificado.
Tener o no un seguro de salud es otro indicador clave de pobreza, según Menaldo y los asesores de la Sesan.
Los expertos subrayan que si alguien carece de un seguro público de salud –y en Guatemala más del 70% de la población no tiene–, si enferma se verá forzado a pagar de su bolsillo medicamentos o atención sanitaria privada.
Y dado el elevado coste que alcanzan estos servicios en Guatemala, carecer de IGSS significa que la enfermedad “no solo sea empobrecedora sino desnutridora”.
Es decir, que si un miembro de la familia cae enfermo, el dinero disponible se irá en tratamiento y pasarán hambre todos. Y en especial, los más vulnerables, los niños más pequeños.
Dos de los niños que visitamos, Ian y José Eduardo, sufren problemas de salud graves que implican que sus familias gasten casi todos sus ingresos en tratamiento.
A Ian, con solo cinco meses, le detectaron cálculos renales. Su seguimiento lo lleva un médico privado. Cada consulta le cuesta a su familia entre Q500 y Q700.
José Eduardo tuvo un episodio de convulsiones. Desde entonces quedó débil y necesita rehabilitación. No saben cuál es el origen de su dolencia, para investigarlo le han indicado una resonancia, pero la prueba cuesta Q2,000. Un dinero que la familia aún no ha conseguido reunir.
Esas enfermedades tienen una relación directa con la desnutrición aguda severa que han padecido. El coste de sus tratamientos, a su vez, impide que sus familias puedan ofrecerles alimentos de calidad y otros cuidados para recuperarse adecuadamente.
Inundaciones recurrentes y desnutrición aguda
La enfermedad suele ser la calamidad que desencadena un caso de desnutrición, pero también pueden producirse otros eventos inesperados.
Menaldo, la exviceministra del Mides, explica cómo los desastres naturales profundizan la pobreza de los hogares.
Por su orografía, las inundaciones en la costa sur son habituales durante la temporada de lluvia.
Esta precisamente es una de las causas de la pobreza de Ruth, la madre adolescente del bebé José Eduardo.
Cuando Ruth era una niña, un tributario del río Samalá que atraviesa su municipio, San Felipe, en Retalhuleu, se desbordó. Su comunidad, en los alrededores de una finca de banano, tuvo que ser desalojada. Según cuenta, lo perdieron todo.
Cuando la visitamos en septiembre de 2025, Ruth vivía de nuevo bajo la amenaza de un desalojo. Su familia política paga una renta a la municipalidad por el pequeño lote en que levantaron su casa de paredes de lámina. Pero han escuchado rumores de que los quieren sacar para ampliar el cementerio. Si ocurre, Ruth deberá volver con su bebé a la casa de su padre.

La nutricionista Jessica Coronado, que ha participado en varios planes de respuesta humanitaria internacional, subraya la importancia que tienen los desastres naturales para explicar la desnutrición en la costa sur.
“El tema de las inundaciones es terrible”, comenta Coronado. “A lo largo de la carretera están las casitas, se inunda el paso y no se puede llegar. Se quedan sin acceso a los centros de salud, y luego las fuentes de agua se contaminan”, explica.
Menaldo, la exviceministra del Mides, concluye que estos factores presentes en los departamentos del Pacífico, como la temporalidad del trabajo o los desastres naturales, aunque no se midan, no se pueden obviar para entender la pobreza en la región.
En su opinión, esto evidencia cómo es necesario incorporar más variables a herramientas como el IPM-Gt.
“Guatemala tiene que analizar qué otros indicadores y dimensiones son necesarios para describir con más calidad dónde estamos y dónde queremos llegar. Porque el IPM-Gt no sólo es diagnóstico, también es la brújula de la política social”.
La brújula, sin embargo, parece apuntar en una dirección que no es la de la costa sur.
Priorizar donde todo ocurre a la vez
En Guatemala coexisten todas las formas de malnutrición.
Hay desnutrición crónica, también conocida como retardo de talla. Hay desnutrición aguda. También obesidad y sobrepeso. Y, además de todo, la llamada hambre oculta. Esta consiste en el déficit de micronutrientes, por ejemplo hierro, que produce anemia y afecta especialmente a mujeres en edad fértil y menores de cinco años.
En otras palabras, el país enfrenta varias crisis. Pero hasta el momento, solo una de ellas concentra la mayoría de esfuerzos: el combate a la desnutrición crónica.
Esto tiene su lógica, porque Guatemala tiene la cifra de desnutrición crónica más alta de América Latina y ocupa la sexta posición a nivel mundial, según se recoge en varios informes.
Por eso, las sucesivas estrategias gubernamentales se han articulado en torno a este problema. Y por eso, las áreas del país que se han priorizado son las que tienen tasas más altas de desnutrición crónica: las comunidades campesinas del altiplano, las Verapaces y algunos lugares de oriente.
Mano a Mano, la iniciativa que lleva a cabo en la actualidad el gobierno de Bernardo Arévalo, ha variado algo la estrategia. Ya no solo se prioriza mejorar la nutrición en las áreas con mayores tasas de desnutrición crónica. También se tienen en cuenta otras carencias identificadas por el Mides en las mediciones de pobreza.
Esto ha ampliado la lucha contra la desnutrición a 114 municipios de 16 departamentos diferentes.
Pero, en todo caso, ninguno de ellos pertenece la costa sur a la o bocacosta.
En otras palabras, para el Estado, la desnutrición aguda que prevalece en el área del Pacífico no parece ser un problema tan urgente como el retardo de talla que domina en el altiplano.

Protocolos existentes y límites de la respuesta
Esto no quiere decir que no se haga nada al respecto.
El MSPAS tiene el mandato de buscar y atender a los desnutridos agudos. Y otras dependencias, como el Mides o el MAGA, ejecutan programas como la entrega de raciones de alimento o las transferencias de dinero.
El Estado también cuenta con protocolos para atender la desnutrición aguda que periódicamente se produce en las comunidades campesinas de oriente, en el llamado Corredor Seco.
A medida que se acentúa el cambio climático, además, este término está englobando cada vez más municipios. Y varios de las costa sur ya se consideran dentro del llamado Corredor Seco Ampliado.
Solo que, como prueban las familias que conocimos durante nuestro viaje, la desnutrición aguda en Guatemala no solo ocurre por falta de lluvia. Y sus víctimas no solo son los bebés de familias que se dedican a la agricultura de subsistencia.
Muchos son hijos de trabajadores pobres.
De hecho, aunque el número de municipios incluidos en el corredor seco se ha ampliado, en gran parte, estos no coinciden con los lugares donde actualmente se detectan más casos de desnutrición aguda.
Los técnicos de la Sesan son conscientes de ello. Uno de ellos, Bulux, explica que, en abril de 2024, el número de desnutridos agudos comenzó a crecer y se dieron cuenta de que tenían un problema. Necesitaban priorizar los municipios con más casos para lograr reducir las cifras.
Plantearon entonces un nuevo plan que inicialmente seleccionó 28 municipios y luego se amplió hasta un total de 55 en 15 departamentos del país.
Gracias este cambio, lograron intensificar las intervenciones en algunos de los centros más poblados de la costa sur, como Escuintla, Santa Lucía Cotzumalguapa o Tiquisate (todos en Escuintla) o Cuyotenango y Mazatenango (en Suchitepéquez).
Un año más tarde, en agosto de 2025, en la sala de reuniones de la Sesan, Bulux muestra una gráfica y dice:
“Mira donde estamos ahora, la curva de casos ha bajado. Concentrar la respuesta en los municipios que tenían más morbimortalidad ha tenido un efecto matemático”.
Este técnico cuenta que tuvieron que defender su estrategia. Algunas voces desconfiaban de los datos y argumentaban que el problema de la desnutrición aguda era general en todo el país. Pero lograron convencerlas al explicarles que “atacar los extremos”, es decir, los municipios con mayores números, era la mejor forma de bajar el promedio nacional.
¿Quién trabaja en desnutrición en la costa sur?
El estado guatemalteco no llega a todo.
Tampoco otros actores priorizan la costa sur en sus intervenciones.
Según el mapeo de actores que realiza la Sesan y un rastreo que hicimos para este reportaje, actualmente, ninguna de las principales ONG internacionales trabaja en temas de nutrición, seguridad alimentaria o agua y saneamiento está presente en la costa sur.
Solo hay pequeñas organizaciones locales como APEVIHS.
La nutricionista Jessica Coronado, que ha trabajado más de diez años con grandes ONGs, explica por qué sucede esto.
Primero, porque muchos donantes, como la agencia estadounidense USAID, tienen zonas prioritarias predefinidas, dice Coronado.
USAID, por ejemplo, tendía a concentrarse en el altiplano, que está más poblado y es el punto de origen de mayor número de migrantes a Estados Unidos, una de las preocupaciones principales de la agencia, hasta su cierre en 2025.
Segundo, según expone Coronado, porque “la CIF manda”.
La CIF, o Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria, es una herramienta internacional que se usa para predecir en qué regiones de un país puede producirse una crisis de inseguridad alimentaria. Este sistema se usa para definir prioridades, y coordinar a los actores que trabajan en nutrición.
El problema reside en que, como expone Coronado, la herramienta se inclina hacia las áreas rurales y las comunidades campesinas.
En ocasiones, la CIF sí ha señalado la necesidad de intervenir en departamentos de la costa sur como Retalhuleu o Suchitepequez. Pero casi siempre el Pacífico queda relegado frente al corredor seco o zonas del altiplano.

El trabajo de las brigadas de salud y nutrición
Esto no quiere decir, sin embargo, que la costa sur no haya recibido ningún apoyo por parte de la cooperación internacional.
Las altas cifras de desnutrición aguda de Escuintla, Suchitepéquez o Retalhuleu se han discutido en la mesa sectorial de nutrición donde se coordinan las ONGs internacionales.
Y por eso, en estos departamentos, ONGs como Acción contra el Hambre o agencias internacionales como Unicef, han apoyado puntualmente la estrategia de brigadas de salud y nutrición del MSPAS. Estas brigadas permiten al personal de los puestos de salud acceder a las comunidades más alejadas.
En septiembre de 2025, acompañamos a varias de ellas.
Para llegar a la comunidad Lucerna, en Siquinalá, Escuintla, hay que atravesar los lahares que dejó la última erupción del volcán de Fuego. El picop de la brigada que lidera la nutricionista María Andrea Baeza trepa con dificultad entre el agua y las rocas. Son casi dos horas de camino desde la cabecera departamental.

El equipo de Baeza cubre los municipios de La Democracia, Siquinalá y Sipacate, una zona dominada por enormes plantaciones de caña de azúcar.
“Hay tres brigadas activas del MSPAS en Escuintla. Hubo una cuarta que se perdió por falta de recursos. Pero hemos tenido el apoyo puntual de Unicef con dos brigadas extra cinco meses y medio al año”, explica esta nutricionista.
Antes de empezar el viaje hacia Lucerna, Baeza recoge al personal de enfermería del centro de salud. Sin ese transporte, las enfermeras tendrían que llegar a la comunidad por sus propios medios. O no llegarían.
En Lucerna trabajan todas juntas. Las enfermeras organizan el programa de atención primaria en salud. Y Baeza busca casos nuevos de desnutrición aguda infantil y da seguimiento a los antiguos.
Baeza pesa y talla a Wilfredo, que tiene tres años y durante la visita se estaba recuperando de una desnutrición aguda moderada. Interacciona un rato con él, apunta ciertos datos y luego se sienta a hablar con Irma Carrillo, la madre del niño. Se interesa por ella y le hace preguntas sencillas sobre sus otros cuatro hijos. Luego repiten juntas varias indicaciones que la nutricionista le da. Irma no sabe ni leer ni escribir.
La nutricionista Zohemia Padilla explica que en Suchitepéquez también cuentan con dos brigadas extra financiadas por Unicef de julio a diciembre. Y subraya que ese apoyo es clave tanto para el barrido general como para hacer segundas visitas a las familias y evaluar resultados.
El papel de los dueños de la finca
En la costa sur el Estado es débil y la cooperación internacional, en gran parte, inexistente. Pero quiénes sí están presentes son las grandes empresas.
En esta región se concentra prácticamente toda la industria azucarera del país; partes sustanciales de la producción de banano y hule; y hay también grandes extensiones de palma aceitera. De todos estos productos, Guatemala es un exportador importante a nivel mundial.
La costa sur es el origen de grandes grupos agroindustriales como Pantaleón (familia Herrera), Magdalena (Leal), HAME (Molina) o Agroamérica (Bolaños). Estas familias controlan decenas de miles de hectáreas de tierra en la región y son una parte esencial de la vida en el Pacífico.
Miles de vidas giran en torno al trabajo en sus fincas. Y miles de personas reciben ayuda de las iniciativas sociales que ejecutan.
Para entender el impacto de estos programas del sector privado, solicitamos a la Asociación de Azucareros de Guatemala (Asazgua), que coordina el trabajo de los ingenios, información sobre sus proyectos en la costa sur.
Se les preguntó si tienen proyectos específicos de desnutrición aguda, qué municipios priorizan y bajo qué criterios, si son proyectos a corto o largo plazo, y un aproximado anual de cuánto dinero gastan o a cuántas personas llegan con sus intervenciones.
No ofrecieron detalles sobre estos aspectos.
En un escrito, Asazgua se limitó a reconocer que la desnutrición aguda infantil es “un fenómeno multicausal”, y “una realidad compleja que nos preocupa como país y como sector productivo”.
Según explican, su aporte “se ha enfocado históricamente en la prevención” mediante acciones como “programas comunitarios de educación (…) y empoderamiento de mujeres a través de Fundazúcar”, y “programas de fortalecimiento de la vigilancia nutricional”.
La gremial, de hecho, reconoce que gracias a su apoyo, se están detectando ahora más casos de desnutrición aguda en la región, pero matizan que “la mayor detección a la que contribuyen no significa necesariamente un incremento real en la incidencia”.
Es decir, que contabilizar más casos, no significa que el fenómeno esté realmente aumentando o que el riesgo de desnutrición aguda sea ahora mayor.
¿Responsabilidad o solo licencia para operar?
El enfoque que aplica el sector privado en sus programas de nutrición y, en general, su modo de entender la responsabilidad social corporativa, es un tema controversial.
Algunas de las personas expertas consultadas en este reportaje tienen una visión crítica.
Astrid Sánchez, la técnica de la Sesan, explica que, en primer lugar, no todas las empresas tienen un área de responsabilidad social corporativa. Y que cuando sí la tienen, limitan sus intervenciones a los municipios donde se localiza la empresa.
Sánchez trabajó en la costa sur en programas sociales y explica que el sector privado no suele coordinarse con las entidades del sector público, ni alinean sus programas con prioridades establecidas por el gobierno o la cooperación internacional.

“Lo ideal sería sentarnos con ellos para que tengan una visión de hacia dónde se necesita el apoyo. Pero en mi experiencia, ellos no te preguntan qué necesitas sino que te dicen ‘yo te voy a dar esto’: filtros, huertos, gallinas ponedoras … y eso puede o no responder a las prioridades”, afirma Sánchez.
Coronado, la nutricionista que ha trabajado con ONGs internacionales, comparte la misma opinión: “ellos tienen sus proyectos y trabajan de manera aislada”.
Padilla, la nutricionista que trabaja en el MSPAS en Suchitepéquez, tiene una experiencia diferente. “Depende mucho de cómo uno les plantee y solicite las cosas. Nosotros siempre les marcamos las prioridades que queremos y les vamos guiando a lo que queremos obtener”, expone.
Esta nutricionista explica que Fundazúcar les apoyó en 2022 para tener una nueva brigada de salud y nutrición en Cuyotenango. Y que su contacto con “Mejores familias”, un programa de los azucareros, fue bastante bueno.
Una persona que trabaja en programas sociales en la costa sur y que pidió no ser identificada porque, a veces, se relaciona con las fundaciones del sector privado, asegura que la agroindustria ve la responsabilidad social corporativa como una inversión estratégica para garantizar la estabilidad del negocio.
“Ellos lo que buscan es licencia para operar. ¿Qué significa eso? Que no quieren que les tapen los caminos, que les quemen los cañales, que les hagan relajo. Quieren tener a las comunidades tranquilas y por eso invierten, algunos más que otros”, afirma esta persona.
En su opinión, esto explica por qué las empresas circunscriben sus proyectos al perímetro de sus fincas y no tienen mayor interés en coordinarse a nivel departamental o nacional.
La paradoja que no se ve o no se quiere ver
En la sala de la Sesan donde se proyectan mapas y datos, el asesor Bulux manifiesta que el primer problema de la costa sur es que la costa sur no se identifica como un problema.
En su opinión, la pobreza estructural que aqueja al altiplano y las Verapaces tiene una raíz histórica muy profunda. Se requerirá de mucho tiempo, políticas públicas, inversión e infraestructuras para ver resultados.
En cambio, para Bulux, la pobreza estructural en la costa sur tiene otra cara.
No son zonas aisladas, sin comunicaciones ni servicios. Y, por eso, en su opinión, es posible que “enfoques de doble vía”, que combinan programas asistencia social con promoción de desarrollo económico, puedan dar resultados positivos más rápido que las intervenciones más complejas que otras zonas necesitan.
Esta es otra de las paradojas de la costa del Pacífico.
Su camino para lograr mejoras es más corto, pero la distancia que le falta por recorrer parece insalvable.
Bulux considera que actuar sobre las causas de la desnutrición aguda en esta región es factible y podría solucionarse más rápido que otras crisis nutricionales que padece el país.
Pero para lograr cambios en la costa sur, primero, habría que querer verla.
*La datos de desnutrición aguda que se han usado en este reportaje están disponibles en este link.
Este reportaje forma parte del especial “Vidas vulnerables en tierra fértil“, un proyecto que analiza la desnutrición aguda infantil en la costa sur de Guatemala. A través de una investigación y siete historias familiares, el proyecto recorre las causas de esta crisis.
