NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

Trabajadoras de maquilas durante una entrevista en el parque central de Amatitlán el 22 de noviembre de 2025 Foto/Edwin Bercián

“Desbordadas”: las condiciones de las mujeres en las maquilas de Guatemala

Las experiencias de tres mujeres trabajadoras de maquila en Guatemala revelan jornadas extenuantes, salarios insuficientes y metas de producción que presionan más allá de sus capacidades. A partir de testimonios e informes sobre la situación laboral del trabajo textil este reportaje muestra las condiciones precarias en un sector que sostiene la economía de exportación guatemalteca, pero no garantiza una vida digna para quienes lo operan.

Este reportaje forma parte de la serie Imprescindibles, un especial cuenta la historia de miles de personas sostienen la vida cotidiana y buena parte de la economía desde trabajos que rara vez son reconocidos: el empleo doméstico, las maquilas, las labores de cuidado o el reciclaje informal.

Cada madrugada, miles de mujeres en Guatemala se levantan entre las 4:00 y las 5:00 de la mañana para comenzar una jornada cuyo final rara vez cubre sus necesidades básicas. Las trabajadoras de maquila son parte de un engranaje industrial que sostiene la economía de exportación, pero que sigue descansando en salarios mínimos precarios, metas de producción cada vez más exigentes y condiciones laborales inestables.

Los documentos más recientes del Observatorio Centroamericano de Violencia Laboral y la Memoria de Labores 2024-2025 del Ministerio de Trabajo (MINTRAB) muestran un panorama donde la desigualdad de género, la informalidad y la debilidad de la supervisión estatal siguen siendo la regla.

Las voces de Teresa, Patricia y Ana*, trabajadoras entrevistadas para este reportaje en el municipio de Amatitlán, a menos de una hora de la Ciudad de Guatemala, revelan desde adentro cómo se sostienen las marcas internacionales que llevan la etiqueta “Hecho en Guatemala”.

Trabajadoras de maquilas durante una entrevista en el parque central de Amatitlán el 22 de noviembre de 2025 Foto/Edwin Bercián
Trabajadora de maquilas durante una entrevista en el parque central de Amatitlán el 22 de noviembre de 2025 Foto/Edwin Bercián

Una vida organizada alrededor de la maquila

En los barrios alrededor de la zona industrial de Amatitlán las calles todavía están húmedas de rocío a las cuatro de la mañana. Antes de que los buses empiecen a llenarse de trabajadores y estudiantes, cientos de mujeres ya han encendido la estufa. El vapor del café o atol es parte del ritual silencioso que marca el inicio de una jornada que parece repetirse sin variaciones, una prenda a la vez, un día a la vez.

Para Teresa, con 22 años de trabajo en maquila, el día comienza a las 4:30. En esa media luz prepara los alimentos que debe llevarse, porque comer en la fábrica es un lujo imposible. “Me levanto a las 4:30… preparo mi almuerzo y desayuno para llevar”, explicaurante la entrevista, un sábado por la mañana en un restaurante de comida rápida mientras toma un café.. Media hora después ya está en la parada, esperando el bus que la deja en la empresa, donde a las 7:10 inicia el ritmo maquinal. A veces, cuando tiene suerte, a las 5:30 está de vuelta en casa.

Patricia, de 50 años, vive otro tipo de carrera contra el reloj: “Si no logro el bus de las 5:20 ya no llego a tiempo”. En su colonia los buses pasan cada media hora. Perder uno significa ausentarse o llegar tarde, un riesgo que no pueden correr. Trabaja de 7 a 5, pero recuerda otro tiempo, antes del recorte de horas extra, en el que al menos el esfuerzo adicional se reflejaba en el salario. “Ahora con solo el mínimo no alcanza. El transporte, la comida, todo está carísimo”, explica Patricia.

En el caso de Ana, el día no solo es largo; también es caro. “No da para comprar almuerzo. Hay que llevar todo porque el salario no alcanza”, dice. A veces llega a su casa hasta las 6:30 de la tarde, atrapada entre las irregularidades del transporte y la imposición de pagar un mototaxi que puede costar “hasta Q15”.

La vida de estas mujeres no está organizada alrededor del sueño guatemalteco de bienestar, sino alrededor del horario de entrada a la maquila. La fábrica dicta los tiempos, modula los silencios y determina cuánto tiempo queda para vivir.

Trabajadoras de maquilas durante una entrevista en el parque central de Amatitlán el 22 de noviembre de 2025 Foto/Edwin Bercián
Salarios estancados, problemas de salud derivados de las largas jornadas laborales e incertidumbre laboral afectan a las trabajadoras del sector maquilero en Guatemala. Foto/Edwin Bercián

Los números no cuadran: salarios que no cubren lo básico

En Guatemala, el salario mínimo del sector maquila para 2025 asciende a Q3,278.59, unos US$436.56. Sobre el papel, podría parecer suficiente. Pero al compararlo con el costo real de la vida, el espejismo se derrumba rápido: solo la Canasta Básica Ampliada urbana cuesta Q2,188.70. Tras comprar alimentos, a una trabajadora le quedan alrededor de Q1,145 para pagar luz, agua, vivienda, pasajes, educación y cualquier imprevisto. Es decir: no queda casi nada.

Y, aun así, el aumento autorizado para 2025 es de US$0.84 diarios. Ni siquiera un dólar al día de incremento.

Los testimonios recogidos lo confirman: el salario no llega nunca a parecer suficiente. Patricia lo dice con rápido cálculo mental:

“Antes con la hora extra llegábamos a Q2,100 o Q2,150… ahora con Q1,700 o Q1,800 no alcanza para nada”, cuenta Patricia.

Las tres trabajadoras coinciden en algo: aunque formalmente deberían recibir el mínimo, muchas veces sus ingresos reales están estancados desde hace años y no reciben el salario mínimo autorizado para el sector. Lo poco que ganaban en horas extra se esfumó, pero los precios del gas, alimentos, del pasaje, siguen subiendo. Es un desbalance que afecta la economía familiar, el futuro y cualquier posibilidad de ahorro o planificación.

La producción bajo presión: metas, incentivos y vigilancia

El interior de una maquila se mueve al ritmo de las metas. Cada línea funciona como un engranaje afilado donde las piezas humanas deben producir sin pausa para que el sistema no falle. Las cuotas, por hora, por lote, por estilo de la prenda, gobiernan la jornada como una cadena de engranajes.

En la línea de Teresa, la cifra es casi imposible de imaginar para alguien ajeno al mundo textil:

“Mi meta es de 450 piezas por hora pegando etiqueta”, explica esta trabajadora.

El incentivo depende del porcentaje que logre sacar; el cuerpo depende, en cambio, de su capacidad de no detenerse. Pero últimamente, dice, ya ni hay horas extra: el desgaste sigue siendo el mismo, el ingreso no.

Patricia vive bajo un esquema más inestable: los estilos cambian constantemente, lo que modifica el ritmo y la dificultad de cada operación.

“A veces son 1,000 piezas, a veces 200… mi meta personal es de 140 a 150 piezas por hora, pero cuando el cuello es grande no le llego”.

La producción no solo exige velocidad: exige exactitud. Un cuello difícil, una aguja rota, un cono que se termina, una ida rápida al baño… cualquier interrupción se convierte en una pérdida de piezas y, por lo tanto, en una pérdida de ingreso o una reprimenda.

En la fábrica donde trabaja Aura, el esquema es distinto: no hay incentivos.

“Mi meta es 55 piezas por hora, pero como la camisa es complicada no sale. No nos presionan tanto, pero el salario es fijo y bajo”.

Este modelo coincide con lo documentado en informes como los realizados por el Observatorio Centroamericano de Violencia Laboral cuotas diarias de miles de prendas, presión, reprimendas y amenazas para cumplir metas imposibles.

En todos los casos, la ecuación es clara: el sistema siempre gana, pero las trabajadoras siempre están a punto de perder. No pueden bajar el ritmo, no pueden fallar, no pueden enfermarse, no pueden detenerse porque la línea de producción debe seguir.

Trabajadoras de maquila se ven expuestas a altas jornadas de trabajo por sueldos mínimos. Foto en Ciudad de Guatemala. Cedida.
Trabajadoras señalan que cuentan con metas de producción muy altas que rara vez pueden cumplir, lo que reduce sus ingresos. Foto en Ciudad de Guatemala. Cedida.

Aportes que nunca llegan: la deuda oculta con el IGSS

Para muchas trabajadoras de maquila, la jubilación no es el cierre digno de una vida de esfuerzo, sino la apertura de una nueva incertidumbre. 

Aunque mes a mes ven reflejados en sus talonarios los descuentos destinados al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), eso no significa que el dinero haya llegado a su destino. En numerosas fábricas, las cuotas se descuentan, pero no se acreditan, dejando a las trabajadoras en un limbo donde no cuentan ni con protección social plena ni con el ahorro acumulado que deberían tener para su vejez.

Este es el caso de la empresa donde trabaja Patricia, quien descubrió que, durante nueve años, casi una década completa de su vida laboral, la maquila le descontó las cuotas al IGSS sin trasladar los pagos. El engaño no solo compromete su jubilación: vulnera por completo su historia laboral.

Patricia lo explica así: “Nos descontaron por nueve años para el IGSS… pero esos pagos nunca aparecieron. Ahora que estoy buscando mi jubilación, no sé qué va a pasar. La empresa cambió de dueños y los anteriores nunca pagaron lo que debían”.

El problema es conocido entre las trabajadoras. Varias de ellas mencionan que “saben de casos”, incluso en otras líneas o empresas vecinas, donde el patrón retiene la cuota laboral y patronal pero incumple con reportarla ante el IGSS. En teoría, este es un delito laboral y penal; en la práctica, es una irregularidad extendida que rara vez se castiga.

Para mujeres como Paula, que ya inició su proceso de jubilación, la ruta es cuesta arriba: debe enfrentar un sistema que exige comprobantes que la empresa nunca entregó, hojas de salario con descuentos que no cuadran, y un historial laboral incompleto por negligencia o fraude empresarial.

El cambio de dueños agrava el vacío. La responsabilidad legal recae en el empleador anterior, pero las trabajadoras quedan atrapadas entre empresas que ya no existen legalmente, gerentes que desaparecen y un sistema que prioriza la forma sobre los hechos. Mientras tanto, el MINTRAB continúa reconociendo que la informalidad dentro de la formalidad, descuentos no acreditados, contratos incompletos, pagos omitidos, sigue siendo un problema estructural.

El caso de Patricia no es una excepción: es el síntoma de una falla profunda. En un sector altamente dependiente de mano de obra femenina y con salarios que apenas cubren lo básico, la pérdida de nueve años de aportes es más que un error administrativo. Es el despojo de un derecho construido puntada a puntada durante toda una vida laboral.

Trabajadoras de maquilas durante una entrevista en el parque central de Amatitlán el 22 de noviembre de 2025 Foto/Edwin Bercián
Una de las entrevistadas, con más de 20 años de trabajo en el sector maquilero, descubrió que su empleador debe el pago de nueve años de cuotas del seguro social, lo cual le impide jubilarse. Foto/Edwin Bercián

La dimensión del empleo femenino en la industria textil

Según el estudio La Industria del Vestuario y Textil en Guatemala elaborado por AMES (2025), la maquila es uno de los sectores que más empleo femenino genera en el país, pues “permite la empleabilidad de mano de obra calificada y fundamentalmente de mujeres trabajadoras”.

La investigación detalla que hay alrededor de 35 mil mujeres y 38 mil hombres trabajando en el sector textil y de maquila, repartidas en 335 maquilas en todo el país. De esas 335 empresas, se registran 256 en el departamento de Guatemala, por lo que casi un 76 % de la industria está centralizada en esta región.

El documento también subraya que esta fuerza laboral femenina opera en condiciones de alta vulnerabilidad: “los impactos en la salud de las mujeres, incumplimiento de la legislación y la falta de recursos que deja de percibir el Estado…” forman parte de los riesgos estructurales del sector.

Estas observaciones coinciden con los relatos de Teresa, Patricia y Ana, quienes llevan más de dos décadas en la industria y describen un desgaste físico acumulado, el incumplimiento del pago de cuotas al IGSS y la presión continua por metas que deben cumplirse sin pausas.

El estudio también documenta que el Ministerio de Economía puede suspender a las maquilas que incumplan el pago al seguro social, lo cual refuerza la gravedad del caso de Patricia, quien descubrió que durante nueve años le descontaron cuotas que nunca fueron acreditadas:

“El artículo 43 bis (…) faculta suspender los derechos de las empresas (…) especialmente cuando incumplan la Ley Orgánica del IGSS o cuando no inscriban a los trabajadores”.

El panorama general que ofrece AMES confirma que las experiencias individuales de estas trabajadoras no son excepciones: son síntomas de una industria que descansa sobre la mano de obra femenina sin garantizar plenamente sus derechos.

Cuerpos al límite: el desgaste físico de dos décadas frente a la máquina

El ruido constante de las agujas, el zumbido de los motores y el golpeteo del pedal no solo llenan el ambiente: se filtran en el cuerpo, se acumulan en los músculos y terminan dejando rastros que no desaparecen al final de la jornada. Después de años y, en muchos casos, décadas de trabajar en maquila, las mujeres cargan una lista de dolores que se vuelven parte de su identidad, como si cada puntada dejara una marca invisible en su salud.

Para las trabajadoras, los síntomas no llegan de repente: se instalan poco a poco, un achaque a la vez.

Teresa, que ha pasado 22 años frente a la máquina, describe cómo el cuerpo se resiente desde hace años, aunque no siempre haya tiempo para detenerse a pensarlo. El ritmo, las metas y la repetición constante de movimientos (inclinarse, presionar el pedal, sostener el material, cargar piezas) la han llevado a un desgaste que solo reconoce plenamente cuando llega a casa y el cuerpo muestra los signos de dolor.

Paula, con 20 años de experiencia, lo explica de manera más directa:

“Es un trabajo demasiado cansado… uno se desgasta. Cuando termino la jornada, siento el cuerpo pesado. A veces tomo pastillas para el dolor porque ya no aguanto la espalda”, explica Paula.

El malestar físico se ha vuelto parte del paisaje laboral. Muchas veces, cuando logran consultar con un médico del IGSS, en los casos en que la empresa realmente reporta las cuotas, regresan con recetas que alivian, pero no resuelven.

“Le dan a uno diclofenaco o acetaminofén… nada más”, describe Patricia. “Sirve para quitar el dolor un día, pero los tratamientos para alergias y otros males llevan más tiempo y gastos”.

Las fábricas, por su parte, rara vez reconocen estos daños como consecuencias del trabajo. La lógica es simple: mientras la trabajadora pueda permanecer sentada frente a la máquina y cumplir la meta, está “bien”.

Pero los cuerpos cuentan otra historia. Dolores lumbares, adormecimiento de brazos, inflamación de articulaciones. Tensión en el cuello, ardor en los ojos, dolores de cabeza constantes, cansancio crónico, alergias respiratorias y problemas circulatorios. Son padecimientos que se vuelven parte de la normalidad maquiladora, aunque constituyan señales de alarma para cualquier médico.

Ana, que también supera las dos décadas en el sector, lo vive así:

“Una ya está acostumbrada a aguantar… pero sí, duele la espalda, duelen las manos”.

Maquila coreana en Ciudad de Guatemala. Foto: Cortesía
Maquila coreana en Ciudad de Guatemala. Foto: Cortesía

La actividad no puede parar

La normalización del dolor es otra forma de violencia silenciosa. No aparece en los contratos, no se contabiliza en las metas, no figura en los informes empresariales, pero es parte indispensable de la producción diaria. Diclofenaco para el dolor, neurobión para los nervios, cada malestar requiere un parche temporal en forma de medicamento.

Cuando el cuerpo no da más, las opciones son pocas: tomar una pastilla, cambiar de postura, respirar hondo y seguir. 

Los documentos oficiales coinciden en un punto: la salud ocupacional sigue siendo una prioridad débil. La Memoria de Labores del MINTRAB reporta esfuerzos en inspecciones y asesorías. Pero las experiencias de las trabajadoras revelan que la realidad de la fábrica está lejos del papel. Ellas conocen mejor que nadie el costo de cada prenda. No solo se mide en piezas por hora, sino en años de vida física entregados al ritmo de producción.

Dos décadas después de haber entrado por primera vez en una línea, las manos de una trabajadora de maquila ya no son las mismas. Tampoco su espalda, ni su vista, ni su capacidad de resistir el cansancio. Lo único que permanece igual es la exigencia: producir más, producir rápido, producir perfecto.

En las maquilas, el cuerpo es la primera herramienta de trabajo. Pero también es la que más se gasta, la menos protegida y la más olvidada cuando deja de cumplir el ritmo que impone la línea. Las entrevistadas coinciden en señalar sentir miedo a perder su trabajo y no ser contratadas en otro trabajo por su edad.

“No se valora la experiencia, solo la juventud”, dice Ana.

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Los problemas de salud más recurrentes entre las trabajadoras del sector maquilero incluyen fatiga muscular, dolores en articulaciones, alergias y problemas respiratorios. Foto/Edwin Bercián

Violencia laboral y acoso: un problema estructural

El Observatorio Centroamericano de Violencia Laboral registra 556 denuncias por malos tratos entre 2023 y 2024. Pero la caída abrupta de denuncias en 2024 (un 98% menos) no significa una mejora. Según este reporte puede evidenciar las dificultades para denunciar.

Aunque algunas trabajadoras describen relaciones “respetuosas” con supervisores, los testimonios muestran que la presión por cumplir metas abre la puerta a prácticas abusivas. Patricia lo dice sin rodeos:

“Si bajo de 90 piezas pegadas por hora ya me empiezan a alegar. Comienzan a presionar, me dicen que me van a cambiar de máquina, que ya no rindo, que ya no sirvo”.

Las reprimendas verbales se normalizan hasta parecer parte del trabajo. Las amenazas veladas se convierten en una sombra que acompaña cada minuto frente a la máquina.

El acoso y la violencia no son accidentes: son síntomas de un sistema que coloca la productividad por encima del bienestar humano. Y cuando la denuncia no es una opción, el abuso se vuelve una rutina más de la jornada.

Mujeres en el sector formal: una minoría invisible

Aunque en las maquilas es común ver líneas completas integradas sólo por mujeres, las cifras nacionales cuentan otra historia. En el país, solo 32.1% de los trabajadores formales son mujeres, según el Informe del Empleador 2024 elaborado por el Ministerio de Trabajo.

Esa cifra contrasta con la realidad dentro de estas fábricas. Ellas sostienen la producción, pero los cargos mejor pagados (supervisión, mantenimiento, control de calidad superior) siguen ocupados mayoritariamente por hombres.

La desigualdad también se manifiesta en el derecho a organizarse: solo el 9% de las maquilas en Guatemala permite sindicatos, según información brindada por la ministra de Trabajo, Miriam Roquel, a CNN. En un sector donde las trabajadoras enfrentan presiones constantes, aislamiento y miedo a represalias, la organización colectiva se vuelve un riesgo más que una herramienta.

La paradoja es evidente: las maquilas no existirían sin la fuerza laboral femenina, pero el sistema las mantiene como un recurso desechable, fácilmente reemplazable y poco visible en las estadísticas de poder y decisión.

El rol del Estado frente a la precariedad laboral

Las experiencias de Teresa, Patricia y Ana muestran que las mujeres sostienen la industria maquiladora a costa de su tiempo, su salud y su tranquilidad. Los datos oficiales confirman que, aunque el sector es clave para la economía, los salarios siguen por debajo del costo de vida, los incentivos desaparecen cuando baja la carga laboral y las condiciones son frágiles ante cierres repentinos.

En un país donde más de la mitad de la población trabaja en la informalidad, las maquilas representan una de las pocas puertas de acceso a ingresos regulares. Pero la sobrevivencia no es sinónimo de dignidad.

Mientras la etiqueta “Hecho en Guatemala” continúe ocultando estas realidades, el costo más alto seguirá pagándolo la fuerza laboral femenina que sostiene, sin reconocimiento y con sacrificio, el corazón de esta industria.

*Los nombres han sido cambiados para proteger las identidades de las trabajadoras.

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