NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

El escritor guatemalteco Luis Aceituno. Foto: Daniel Mordzinski

Las últimas postales en el viaje de Luis Aceituno

Una reseña de “El hombre de la valija y los últimos años”, el libro póstumo del escritor guatemalteco Luis Aceituno, publicado por editorial Sophos.

Durante años, cada lunes por la tarde, era común toparse a Luis Aceituno en la puerta del patio de la redacción de elPeriódico pensando en su columna “Lado B” que publicaba todos los martes. 

Con su cigarro en mano, entre el humo y la nicotina, otros periodistas nos preguntábamos: ¿Se irá por el rock de los setenta? ¿Una película de Pasolini, Godard o Fellini? ¿A lo mejor algo de su exilio en Francia? ¿Las procesiones de La Antigua y los cucuruchos? ¿El Santo, el enmascarado de plata? ¿Algún escritor que cumpliría 100 años si estuviera vivo? 

Al final, poco importaba, ya que cualquier tema en el que Aceituno estuviera cavilando quedaría extrapolado con Guatemala. Quizás un Kafka convertido en insecto guatemalteco: una cucaracha. Charly García cantándole a los dinosaurios centroamericanos. Donna Summer y la música disco como soundtrack del conflicto armado interno en Guatemala. 

Ahora que editorial Sophos publica el libro póstumo de Luis Aceituno, titulado “El hombre de la valija y los últimos años”, una compilación de sus columnas publicadas entre 2020 y 2024, resulta todavía sencillo reconocerlo en su narrativa. Una mezcla entre anécdota irreverente, periodismo, referencia cultural y reseña social desenfadada.

No en balde, la memoria de Aceituno era casi una cuestión eidética. Parecía recordar todo a detalle. Nombres, infancia, lugares. Su primer disco de Cri Cri. Las fechas. El momento exacto en que quiso ser periodista. O qué hacía cuando descubrió a los surrealistas, a Frank Zappa, a Patti Smith, a José Milla. 

El equipaje de la memoria

En este libro, como hacía de vez en cuando en sus columnas, Aceituno nos recuerda que “El hombre de la valija” fue el primer texto que escribió en 1978. Era una obra de teatro surrealista. Se estrenó y fue puesta en escena una única vez. Y hoy, su publicación todavía permanece inédita. 

No obstante, como cada recuerdo dentro de este libro de Aceituno, siempre viene acompañado o atravesado de subtrama. Cuando relata sus primeros intentos literarios, también aparece implícita la víspera de la guerra, los años convulsos, la represión estatal y los exilios.     

Más que columna editorial, Aceituno escribía una especie de diario cada semana. Un diario de postales que compartía muy ajustado a la coyuntura, a su memoria portentosa y Guatemala. 

Resulta inusual, acaso peculiar, descubrir en este nuevo libro algunos de los poemas que Luis Aceituno mantenía inéditos con recelo. Sobre todo por sus reflexiones y conflictos con los recuerdos. Sus poemas, la mayoría, justamente tratan de la memoria: 

Las computadoras, 

me informa Wikipedia, 

pueden llegar a tener una capacidad

de almacenar la memoria 

casi infinita. 

Una destreza

que yo no podría tener

a riesgo de que me estalle la cabeza.

(Un miedo infantil

un miedo perenne de andar por ahí

recordándolo todo

como dice mi madre.)

¿Tendrán los discos duros también

la facultad de atormentarse

con tanto recuerdo que los alimenta

para luego abandonarse

en el olvido o la demencia?

Lo que sí, me cuenta Wikipedia,

es que pueden reventar o morirse.

Abandonarnos, dejarnos solos, 

sin fotografías, sin escritos, 

sin dibujos, sin canciones.

Sin rastro

de lo que alguna vez fuimos.

Luís Aceituno, editor de Cultura y fundador de ElPeriódico, ojea la ultima edición impresa del periódico, en la sede de la imprenta, en la madrugada del 30 de noviembre / Simone Dalmasso/ Plaza Pública
Luís Aceituno, editor de Cultura y fundador de elPeriódico, ojea la ultima edición impresa del periódico, en la sede de la imprenta, en la madrugada del 30 de noviembre de 2022. / Simone Dalmasso/ Plaza Pública

El truco de intentarlo

El libro de Aceituno publicado por Sophos, fue compilado por la escritora Gloria Hernández, y funciona como un recorrido de vida diseccionado en cinco episodios. 

1) Los puntos de partida, que habla del origen, de dónde surgen ciertos impulsos.

2) Rutas previstas, donde se van afinando las influencias, a lo mejor las motivaciones. 

3) Compañeros de jornada / Aparejos de viaje, como un asomo a lo que podría contener la valija en el pregrinaje de Luis Aceituno.

4) Destinos en tránsito/ Imprevistos, que recopila la nostalgia, los padecimientos. 

Y 5) Recalada final, el preámbulo de las despedidas, la premonición de un desenlace.

En este viaje, que podría abarcar seis décadas, no podrían faltar las referencias a escritores y periodistas guatemaltecos. 

Mario Monteforte Toledo, Augusto Monterroso, José Milla, José Rubén Zamora, Gloria Hernández, Adolfo Méndez Vides, Luis Eduardo Rivera derivan como torales para entender el camino de Luis Aceituno. Cada uno aparece de tanto en tanto. Puntuales. Con cierta determinación para ubicar alguna época, una situación, un hilo a tierra para explicar Guatemala.

En las postales que dejó Aceituno, es muy frecuente encontrar figuraciones que funcionan como un “Lado B” a los temas principales. Orbitan así. Si habla de migraciones, por ejemplo, en realidad la búsqueda está en inferir en cuánto pensamos nosotros en largarnos de aquí. “Si Estados Unidos no es un país para viejos, como reza la novela de Cormac McCarthy y la película de los hermanos Cohen, pareciera que Honduras y Guatemala no son países para nadie”.

Imagen en sepia de Luis Aceituno.  Foto: Daniel Chauche
Imagen en sepia de Luis Aceituno. Foto: Daniel Chauche

Si interpela con la obsesión de “actualizarnos”, estar al tanto de las novedades de cada año (la música, los libros, el cine), Aceituno te dice: “Posiblemente la música actual ya no te procure ni te descubra nuevos placeres, pero si no la seguis estás frito. Estás viejo. (…) Para nosotros, los simples mortales, nuestro deber es actualizarnos, cada semana, cada mes, cada año, como los teléfonos celulares”.

La lucidez y la ironía no abandonan ninguno de los tramos en el viaje de cuatro años que recopila “El hombre de la valija y los últimos años”. La memoria tampoco, recuerdo tras recuerdo. 

Gran parte de las columnas de Aceituno se caracterizaban por conclusiones sagaces y a veces jocosas y provocadoras. Remates acaso satisfactorios. Como cuando nos contó que llegaba a su cumpleaños número 66 (semanas antes de su “recalada final”) y rememoró lo que le dijo Mario Monteforte: 

“Nunca confiés en los viejos. Son una mierda, se acobardan”. “Hay que pasar del amor a la muerte sin detenerse en la vejez”, remataba. “Ahí está el truco, no lo olvidés jamás”.

Luis Acetiuno le contestaba: “Lo intentaré, Marito, lo intentaré”. Y lo hizo.

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