Durante más de tres décadas, Aura Sontay convirtió la limpieza de casas ajenas en el único sustento de su familia y en la herramienta que permitió que sus cuatro hijos llegaran a la universidad. En Guatemala, el trabajo de casa particular continúa siendo una de las labores más precarizadas e invisibles. Miles de mujeres migran dentro del país para sostener hogares ajenos, sin contrato, sin prestaciones y sin horario fijo.
En una cocina angosta de un apartamento de zona 10, Aura Sontay, de 61 años, apoya su cuerpo sobre una lavadora. Minutos antes buscó un pequeño banco de plástico para subirse en él y poder alcanzar la ropa del fondo. A su alrededor todo parece un desorden: canastas con prendas de vestir, recipientes con detergente y suavizante son parte de apenas el inicio de su jornada laboral.
Con una mano toma sus lentes y se acerca al teclado de la lavadora para configurar el ciclo correcto de lavado. Le toma algunos minutos lograr ponerla en funcionamiento. Es lo primero que hace antes de iniciar con la limpieza de un apartamento de dos habitaciones en el sexto nivel de un edificio. Mientras tanto me cuenta cómo inició su vida laboral.
Aura comenzó como trabajadora de casa particular hace 32 años, cuando ella tenía 29. Siempre por día o jornada parcial, yendo de casa en casa. Le trae más cuenta, asegura. Al principio sólo planchaba ropa, pero con el tiempo su vida iba complicándose cada vez más y lavar ropa, platos, barrer, trapear y cocinar en las casas ya no era una opción.

La rutina antes del amanecer
El ruido de la lavadora es un poco fuerte, esto ayuda a Aura a estar atenta desde la habitación principal mientras extiende las sábanas. Retira la ropa de cama y la deja caer al suelo, como alguien que ya sabe que pronto irá a la lavadora. Las cambia por edredones limpios, acomoda bien las dos almohadas y al terminar, pasa su mano delicadamente sobre la superficie de la cama, borrando toda arruga e imperfección.
Aura tuvo a su primer hijo con 26 años. Después nacerían otros tres. Desde que sus cuatro hijos iban a la escuela en 1994, su rutina empezaba a las cuatro de la madrugada. Preparaba el desayuno y los alistaba, dejaba a las niñas en la escuela y a los varones, que estudiaban por las tardes, los llevaba con ella a las casas donde trabajaba.
Durante esos años, Aura cargaba consigo la decisión de haber dejado a su esposo. Los problemas con el alcohol, el machismo, las amenazas y los malos tratos habían influido en dejar atrás todo lo que consideraba que le hacía daño a ella y a sus hijos.
Las malas experiencias y malos entendidos con algunos empleadores le hicieron optar por llevar sus propios alimentos para ella y su familia.

En la habitación, Aura continúa con la limpieza. Levanta con la mano derecha los objetos que puede y con la izquierda, pasa un trapo húmedo sobre una leve capa de polvo situada en la superficie de los muebles. En ese espacio, un escritorio improvisado alberga libros, revistas, adornos y plantas. Una gran ventana permite la vista hacia otra torre de apartamentos mientras el sol cae.
Aura cuenta que procuraba que sus hijos fueran almorzados antes de dejarlos en la escuela, para luego ir a trabajar a su segunda casa. Debía apresurarse con la limpieza y todos los oficios para recogerlos a las seis de la tarde en la escuela.
“No sentí cómo se me fueron los años”, dice. “Cuando sentí, ya mis hijos estaban grandes”, cuenta Aura, mientras busca una escoba en una pequeña bodega del apartamento.
A pesar del esfuerzo diario y las extensas jornadas de trabajo de lunes a domingo, el dinero y la comida no alcanzaba, no recibía apoyo económico de su expareja y los gastos iban en aumento. Por las noches, cuando ya había dado de cenar a sus hijos, Aura comenzaba una tercera jornada laboral pegando y cosiendo números en uniformes deportivos de la fábrica de un tío, en muchas ocasiones mientras sus hijos dormían.

“No importa en qué uno trabaje para sacar a los hijos adelante”, asegura. Con ese nuevo ingreso pagaba el alquiler y ahorraba una pequeña parte para cualquier emergencia.
“Así se truncaron mis estudios”
Mientras sigue con sus labores, Aura retrocede aún más en el tiempo. Es originaria de Momostenango, a sus quince años le tocó criar a sus siete hermanos, tres de ellos del segundo matrimonio de su padre. Era la mayor, por lo que cocinar, lavar y planchar era parte de sus obligaciones antes de irse a estudiar en jornada nocturna.

Su madrastra la sacó del instituto para ponerla a trabajar en el mercado Colón en un puesto de refacciones. Pero a pesar de ello logró llegar hasta quinto perito contador. Sin embargo, la carga laboral era demasiada y no logró graduarse. “Así se truncaron mis estudios”, dice.
En ese tiempo, las propuestas de pedirla en matrimonio, con apenas quince años, abundaban. Agradece que su padre respetó su decisión y fue hasta los 20 que se juntó con el papá de sus hijos. Al principio respondió, pero después empezó a beber. Se volvió violento. “Para estar así, mejor vivo sola”, decidió.
Sin acceso a derechos laborales
Mientras la lavadora continúa con su ciclo, Aura ya ha barrido todas las habitaciones. Los años de experiencia la han llevado a desarrollar su propio método de limpieza, comienza de adentro hacia afuera, asegura.

Toda una vida sin Bono 14 ni Aguinaldo
Entre las gavetas del lavamanos del baño, Aura busca un cepillo para limpiar la tina. En una pequeña cubeta coloca agua y jabón detergente, mete el cepillo y restriega los azulejos de arriba hacia abajo. Antes ha limpiado el sanitario y ha pasado el trapo limpio y húmedo en los espejos del baño.
Aura nunca ha tenido aguinaldo o bono 14, mucho menos vacaciones pagadas, “Como no voy fija en una casa, no tengo derecho a nada”, explica.

A pesar de eso, está consciente que debe haber mejoras salariales y de derechos de las empleadas en casa particular. Actualmente es tesorera en el Centro de Apoyo a las Trabajadoras de Casa Particular (Centracap) una organización dedicada a fomentar el empleo, empoderar y defender los derechos laborales de las mujeres de ese sector.
“He encontrado personas buenas, pero también otras que no tanto”, explica. En una ocasión, se vio obligada a dejar un trabajo por el constante acoso de un empleador. No le dijo nada a la esposa. Simplemente dejó de ir. “Si no rehice mi vida cuando tenía necesidad, menos ahora”, dice.
En 2009, el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) creó el Programa Especial de Trabajadoras de Casa Particular (PRECAPI), una modalidad de seguridad social enfocada en ingresar a las trabajadoras del hogar al sistema de protección social, cuyas beneficiarias serían quienes realizan de forma parcial y continua labores cuidados y limpieza en casas del departamento de Guatemala.
Según los datos recopilados por el Centro de Apoyo para las Trabajadoras de Casa Particular (CENTRACAP), para el 2022, solo 557 personas permanecían inscritas, 459 estaban en mora, 69 no habían realizado ningún pago y únicamente 29 estaban registradas como activas para recibir los servicios del PRECAPI, el cual cubre accidentes de trabajo y licencia por maternidad. En total, según datos de la OIT (2021) en Guatemala existen 388 mil 240 trabajadoras remuneradas del hogar.

En su delantal Aura lleva varios trapos, unos más húmedos y limpios que otros, con mucha delicadeza limpia los objetos frágiles de la sala, ordena las flores, devuelve el brillo de los espejos y ventanas del apartamento.
La recompensa
Han pasado algunas horas y Aura ya ha adelantado la mayoría de los oficios. La experiencia le ha llevado a cobrar cuatro quetzales por pieza planchada y doblada. “Mi ayudante es la lavadora, ella lava y yo hago lo demás”, dice. Aprendió a hacerlo así para evitar abusos.

A pesar de todas las dificultades que en su vida ha pasado, Aura asegura sentirse satisfecha. Logró sacar a sus hijos adelante y enseñarles el valor del trabajo. Hoy en día son profesionales graduados de la universidad. “No tuvieron papá, pero sí mamá”, dice con una sonrisa mientras acomoda un florero en la sala.
Camina con un gesto sereno. En su rostro hay una calma que no parece improvisada, sino construida con los años de experiencia y sabiduría. Asegura que decidió no complicarse la vida y no dejar que la mala energía de los demás le afecte.

La responsabilidad con la que Aura se toma el trabajo la ha llevado a que la recomienden en varios lugares, hasta el punto de tener que rechazar algunos por falta de tiempo. Gracias a ello logró construir su casa. Un hogar pequeño, asegura, pero propio y fruto de su esfuerzo.
En más de tres décadas ha limpiado hogares ajenos, conoce la mayoría de zonas de la ciudad y cada una de esas jornadas ha ayudado a construir su propio hogar, una casa pequeña, cuatro hijos profesionales y la satisfacción de que el sacrificio valió la pena.
“Cuando uno tiene hambre, no piensa en bono ni aguinaldo. Piensa en trabajar hoy para comer hoy”.

La lavadora ha concluido su ciclo de secado, Aura saca la ropa, la dobla con precisión y la coloca en su lugar. El apartamento ha vuelto a brillar.