La mayoría de quienes trabajan en el vertedero de Antigua Guatemala son mujeres, muchas de ellas madres solteras que sostienen sus hogares. Recogen, clasifican y venden material reciclable para sobrevivir, mientras los camiones llegan con desechos previamente seleccionados que reducen su ingreso diario y sin servicios básicos.
Este reportaje forma parte de la serie Imprescindibles, un especial que cuenta la historia de miles de personas sostienen la vida cotidiana y buena parte de la economía desde trabajos que rara vez son reconocidos: el empleo doméstico, las maquilas, las labores de cuidado o el reciclaje informal.
Ser reciclador en Guatemala se vive en la informalidad. No existe un reconocimiento legal dentro del Código de Trabajo y, aunque su labor sostiene la economía diaria de varias familias, también los expone a discriminación, incertidumbre y a trabajar sin derechos básicos. En el relleno sanitario de Choconal —ubicado entre Ciudad de Guatemala y Antigua Guatemala, a unos 41 kilómetros de la capital— esta realidad es evidente desde que uno cruza la entrada.
De acuerdo con el registro de la Red Latinoamericana de Recicladores correspondiente a 2024, en Guatemala se han identificado 461 recicladores en 12 departamentos mapeados. Los departamentos con mayor número registrado son Guatemala (120 recicladores), Escuintla (100) y Zacapa (40), mientras que otros como Santa Rosa (35), Antigua Guatemala (17) y Quetzaltenango (12) muestran grupos más pequeños. El documento señala además que 10 departamentos aún no han sido mapeados, por lo que la cifra total de recicladores en el país podría ser mayor.

El entorno laboral de los recicladores
Es viernes, 10:30 de la mañana. El sol cae con fuerza sobre la montaña de desechos y el olor en el relleno sanitario es penetrante. Los camiones entran uno tras otro, descargando bolsas negras, cajas, zapatos viejos y restos que se acumulan en un mar de plástico. Sobrevolando la escena, un grupo de zopilotes marca el lugar donde la basura recién cayó.
Aquí no hay agua potable para lavarse las manos. Tampoco sanitarios, ni un techo para cubrirse del calor o de la lluvia. El trabajo exige resistir sol, viento, tormentas, y aun así continuar porque si no se trabaja, no se come.

Celeste Estrada es vicepresidenta de la junta directiva que representa a los recicladores a nivel nacional. Ella, junto a Carlos Soto —presidente —, trabajan en el relleno sanitario AMSA ubicado en el kilómetro 22 de la ruta al Pacífico y también visitan otros vertederos para identificar los problemas que enfrentan los recicladores y buscar formas de apoyarlos.
Durante la conversación, explica cómo funciona el basurero Choconal: los camiones de la municipalidad descargan la basura en el centro de acopio, donde primero se clasifica. Luego, un camión recoge lo que ya no tiene material reciclable y lleva al área donde los recicladores recolectan. “Son ocho personas, trabajan cuatro cada quince días. ¿Y los otros? ¿Qué comen? ¿De qué viven?”.
Celeste mira alrededor y resume la realidad: no tienen agua, no hay baños, no hay dónde sentarse ni comer. Las condiciones son mínimas y la incertidumbre crece mientras avanzan las propuestas de cierre o reestructuración de vertederos.
Aun así, ella insiste en algo: organizarse es la única manera de defender su trabajo y su derecho a vivir de él.
El Choconal y su cierre técnico, el primero en Guatemala
En 2022, No-Ficción documentó que el basurero de El Choconal, en Antigua Guatemala, se convirtió en el primer vertedero del país en contar con un proceso de cierre técnico con obras de ingeniería. “Hoy es el primer vertedero en Guatemala que está teniendo un cierre técnico con obras de ingeniería”, explicó entonces Masella, una de las fuentes consultadas para ese reportaje.
El sitio comenzó a funcionar en el año 2000 como un vertedero sin planificación. Con el paso del tiempo, y ante los impactos ambientales, inició una transición hacia un relleno sanitario y posteriormente entró en un proceso de cierre técnico. Este tipo de cierre no implica dejar de operar de forma inmediata, sino aplicar medidas técnicas —como el manejo de lixiviados, gases y estabilización del terreno— mientras el basurero continúa recibiendo desechos.
El Choconal recibe entre 50 y 70 toneladas de basura al día, provenientes de Antigua Guatemala y sus aldeas. El proceso de cierre técnico marcó un precedente en la gestión de residuos en el país y abrió interrogantes sobre el futuro de las personas que dependen del reciclaje como principal fuente de ingreso.
Este debate se da en un contexto más amplio. En 2024 entró en vigencia el Reglamento para la Gestión Integral de los Residuos y Desechos Sólidos, que estableció la separación de basura en orgánico, reciclable y no reciclable a nivel nacional. La normativa buscaba reducir la cantidad de desechos que llegan a vertederos y rellenos sanitarios, y modificar la forma en que se recolecta y clasifica la basura.
Meses después, la Corte de Constitucionalidad dejó sin efecto partes del reglamento, una decisión que generó incertidumbre sobre su aplicación, un tema abordado en su newsletter.
La aplicación del reglamento también generó protestas en febrero de 2025 de recolectores y recicladores, quienes advirtieron que la clasificación de residuos podía afectar su trabajo y sus ingresos. Tras el diálogo con el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN), se acordó simplificar la separación en dos categorías: orgánico e inorgánico, para que los recicladores puedan seguir recuperando materiales reutilizables.

María Magdalena: 70 años, 40 de ellos viviendo del reciclaje
Desde el principio se escucha el ruido de las máquinas que remueven desechos, el olor que se mezcla con el polvo y un grupo de mujeres que caminan entre montones de plástico, latas y cartón buscando aquello que pueda convertirse en unos cuantos quetzales para la comida del día.
Entre costales aparece María Magdalena Hernández, una mujer de 70 años y que ha pasado cuatro décadas recogiendo materiales reciclables para sobrevivir.
Lleva una gorra negra que le cubre apenas la frente y una camisa larga azul con rayas blancas, que le llega hasta las rodillas. Se mueve con paso firme entre la basura, con una sonrisa que no se apaga. Trabaja con lo que tiene: se sienta sobre sus yumbos —los botes donde almacena lo que recupera durante el día— y separa cuidadosamente sus costales, una para plástico, otra para cartón, otra para latas. Todo lo ordena con una paciencia que solo la experiencia da.
María camina desde Santa Lucía Las Cañas, el lugar donde vive. Llega al vertedero alrededor de las 7 de la mañana, cuenta que no hay transporte de su casa al trabajo. Comer depende del dinero del día. A veces compra un plato de comida a los camioneros por Q10 o Q15, cuando alcanza o simplemente con Q3 de tortillas.

Cuatro décadas de trabajo en la clasificación de desechos
—“Aquí comenzamos… hace como 40 años. Entré con Doña Juana”, cuenta Doña María .
Desde entonces, su vida ha sido clasificar desechos. Se retiró un tiempo, pero tuvo que volver porque no había otro trabajo para ella. Lo dice con calma. —“Yo no sé leer ni escribir. La escuela quedaba lejos, había que caminar mucho… y ya no se pudo”.
Ahora que es mayor, dice que ya no podría estudiar. La vista falla, la memoria ya no retiene. Pero María no se queja y sonríe suavemente. Menciona que debe trabajar para comer, porque está sola. Su voz se vuelve más baja cuando cuenta que su esposo murió hace seis años y sus dos hijos también fallecieron, prefiere no contar detalles explica con serenidad.—“Yo no tengo quién vea por mí… tengo que sostenerme”.
Q40 o Q50 diarios “si el día va bien”
El ingreso es inestable. Si el día va bien, gana Q40 o Q50. Para completar un quintal de material pueden pasar tres o cuatro días. No hay salario fijo ni contrato; lo que logre recolectar es lo único seguro.
Trabajan organizadas en dos grupos, cada uno con cuatro integrantes. En total son alrededor de ocho recicladoras, casi todas mujeres. Hacen turnos de 15 días: 15 días trabajan, 15 días esperan.Y en esos días sin turno, no hay ingreso. – “Aquí nadie le dice a uno ‘vaya a trabajar’, es porque no hay dónde más. Yo no tengo otra manera para comer. Yo solita me sostengo”.

Un trabajo que sostiene al ambiente, pero no las sostiene a ellas
—“Aquí estamos como abandonadas… no tenemos ayuda de gobierno, ni de organizaciones. Solo si nos ponemos las pilas, si no, no hay nada” expresa doña María que observa detenidamente el panorama de desechos.
El trabajo que realizan reduce la basura que se acumula. Separan lo que para muchos es desecho, pero que para ellas significa un ingreso económico. Aun así, son invisibles para el sistema.
—“A veces la gente se burla porque uno trabaja en el basurero… pero de aquí comemos”.
La miro sentada de nuevo sobre sus costales, con esa sonrisa suave que no refleja lo duro del trabajo ni el peso de los años y aun así, María sigue. Sus manos clasifican, separan, salvan materiales que se perderían. Su trabajo es invisible, pero sostiene dos cosas: su vida y el medio ambiente.
Setenta años de vida. Cuarenta de ellos trabajando como recicladora.

Lucía, 15 años trabajando como recicladora para tener más flexibilidad para cuidar a sus hijos
EA las seis de la mañana, cuando el sol apenas ilumina el vertedero, Lucía con un nombre ficticio para resguardar su identidad de 48 años, ya está caminando entre montañas de desechos. Viste una playera roja y usa una gorra que le cubre el rostro “para aguantar el sol” de la jornada. Desde hace 15 años, este es su espacio de trabajo: el relleno sanitario donde recicla para sobrevivir.
Lucía es madre soltera de cinco hijos. Dos aún estudian, y es por ellos que continúa aquí.
– “Por necesidad estoy aquí… de aquí le doy estudio a mis hijos”, dice. Antes trabajó en una maquila, pero sus hijos pequeños y la falta de permisos para asistir a reuniones escolares la obligaron a dejar ese empleo. – “Siempre he sido madre soltera, no tenía quien me cuidara los niños, por eso me vine a trabajar aquí”.
En el vertedero todo depende del día y del material que logren encontrar. No existe salario fijo, no hay prestaciones ni contrato. “Si trabajamos ganamos, y si no trabajamos, no ganamos”, afirma. El pago no es diario: le pagan quincenal según el peso del material recolectado.
– “Nos pagan por quintal… si sacamos ganamos, si no, pues nada”.
Con suerte recibe entre Q200 o Q400 a la quincena, aunque puede ser menos: “A veces solo sacamos Q200, Q300… depende si hay material”.

Un sistema de turnos para acceder al material reciclable
La labor en El Choconal se organiza en dos grupos de mujeres que se turnan cada quince días. Lucía, junto a María, integra el Grupo 1: trabajan durante la primera quincena del mes, y los siguientes quince días entra el Grupo 2. De esta forma, todas pueden acceder al material disponible cuando escasea. “Ahorita estamos nosotras, los próximos días entran las otras señoras”, explica, haciendo referencia a ese sistema de rotación que marca su ritmo de trabajo y de ingreso económico.
Cada semana, cuando hay suerte, llena aproximadamente cuatro yumbos grandes con lo que logra recuperar de la basura. Clasifica PET, plástico duro, suflateado, latas, chatarra, papel y aluminio. Todo lo que cae de los camiones es una oportunidad. – “Sacamos lo que se les pasa a los camioneros”, cuenta mientras observa cómo otros avanzan rápido para no perder material.
Las condiciones son duras y repetitivas: no hay agua potable, no hay baños, no hay dónde calentar comida. – “A veces aguantamos… no comemos porque no hay dónde calentar, no hay agua para lavarnos las manos”.
Lucía vive a unos treinta minutos del relleno sanitario, “no tan lejos”, como dice. No hay transporte que la acerque al lugar, por lo que camina media hora para llegar cada mañana a su jornada. Su hijo, que hoy tiene 25 años, la acompañó desde que era niño.
Lucía habla de necesidad, no de lástima. Lo dice con firmeza: “Nadie hace nada por nosotros. No tenemos ayuda de nadie”. Y aun así sigue. Porque comer depende de lo que logre recoger, sostener una familia es prioridad. Dos de sus hijos, dice, “todavía están estudiando y hay que darles”.
En el vertedero, como ella dice, “si trabajamos ganamos… y si no, no ganamos.”

¿Cuántos camiones entran al vertedero de Choconal?
Según Don Carlos, presidente de la Asociación de Clasificadores Estamos Aquí No Lo Olvides Kilómetro 22 Villa Nueva, OCEANO. Al vertedero El Choconal entran alrededor de 15 camiones diarios, aunque el número puede variar. Lo importante —dicen— no es sólo cuántos llegan, sino cómo llegan. La mayoría no descarga la basura completa, sino que viene con el material reciclable ya separado desde Antigua, lo que reduce drásticamente el aprovechamiento.
– “Son como 15 camiones, mucho. Pero si esos 15 tiraran completo, sacaríamos más. El problema es que vienen ya clasificados”.
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Los recicladores explican que cuando un camión llega y abre el contenedor, muchas veces ya no hay PET, cartón ni material útil, porque fue retirado previamente en el punto de transferencia. Lo que se deposita en Choconal es casi únicamente desecho final.
Según el INE (2018), solo el 42% de los residuos generados en los hogares guatemaltecos entran a un sistema de recolección; el 43% se quema y el 3% se entierra. A esto se suma que, de acuerdo con estudios realizados entre 2021 y 2022 en varios municipios del país —entre ellos Guatemala, Quetzaltenango, Escuintla, Retalhuleu, Río Hondo y Amatitlán— la mayor parte de los residuos que generamos en los hogares son orgánicos.
De acuerdo con el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales, la composición promedio de la basura en Guatemala es: 56% materia orgánica (restos de comida), mientras que el 14% son desechos sanitarios, mientras que los plásticos representan apenas 13% (incluye rígidos y PET) y el papel/cartón 6%. Es decir, lo que da sustento económico a las recicladoras es apenas una fracción mínima del total de basura que se produce.

Comparación con otros vertederos
Para dimensionar la diferencia, Don Carlos menciona que en el vertedero de AMSA, en la ruta al Pacífico el kilómetro 22 llegan cerca de 300 camiones diarios, además de camioncitos y pick-ups. Eso significa que el flujo de residuos en Choconal es muchísimo menor, pero además el poco que llega viene previamente clasificado.
-“Allá en el 22 entran como 300 camiones diarios. Aquí entran como 15. Y encima ya vienen sacados”.
Por eso, aunque el volumen de Choconal parece bajo, la problemática es grave porque no queda material suficiente para que los recicladores generen ingresos, lo que ha reducido también la cantidad de personas que trabajan: antes eran 10 personas, ahora solo 8.
Trabajo de las recicladoras en El Choconal: 2022
Según el reportaje de No-Ficción publicado en 2022, documenta cómo un centro de transferencia, habilitado en el mercado de Antigua Guatemala, comenzó a funcionar para separar parte del material reciclable antes de que los desechos llegaran al basurero. En ese centro se separaban, bajo techo y con algo de infraestructura mínima, materiales que podían reciclarse, como cartón, aluminio y papel. En cambio, en El Choconal la presencia de recicladores era menor y la mayoría de los materiales útiles ya se habían retirado antes de llegar al basurero, lo que dificultaba que los recicladores informales encontraran material para su sustento.
Ese mismo año se reportaba que solo 0.43 toneladas de material recuperable se rescataban diariamente en El Choconal, frente a 1.15 toneladas que sí se recuperaban en el centro de transferencia, a pesar de que entre 50 y 70 toneladas de basura llegaban cada día.
Celeste insiste en que no todos los vertederos viven la misma realidad.
Hablan del precio del PET. Una compañera calcula que cada quince días reúne unos dos quintales y medio, y se los pagan a 25 quetzales por quintal, mientras que en otros lugares llega a 90 quetzales, y además los compradores viajan hasta el basurero para recogerlo. “Nos están estafando”, dice alguien entre el grupo, planteando que sería mejor buscar compradores que lleguen directamente a ellos y establecer precios justos para todos los vertederos.
Por esa necesidad de proteger sus derechos nació el grupo “Reciclador alza la voz”. Se comunican a través de un grupo de WhatsApp. Celeste explica que el objetivo es visibilizar su trabajo, porque durante años han sobrevivido entre la basura y nadie hablaba de sus necesidades. Ahora comparten información para comparar precios, exigir condiciones dignas y prepararse ante los futuros cierres de vertederos ordenados por reglamentos ambientales.
Ella compara esa situación con la organización que lograron hace un año en Km 22, donde formaron una asociación. Para permitir la entrada de nuevos compradores exigen que el precio mejore, nunca que baje. “Si pagan 70, el nuevo debe ofrecer 80. No aceptamos menos”, explica.
Actualmente forman parte de redes mayores: la organización ACEANO, que se vincula con la Red Latinoamericana de Recicladores (LACRE). Además se está creando una nueva estructura nacional llamada MOREDEGUA (Movimiento de Recicladores de Guatemala), que reunirá representantes de todos los departamentos.
Su meta es que todas y todos se organicen. “Si estamos dispersos no hacemos nada. Unidos tenemos fuerza”, repite Celeste, convencida de que solo así podrán exigir apoyos, capacitaciones y derechos, porque muchos compañeros llevan más de 30 años trabajando en los vertederos.
