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Ilustración sobre un autobús en Chiquimula, Guatemala, lleno de migrantes venezolanos. Ilustración: Diego Orellana
8 mins de lectura

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Un autobús de migrantes venezolanos

Lugar de paso, lugar de tránsito, lugar expulsor de tantos nacionales, en Guatemala la migración venezolana es ya un ruido de fondo.

Son las 9 de la mañana de un domingo y poco más de la mitad de los pasajeros del autobús tipo pulman, rumbo a la ciudad de Guatemala, se revuelven buscando entre sus mochilas los documentos de identificación que los policías guatemaltecos les piden. ¿Dónde está el coroto ese?  dicen algunos mientras rebuscan. Algunos ya lo tienen a la mano para mostrarlo.

—Aquí, mire, jefe, venezolano— dice mi compañero de butaca, un hombre en sus cuarentas en shorts y camiseta. Mientras muestra su identificación al policía. 

Su esposa y dos niñas de entre cinco y siete años van en el asiento a la par; pero su mujer le muestra al policía un pasaporte hondureño.

El policía, un joven de veinte y pocos, no le cree. 

—¿A dónde se dirige?, ¿Y los papeles de los niños?

La mujer tiene la historia lista: voy a ver a mi mamá que está enferma, los niños viajan con partida de nacimiento, ¿quiere ver? Todo dicho con un marcado acento venezolano y el ruido de fondo de una decena de niños pequeños removiéndose en los asientos de atrás, saltando o reproduciendo videos en el teléfono de un adulto. 

La mujer tiene la historia lista: voy a ver a mi mamá que está enferma, los niños viajan con partida de nacimiento, ¿quiere ver?

Otro policía da la orden para todo el bus: 

—¡A los que les recogimos el documento se bajan! Los niños se pueden quedar.  

El agente novato le devuelve su pasaporte a la mujer y esta se queda en el autobús con las niñas. 

El autobús se comienza a vaciar. Estamos en uno de los puestos de control aduanero entre las fronteras de Honduras y El Salvador con la ciudad de Guatemala. El vehículo es un autobús pullman desvencijado, con asientos rechinantes, suelo pegajoso de suciedad y un aire acondicionado que funciona a ratos. 

Paramos en uno de los puestos de control, contra el narcotráfico y contrabando, donados por el gobierno de Estados Unidos por parte de la sección antinarcóticos (INL) de la embajada estadounidense. Puestos que guardan algunos soldados acalorados con el equipo a cuestas, policías en sus uniformes negros y funcionarios aduaneros soñolientos. 

Me levanto para dejar pasar al compañero de la butaca. El autobús se vacía a la mitad: hay chicos no mayores que el policía novato que llevan el pelo al rape y tienen puestos sudaderos de equipos de béisbol, hay jóvenes morenas con licras ajustadas, hay “bachacos” y “bachacas” (blancos de cabello ensortijado) como dirían ellos, y niños en todos los tonos que saltan en sus asientos, agitan teléfonos, juegan con pelotas y tararean canciones infantiles virales. Hay un desfile de crocs y sandalias. Por debajo de las butacas corren juguetes, botellas vacías, zapatos.

Algunos regresan a los pocos minutos para revolver entre sus cosas. 

—Ay, tan bruta —dice una chica con un bebé en brazos—, me bajé sin dinero. —Y regresa a revisar en su mochila mientras el niño parece retorcerse, reptar y finalmente trepa por su espalda hasta meterse en el maletero. 

—¡Ahora te quedas allí! —le dice la madre. Cuando encuentra su cartera, el niño vuelve a asomar la cabeza entre las maletas.

Los pasajeros locales miran con aburrimiento. Solo los niños asoman a veces la cabeza de entre las butacas y se asoman por las ventanas cerradas tratando de ver a dónde va la gente que ha bajado. Los niños en la parte trasera del autobús, sin adultos, sin teléfonos para entretenerse, corren por el pasillo, trepan a las butacas, se dan algún golpe, lloran un rato y vuelven a correr.

Pasan 15, 20, luego unos 30 minutos. La escena se repite, algunos bajan a buscar entre sus cosas, las primeras en regresar son mujeres que van en pareja y habían dejado a los niños; luego los hombres y, más tarde, los chicos y las chicas que viajan en pequeños grupos. 

Gracias a la contribución estadounidense, al menos la extorsión a los migrantes se realiza debajo de la sombra de los toldos metálicos, en un puesto de control en la carretera. 

Cuando los pasajeros regresan a sus puestos comienza el reacomodo y las preguntas: ¡Chamo, siéntese bien, no sea farandulero! Pana mire que lleve todo. ¿Y cuánto falta para la capital? Páseme ese coroto que tenía allí. ¿Por dónde va esta vaina?

El autobús retoma su camino y al parecer nadie se ha quedado atrás. 

—Papi, ¿cuánto le cobraron? —pregunta la esposa de mi vecino de butaca.

—Le di uno de a Q100

—Y eso ¿cuánto es en dólares?

-—Es un poco más de 10 dólares, no se preocupe Mai, todo bien.

Llegamos a una zona donde se pierde la señal y el vecino me pregunta cuánto falta para llegar a la capital. Una hora y media más si no hay otro retén o accidente en el camino, le respondo. Gracias jefe, me dice, y sigue pendiente de que vuelva la señal. 

Suben vendedoras de comida y anuncian los precios de las empanadas a Q5, de los panes con jamón a Q10, de las porciones de pollo a Q20.  

—También se aceptan dólares, lempiras, córdobas… —dice una de las vendedoras.

—¡Esta si se mamó! —le responde alguien y provoca algunas risas.

Mi vecino sigue pendiente de su teléfono. Cuando regresa la señal comienza a escuchar notas de voz por WhatsApp. Tiene un pana que va “adelante” y le va contando como es el “asunto”. En qué pueblo quedarse, dónde mejor apurar el paso. 

Gracias a la contribución estadounidense, al menos la extorsión a los migrantes se realiza debajo de la sombra de los toldos metálicos, en un puesto de control en la carretera. 

El aire acondicionado vuelve a fallar en el autobús, los niños se desesperan. Afuera hace más de 32 grados. Es una mañana de invierno y en este trozo del mundo hay calor sofocante por las mañanas y lluvia torrencial por las tardes. En el horizonte, nubes oscuras. Mi vecino escucha una, dos, tres veces las notas de voz.

—¿Todo bien, Papi? —Le pregunta su esposa.

—Todo bien, todo bien. Solo viendo el asunto, mire que no se consuman todos los datos las niñas, por favor, cariño. —Le responde, mientras las niñas se turnan para jugar en bucle algo que suena en el teléfono como una mezcla entre canción pop coreana y pachinko.   

Antes de que el autobús se vuelva un horno de olores humanos y sudores, el aire acondicionado revive. Nos vamos acercando a la Ciudad de Guatemala. Reaparecen los gorros, alguna bufanda, al bajar unos cuantos grados. Las niñas de la pareja usan unas gorras con dibujos de Frozen. 

El cielo está encapotado cuando bajamos a la estación. Es solo otra etapa en este viaje para esta familia. Es un domingo cualquiera. En la terminal hay filas en los cajeros con estos viajeros, hay dos bancos que funcionan como agentes de remesas y siguen abiertos cerca del mediodía también con largas filas en sus puertas. Los locales de comida están llenos, una mezcla de familias locales, de familias en tránsito. 

Aquí están aquellos que aún cuentan con el combustible necesario para el viaje: dinero y voluntad. En las calles del centro de la ciudad encontrarás a los varados en este tramo del itinerario. En las esquinas junto a los semáforos, en las calles peatonales con rótulos de cartón y la bandera venezolana, a la par de locales de comida rápida pidiendo alguna moneda, verás a los desfondados en este viaje. Lugar de paso, lugar de tránsito, lugar expulsor de tantos nacionales, en Guatemala la migración venezolana es ya un ruido de fondo. 

Veo una última vez a esta familia en la estación. A las niñas las dejan frente al escaparate de una tienda llena de maniquíes y vestidos de colores. Ellas señalan y discuten tocando las vidrieras. Los padres escuchan juntos una nota de voz y miran el Google maps en otro teléfono. Esta ciudad es una escala más en el camino mientras el dinero alcance. 

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