Ángel Jiménez vive en medio de un bosque que no proporciona alimentos ni trabajo suficiente.
Esta fotogalería forma parte del especial “Vidas vulnerables en tierra fértil“, un proyecto que analiza la desnutrición aguda infantil en la costa sur de Guatemala. A través de una investigación y siete historias familiares, el proyecto recorre las causas de esta crisis.
Angel Artemio Jiménez Juárez vive en Santa Cruz, un pequeño cantón situado entre fincas de hule en el municipio de San Miguel Panán, Suchitepéquez.
En septiembre de 2025, Ángel –el más pequeño de seis hermanos– tenía diez meses y era un niño en riesgo de desnutrición aguda.
La brigada de salud y nutrición número tres del departamento de Suchitepéquez ha detectado que su peso se encuentra entre una y dos desviaciones estándar por debajo del valor medio para su talla.

Es la segunda vez que esto sucede. Durante una revisión anterior, Ángel ya mostró tendencia a la baja en los monitoreo de crecimiento.
Por eso, ahora, la nutricionista de la brigada de salud y nutrición del MSPAS, Mishel Loarca, le entrega a su madre, Janet Juárez, siete sobres de alimento terapéutico, para evitar que Ángel caiga en un diagnóstico de desnutrición aguda.

Janet Juárez, la madre, escucha con atención todas las indicaciones de la nutricionista y explica que ninguno de sus hijos había padecido antes pérdidas de peso como las de Ángel. Janet dice que el problema es que el niño se enferma mucho de diarrea y que, por eso, también sufre anemia.
La casa de Janet es exactamente igual que la de sus vecinas: son pequeñas, sin terreno, están hechas de block, con piso de concreto y cuentan con una pila con agua corriente.
Una cuñada y vecina de Janet explica que, antes, los vecinos del cantón tenían casas autoconstruidas con madera u otros materiales, pero que los que pudieron juntar Q4,100 se beneficiaron de un proyecto que les permitió contar con viviendas de bloque.
Todas son iguales y están unas pegadas a las otras.
La casa de Janet es ordenada y está muy limpia. Aunque, según dice, dos cuartos no alcanzan para los ocho que son en la familia y, por eso, “duermen jateaditos”, dos en cada cama.
Janet no tiene un ecofiltro ni tampoco hierve el agua que toma la familia.
Cuando llueve, se va la luz y la refrigeradora se queda sin corriente.

Los bosques de hule son frondosos y verdes, pero los vecinos del cantón Santa Cruz lo llaman el bosque muerto porque para que prospere la plantación se impide que crezca nada que no sea hule.
Janet y su cuñada explican que esta actividad crea pocos empleos, y que la mayor parte de la gente del cantón busca trabajo en otros sectores.

El marido de Janet trabaja de jornalero, es decir, cobra por día de trabajo, haciendo diferentes tareas.
El día de la visita de la brigada de salud y nutrición, el padre de Ángel está sembrando grama en el campo de fútbol de San Miguel Panán.
Janet dice que por ese trabajo su marido puede cobrar unos Q90 al día, mientras que en el hule, aunque el salario es más estable, se ganan unos Q600 por quincena.
Janet y su cuñada coinciden en que con el hule no se alcanza el salario mínimo y que además el olor desagradable del hule –“a chipa”– se queda impregnado y no pueden desprenderse de él.
Las carreteras que atraviesan las fincas de hule y que permiten llegar al cantón están en buen estado, pero los vecinos cuentan que les cuesta moverse porque no hay transporte público regular.
Ir a comprar alimentos a San Miguel Panán o San Antonio Suchitepéquez es sencillo. Caminan veinte minutos a una carretera principal y allí toman alguna camioneta que se dirija a una de estas cabeceras municipales. Pero el regreso es más complicado. No hay rutas directas, los buses deben desviarse y les cobran más por el pasaje.
Esta fotogalería forma parte del especial “Vidas vulnerables en tierra fértil“, un proyecto que analiza la desnutrición aguda infantil en la costa sur de Guatemala. A través de una investigación y siete historias familiares, el proyecto recorre las causas de esta crisis.
