Wilfredo Ramos se enferma con frecuencia. Su peso es irregular, como el río que abastece de agua a su comunidad.
Esta fotogalería forma parte del especial “Vidas vulnerables en tierra fértil“, un proyecto que analiza la desnutrición aguda infantil en la costa sur de Guatemala. A través de una investigación y siete historias familiares, el proyecto recorre las causas de esta crisis.
Wilfredo Ernesto Ramos tenía tres años y acababa de salir de una desnutrición aguda moderada en septiembre de 2025.
Hasta ese momento, Wilfredo era el único caso de desnutrición aguda que las brigadas de salud y nutrición del MSPAS detectaron en 2025 en Lucerna, una comunidad rural en el municipio de Siquinalá, Escuintla.
Irma Carrillo, su madre, cuenta que desde que cumplió un año, Wilfredo se enferma de diarrea con frecuencia.
Cuando esto sucede pierde peso, cuando mejora lo recupera.
Wilfredo es el pequeño de cinco hermanos, y su madre explica que a todos les ha pasado lo mismo. En casa no disponen de ningún tipo de filtro para potabilizar agua.
En los datos del MSPAS de 2024, Siquinalá aparece como el cuarto municipio de Escuintla con las tasas de desnutrición aguda más altas.

Para llegar a Lucerna, la comunidad de Wilfredo, hay que atravesar varios lahares del volcán de Fuego.
El picop de la brigada de salud y nutrición del MSPAS trepa despacio entre el agua y las rocas. Son casi dos horas de camino desde la cabecera departamental de Escuintla.
Si llueve, hay que esperar a que el nivel del agua baje para poder llegar a la comunidad.

Irma, la madre de Wilfredo, tiene 34 años y es originaria de Todos Santos Cuchumatán, en Huehuetenango. Llegó a Lucerna con siete años, cuando su tío –que la crió– y otras familias del departamento de Huehuetenango migraron del altiplano a la costa buscando tierra para cultivar.
Ella no posee una parcela propia, pero vive y trabaja en el terreno de su suegro, donde cultivan maíz, café, banano y frijol. Esa es la fuente de ingresos de los ocho miembros de la familia. También tienen un marrano, pollos y algunos patos.
Los pollos los venden al peso, más o menos por unos Q50. Su marido trabaja como jornalero en el café cuando es la cosecha. Durante la última temporada, recibió Q60 por quintal de grano cortado.
Cuando tienen dinero pagan el transporte para llegar a la cabecera de Escuintla.
En su casa comen pollo más de una vez por semana.

En Lucerna no hay plaza de mercado, pero por allí pasan vendedores ambulantes ofreciendo algunos productos.
Las tiendas se limitan a vender sodas y chucherías, aunque a veces también se puede encontrar en ellas algunos vegetales, como zanahorias. En Lucerna una zanahoria cuesta Q5 si es grande, o Q3 si es pequeña.

Un vecino de la comunidad, Teófilo López Galicia, cuenta que Lucerna fue primero una finca, pero que durante la presidencia de Vinicio Cerezo (1986-1991) llegaron unas 12 primeras familias procedentes del altiplano y consiguieron que les vendieran un pedazo.
Teófilo, que tiene 81 años y ha sido miembro del Consejo Comunitario de Desarrollo, recuerda que por sus parcelas pagaron unos Q1,800.
El anciano explica que la mayor parte de la gente de la comunidad cultiva maíz, frijol, banano, café, limón, naranja y mango para consumo propio y para vender; pero que, a veces, cuando alguien padece una enfermedad y debe endeudarse para pagar por la atención médica o las medicinas, las familias se ven obligadas a vender parte de su tierra. Es entonces cuando sufren verdaderos problemas económicos.

El departamento de Escuintla cuenta con tres brigadas de salud y nutrición del MSPAS. La brigada liderada por la nutricionista María Andrea Baeza cubre los municipios de La Democracia, Siquinalá y Sipacate, una zona dominada por enormes plantaciones de caña de azúcar.
Baeza se coordina con el personal del centro de salud de Siquinalá para tratar de hacer una visita conjunta mensual en Lucerna.
Es la brigada la que dispone del vehículo y la que traslada al personal del centro de salud, porque si no, para llegar a esta comunidad, las enfermeras y auxiliares deben pagar de su bolsillo el transporte: Q35 de ida, y Q35 de vuelta.
En Lucerna trabajan todas juntas. Las enfermeras organizan el programa de atención primaria en salud. Y Baeza busca casos nuevos de desnutrición aguda infantil y da seguimiento a los antiguos.
Baeza pesa y talla a Wilfredo. Confirma la recuperación del pequeño. Y luego se sienta a hablar con Irma, la madre, le pregunta por sus otros cuatro hijos y le da una serie de indicaciones.
Los sobres de alimento terapéutico para los casos de desnutrición aguda lo traen las enfermeras del centro de salud. Generalmente viajan con tratamiento para al menos dos niños, pero en esa ocasión, en septiembre de 2025, no lo han podido traer porque desde hace una semana carecen de inventario.
Al finalizar la consulta, Irma firma con su huella dactilar en el libro de actividad de la comunidad. Ninguno de los padres de Wilfredo sabe leer o escribir.

Cuando la brigada de salud y nutrición llega a Lucerna, la comunidad se organiza.
En esa ocasión, en septiembre de 2025, es Evelyn Son Mazariegos la vecina voluntaria que se encarga de ayudar al equipo de nutricionistas y enfermeras a instalarse en el centro de convergencia.
Evelyn, de 26 años, limpia el piso del centro comunitario, avisa a las vecinas de la llegada de la brigada –sobre todo aquellas con niños y niñas pequeños– y reparte los turnos de consulta.

Evelyn explica que el río que pasa por la comunidad y les abastece de agua a través de una canalización, no tiene nombre.
En temporada de lluvia, el río sin nombre se desborda, y en tiempos de sequía se seca. Entonces, los vecinos de Lucerna deben recibir el agua de otra comunidad, pero según cuenta Evelyn, cuando esto sucede solo tienen servicio durante unas pocas horas al día.
Las enfermeras del centro de salud de Siquinalá atestiguan que, entre las principales morbilidades que encuentran en la población de la comunidad, están las diarreas y los problemas por parásitos.
Esta fotogalería forma parte del especial “Vidas vulnerables en tierra fértil“, un proyecto que analiza la desnutrición aguda infantil en la costa sur de Guatemala. A través de una investigación y siete historias familiares, el proyecto recorre las causas de esta crisis.
