NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

No es normal que las elecciones de segundo grado sean tan difíciles de entender

No es normal edificar en desorden

En este segundo episodio de Esto no es normal, platicamos sobre cómo nos expandimos como sociedad. El crecimiento desordenado de nuestras ciudades es una realidad latente. Guatemala vive una transformación urbana vertical importante, pero ¿a qué costo? 

En el estreno de la segunda temporada de Esto no es normal, le ponemos nombre a lo que nos duele como sociedad y a lo que no entendemos. En el segundo capítulo hablamos sobre la transformación urbana vertical y horizontal sin precedentes que se vive en el país. La pregunta es: ¿a qué costo?

Analizamos el fenómeno de la expansión urbana en Guatemala. Cuestionamos si el actual “boom” de construcción vertical está solucionando el déficit habitacional o si solo estamos apilando personas en edificios que carecen de servicios básicos y planificación.

POT: La ley ignorada

Desmenuzamos qué es un POT y por qué su ausencia en la mayoría de los municipios de Guatemala es la raíz del desorden. Discutimos cómo la libertad del mercado inmobiliario ha chocado frontalmente con derechos fundamentales: el acceso al agua, el aire limpio y la movilidad.

Entrevistamos a Carlos Sazo, especialista de Segeplan, sobre las consecuencias de edificar sin considerar el territorio. ¿Cuántas horas de vida perdemos en el tráfico por una mala ubicación de los proyectos? ¿Qué pasa cuando se autorizan licencias en zonas donde ya no hay recarga hídrica?

Analizamos cómo la falta de regulación ha permitido que el crecimiento horizontal y vertical responda únicamente a intereses comerciales. No es normal que el derecho a la ciudad se sacrifique por un horizonte lleno de edificios residenciales que no contemplan parques, aceras ni transporte público eficiente.

El POT es la herramienta con la que las municipalidades deberían decidir cómo crece la ciudad. En teoría, sirve para definir dónde se puede construir, qué tipo de edificios caben en cada zona y si la infraestructura, como calles, agua o drenajes, puede soportarlo. El problema es que, en la práctica, muchas veces no se aplica bien, se queda corto o simplemente no existe.

La Constitución, en el artículo 253, establece que a las municipalidades les corresponde el ordenamiento territorial de su jurisdicción. Y el Código Municipal, en sus artículos 142 y 147, las obliga a formular y ejecutar planes de ordenamiento territorial y desarrollo integral.

En toda Guatemala hay apenas siete municipios con un POT vigente, aprobado y reglamentado. Entre ellos está la Ciudad de Guatemala, que fue la primera en implementarlo en 2009; Santa Catarina Pinula, que aunque tiene POT, como hemos visto, enfrenta dificultades para gestionarlo; Salcajá, en Quetzaltenango, considerado un modelo por priorizar la escala humana; Quetzaltenango, que ha sido más polémico; Puerto Barrios, en Izabal; Poptún, en Petén, donde se busca equilibrar desarrollo y conservación; y Sanarate, en El Progreso.

La mayoría de los demás municipios lo que tienen son planes de desarrollo municipal donde las municipalidades no tiene herramientas legales para multar a quien construye en un barranco o negar una licencia por falta de agua.

Pero incluso en los pocos municipios que sí tienen un POT, ojalá nos estén escuchando personas de lugares como Puerto Barrios o Salcajá y estén pensando: “ah, pero aquí también es un desastre, como en Ciudad de Guatemala”. Y el motivo es que los POT no son tan efectivos como deberían.

La realidad es que muchas de las cosas que creemos que debería regular un POT apenas están contempladas. Lo más importante del POT de la Ciudad de Guatemala es que divide la ciudad en un sistema de zonas o categorías G, según la intensidad de uso del suelo.

El POT de Ciudad de Guatemala divide la ciudad en seis categorías. La G0, que son áreas naturales o de riesgo, como barrancos y cuencas, donde la construcción está restringida. La G1, rural, con muy baja densidad y pensada para preservar áreas verdes. La G2, de baja intensidad, que son los barrios tradicionales de casas de uno o dos niveles. Luego están la G3 y G4, zonas de  media y alta intensidad, donde ya se permiten edificios y comercios. Y finalmente la G5, que son los núcleos de la ciudad, como partes de la zona 10 o la zona 4, donde se permiten las torres más altas por su cercanía a vías principales y servicios.

Y es en estas zonas donde el POT permite construir más altura. Esto, como veremos después, se ha modificado con un nuevo reglamento de incentivos. El problema es que estos planes de ordenamiento no mencionan de forma suficiente, o apenas nada, cuestiones clave como la viabilidad, el acceso a carreteras, el agua o los drenajes.

El punto es que las carreteras siguen siendo las mismas que hace cincuenta años. Entonces, si antes había casas de un nivel, donde vivía una familia, y ahora en ese mismo espacio hay un edificio con 30 apartamentos donde viven 30 familias, pueden hacer las cuentas: el número de personas que usan la misma carretera se multiplica por 30.

Alfredo Ceibal: El rastro humano contra la naturaleza

En nuestra recomendación cultural, exploramos la obra del artista Alfredo Ceibal. Sus paisajes nos invitan a detenernos y reconocer las relaciones invisibles entre nosotros y nuestro entorno, proponiendo una forma distinta de habitar y transformar nuestras ciudades.

En Ceibal encontramos un lenguaje de trazos que podría parecer simple, pero que revela una complejidad conceptual que dialoga con temas como la expansión urbana, la fragilidad del ecosistema y la persistencia de la naturaleza frente a nuestra intervención en el planeta.

Los edificios, las ciudades, las casas, nuestra insistencia de expansión urbana, en Ceibal existen casi como abstracciones transparentes que no pasan desapercibidas. Se insertan en el paisaje como una capa adicional, una especie de injerto que altera la continuidad natural.

Sus paisajes invitan a mirar despacio, a detenerse en los detalles, a reconocer las relaciones invisibles que configuran nuestro entorno. Y en ese ejercicio de contemplación, se abre la posibilidad de repensar nuestra relación con la naturaleza y con las ciudades que habitamos. Alfredo Ceibal no solo dibuja paisajes: propone una forma de verlos, de habitarlos y, quizás, de transformarlos.

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