Cinco cartas escritas desde cárceles de El Salvador entre 2022 y 2025 revelan cómo algunas familias reciben las únicas noticias de sus parientes detenidos bajo el régimen de excepción. Estos mensajes, que circulan a través de intermediarios conocidos como “cables”, expresan los sentimientos, los anhelos, las experiencias y las condiciones mínimas del encierro de quienes han sido condenados al aislamiento antes de ser hallados culpables por un tribunal.
“Ya con flores y con tumbas va a ser por gusto. / El paquete y el depósito es un abrazo a la distancia y un mensaje de que están bien”.
Hola, papá, ¿cómo estás? Decile a mi tía que gracias por sus plegarias. Me alegró mucho saber de ustedes.
En el paquete me ponen gelatina para el pelo, dos lociones baratas, un par de zapatos talla 9 para jugar fútbol sala, 2 camisas Samias XL, 2 calzonetas blancas con bolsas. Si pueden, háganme ese favor. Regálenle $50 al amigo que les entregue este escrito, por fa.
Cualquier cosa que sepan del proceso, háganmelo saber, por fa. ¿Qué pasará después del 25?, ¿Termina el decreto?, ¿Hay posibilidades de salir libre?, ¿Cómo está la cosa?
Bueno, te voy a contar algo… José ya no está con nosotros. Hace unos días lo llevaron para otro sector, ahí donde entregan ustedes los paquetes. Él está enfermo. Te digo para que le avisen a la familia porque ya días no recibe paquete y aquí yo le ayudaba.
Si pueden hablen con la familia para que lo ayuden hoy que pueden. Ya con flores y con tumbas va a ser por gusto.
Él salió varias veces al Hospital Saldaña y le sacaron agua de los pulmones, eso le provocaba calenturas y dolor y no quería comer esta comida basura que dan acá, macarrones y arroz apestosos a rincón, más de tres años con esto.
Es triste estar abandonado aquí. Sin la familia se sufre bastante. Yo les agradezco. Puya, sin ustedes esta carga sería más difícil.
El paquete y el depósito es un abrazo a la distancia y un mensaje de que están bien. Yo los amo y los extraño cada día.
Bueno, me despido. Los amo. Manden un par de fotos, por fa. Quiero verlos.
I. PRUEBAS DE VIDA
En un país donde el régimen de excepción ya no es excepción, sino parte del paisaje, las cárceles también producen algo escaso: noticias. Son cartas escritas a mano que atraviesan muros de concreto gracias a una red informal que las familias conocen como los cables. Para muchos familiares, esos papeles doblados y gastados, enviados casi siempre por fotos a través de WhatsApp, son la única señal de que alguien sigue vivo.
La lista de encargos —lociones baratas, camisas, calzonetas— no es un simple capricho. Es parte de la vida cotidiana dentro de prisión: una forma de resolver necesidades básicas y de sostener cierta normalidad dentro de un sistema que tiende a reducir a los detenidos a números de expediente.
El equipo de redacción de Ciclos CAP tuvo acceso a cinco cartas de las decenas que reos de distintos centros penales de El Salvador enviaron a sus familias entre 2022 y 2025, en el marco del régimen de excepción, que en mayo de 2026 sumó 51 prórrogas aprobadas por la Asamblea Legislativa. Estas cartas por las que las familias suelen pagar entre cincuenta y doscientos dólares, dependiendo de las condiciones impuestas por los intermediarios, son muchas veces la única prueba de vida de personas encarceladas dentro de un sistema que ha detenido a casi 91,000 personas y en el que, según registros de Socorro Jurídico Humanitario, han fallecido 519 reos bajo custodia estatal hasta marzo pasado.
Leídas en conjunto, estas cartas permiten identificar patrones comunes. Son textos escritos con poco tiempo y bajo vigilancia, donde se mezclan mensajes afectivos con información práctica: pedidos de paquetes o depósitos, consultas sobre el proceso judicial y noticias breves sobre otros detenidos. Se repiten fórmulas tranquilizadoras como “estoy bien” o “no se preocupen”, mientras que casi no aparecen referencias directas a castigos o violencia. En su lugar, se mencionan las condiciones del encierro de forma indirecta: se habla del cansancio, de la enfermedad o de la calidad de la comida.
Las cartas también funcionan como un boletín desde dentro. El aviso sobre un compañero enfermo o trasladado. Ese nombre de quien ya no está con ellos es muchas veces la única forma de alertar a las familias. Mientras afuera el debate público se reduce a dos posturas sin tonos medios como estar a favor o en contra del régimen de excepción, dentro circulan noticias mínimas: quién enfermó, quién fue movido de sector, quién dejó de recibir paquetes.
El preso lo sabe: cuando el paquete o el depósito deja de llegar, la situación puede volverse más caótica. Su súplica por el compañero enfermo —“ya con flores y con tumbas va a ser por gusto”— es también una advertencia para que la ayuda llegue antes que el abandono.
“No me vayan a dejar abandonado. Quiero hallarlas con vida”.
Hola, ¿Cómo estás? Espero estés bien. Te escribo de nuevo para decirte que recibí tu respuesta y les escribo para darles las gracias a mi mamá y a mi abuela, y en especial a vos, por estar al pendiente de mí y de mi abuela. Gracias por cuidarla. No tengo cómo pagarte, amor.
Y te escribo para decirte que la respuesta me la dieron en mayo. Aquí yo pagué $15.00 en producto de tienda y el producto lo pagué con los 300 cafés que me mandaron y me vinieron 12 sopas. Solo las prestobarbas no me las dieron, me las robaron. Solo venían los manguillos.
Hoy quiero decirte esto: en mayo llevo audiencia por el proceso anterior de la redada porque me reabrieron el caso.
Quiero que le digás a mi mamá y a mi abuela que coman, que no pasen solo pensando en mí. Cuando yo salga, espero hallarlas con vida. Les pido por favor, no me vayan a dejar abandonado.
Quisiera saber qué saben ustedes de mi proceso y quiero saber qué se oye del régimen porque aquí no nos dicen nada.
Quiero que me hagás un favor. Aquí está un brother, Esteban, amigo mío que me conoce y conoce a tu sobrino, y él me pide que le hagás un favor: que vayás donde la familia. Decile que el papá del niño manda a decirle que se comunique con los hermanos de mi brother o con la mamá, que le digan que él está bien, pero manda a decir que si le pueden poner paquete cuando puedan y decile que ella le cuide a su niño. Él quiere saber cómo se encuentra su hijo.
Solo $50.00 vas a pagar. Espero tu respuesta, amor. Gracias por todo.
Quiero que me mandés una foto de mi abuela, una tuya y una de mi mamá, para poderlas ver, pero mandalas, solo así las puedo ver. Cuídense mucho.
A veces creo que de aquí no me voy a ir, pero siempre pienso en mi abuela, en mi mamá y en vos y eso es lo que me da fuerzas para seguir adelante.
TE AMO.
Recuerden ponerme un mes al pin y otro mes, paquete.
Ante la desesperación por la falta de noticias sobre los detenidos, las familias tienen que pagar por recibir pruebas de vida desde las cárceles salvadoreñas. Ilustración: Diego Orellana.
II. Los cables
Detrás de cada carta que logra llegar a los familiares de los privados de libertad se ha establecido un negocio: intermediarios conocidos de manera informal como “cables”.
¿Quiénes son estas personas? No son una red solidaria gratuita. Son un grupo de empleados del sistema penitenciario que establecen contacto con las familias para proponerles el intercambio de cartas. Son un grupo de operadores que imponen las tarifas y condiciones: “El viernes entro de turno, por si quieren responder”, escribió uno de ellos a una de las familias.
Los cables rara vez dejan rastro. Funcionan con otra red de personas, que bien pueden ser amigos, amigas, esposas, o cualquier persona vinculada a ellos de manera directa, sin ser empleados formales del sistema penitenciario —no aparecen en los registros del Seguro Social— y que reciben el dinero en cuentas bancarias sin poner nunca un pie en un penal.
Tal es el caso de la esposa de un custodio que ofrece el servicio, explota la desesperación desde fuera, usando información privilegiada; la familia paga además de la carta por el permiso, que no se dice de manera directa, de no ser delatados.
A pesar de la manera oculta en la que funciona este sistema y de la extorsión por información, la carta que finalmente llega posee una cualidad casi sagrada: es la prueba de que un ser querido sigue existiendo dentro del centro penal. No importa si el texto es un inventario de necesidades o una declaración de amor contenida. En un país donde la Ley de Acceso a la Información Pública fue sepultada con la llegada del gobierno en turno, las cartas se convierten en el único parte médico, el único boletín judicial y la única visita familiar posible.
“Hay un tiempo para abstenerse de abrazar, y luego tiempo de reír y abrazar”.
Querida y amada madre: Dios Todopoderoso me la tenga con bien, es mi mayor anhelo. En este día tan especial que Dios trajo al mundo la madre tan única y especial como tú, palabras me hacen falta para expresarte nuestro agradecimiento, de mi hermano y yo, Antonio. Es tan difícil de creer, madre, que este es el quinto cumpleaños de no poder estar a su lado, pero al saber que está bien de salud y pilitas siempre nos alegra el corazón, en todo este tiempo que estamos separados. Tenía esperanza de estar este cumple juntos, pero Dios no lo ha permitido aún. Sin embargo, cuando ese día de nuestro reencuentro suceda tendremos tiempo para recobrar este tiempo ausente; como dice el libro de Eclesiastés, hay un tiempo para llorar, abstenerse de abrazar y luego tiempo de reír y abrazar.
Sé que este proceso ha sido duro para usted y nosotros, y aún a veces sigo sin entender, pero es cuando pido a Dios paz, fortaleza y salud para todos nosotros. En lo personal, estos días me he sentido con sentimientos encontrados, pues aún albergo la esperanza si no esta navidad de que pronto estaremos juntos. He soñado varias veces acerca de este reencuentro y con certeza puedo decir que tendremos tiempos aún mejores que antes. La extraño tanto, hablar con usted, sus regaños, consejos.
Roberto también le manda un beso y fuerte abrazo. Gracias a usted y Caro por no dejarnos y creer en nosotros. Dios la bendiga y me le conceda salud, paz y bendiga el fruto de sus manos. Espero que esta nota le llegue, ya que cuesta un poco poder darle esto a la persona. Se dice que estaremos hasta el 19 de este mes por acá, es que pregunten aquí al muchacho cualquier cosa y me lo hace saber. Este día quiero que se olvide de todo un momento. Le demos gracias a Dios y la pase bien, que pronto todos estaremos juntos. La amamos mucho, madre. La extrañamos y le mandamos un fuerte abrazo. Feliz cumpleaños mi querida mamá.
Roberto y Antonio, sus hijos.
III. Los destinatarios
Quienes escriben son hombres de entre veintitantos y cuarenta y tantos años, detenidos hace cuatro años por algo que nunca quedó claro para la mayoría. Pero lo que no sabe ninguno de ellos cuando escriben desde adentro, es lo que pasa en las afueras. No saben que sus madres han dejado de comer o que la abuela, esa por la que piden que cuiden, ya no necesariamente recuerda todo como antes. O que la tía de alguno ha muerto de alguna enfermedad mientras ellos siguen pidiendo que la mantengan viva hasta su regreso.
Ellos escriben para dar las gracias, para pedir cosas de primera necesidad, para saber del proceso judicial. Quienes reciben esas cartas las leen con ansiedad, las leen a solas, en familia o le piden a alguien de confianza que las lea por ellos. Para estas familias, una carta no es solo un mensaje: es una prueba de que su hijo, padre o compañero de vida sigue existiendo. Es la confirmación de que no está en una fosa común, de que no murió de una infección tratable, de que no desapareció en algún traslado del que nunca se informa. Es lo que los mantiene vivos también a ellos.
La mayoría de destinatarios son mujeres, cuya salud mental depende de esa mínima conexión. Ana, la madre de un privado de libertad, padeció una depresión que la llevó al borde del abismo. Dejó de bañarse, de comer, de peinarse. Pasaba días encerrada, sin querer ver a nadie. Su esposo, lejos de sostenerla, se volvió violento. Su madre, una anciana ciega, tuvo que irse a vivir con la exnuera porque Ana ya no podía cuidar de nadie, ni siquiera de sí misma. Un día Ana intentó suicidarse. No lo logró. Dice que escuchó la voz de su hijo llamándola desde la puerta y eso la detuvo. O tal vez fue solo el instinto.
“Me corté el pelo con una tijera. No me bañaba, no comía, no me peinaba, no quería oír bulla, pasaba solo encerrada. Mi esposo se metió con otra mujer. Yo sentía que no había sido una buena madre para mi hijo. Dudé que Dios existía por tantas cosas que hemos vivido”, relata.
No es un caso aislado. En reuniones de comités de familiares, muchas madres describen experiencias similares: depresión, pérdida de peso, problemas de salud y un desgaste emocional acumulado durante años de incertidumbre. En esos espacios comparten la poca información que logran obtener sobre sus hijos detenidos y esperan nuevas noticias. Para muchas, recibir una carta es la única confirmación de que sus hijos siguen con vida.
Delmi, desde Estados Unidos, lo explica con otras palabras: “Yo estoy siendo rentada por el régimen de Bukele. Todo el dinero que yo tenía para mi retiro, todos mis ahorros ahora van para el régimen porque no les da comida a mis hijos. Yo tengo que mandar de mi dinero ahorrado para cubrir la necesidad y cuidar de mis hijos”. Ella envía dos mil dólares al mes, paga abogados, sostiene a las esposas y a los hijos que sus hijos dejaron.
La manera de cubrir las necesidades de los privados de libertad puede ser a través de dos vías: paquetes o pines. Los primeros consisten en bolsas llenas de insumos de primera necesidad, higiene, ropa y comida. Estos paquetes, según relata Ana, están valorados en 120 dólares. Eso debe ser complementado con un depósito de 20 dólares, a través de un pin vinculado a cada reo.
Para Delmi o Ana, así como para muchas otras madres, los montos solicitados resultan inalcanzables y no puede costearse mes a mes, por lo que tiene que fraccionar la ayuda: un mes envían el paquete y al siguiente realizan el depósito con el pin correspondiente, en un intento para que sus hijos no queden en el desamparo.
“A veces he enviado paquetes y no me los reciben porque no están valorados en $120 dólares. Ellos dicen que el sistema no los agarra así. Una vez le pregunté a un muchacho y me dijo que le piden eso a uno porque hay gente que nadie les trae, entonces, se les saca para darles un poquito a los que no tiene”, cuenta Ana.
Más que el dinero con el que sostienen al régimen de excepción, a estas familias les duele la incertidumbre. Les duele que la única forma de tener noticias de sus familiares sea pagarle a un custodio, arriesgarse a una estafa, o depender de la buena voluntad de un desconocido que un día puede desaparecer con el próximo mensaje.
Las cartas circulan por vías informales. Las familias las leen repetidamente, las guardan y vuelven a ellas cuando pasan largos periodos sin noticias. Para quienes las reciben, esas cartas funcionan como el único vínculo. En un contexto donde la información oficial es escasa y los procesos judiciales avanzan con lentitud, estos mensajes se convierten en la única forma de saber cómo están sus familiares y si continúan con vida.
La mayoría de destinatarias de las cartas son mujeres, que han enfrentado depresión, pérdida de peso, problemas de salud y un desgaste emocional acumulado durante años de incertidumbre. Ilustración: Diego Orellana
“Aquí el café es la moneda de cambio”.
Papá, me ponen 200 cafés en el paquete a mí también, por fa. Es que fíjate que aquí el café no es solo para tomarlo: es lo que usamos para todo. Aquí adentro el café es la moneda de cambio: podemos comprar sodas, jugos o cualquier cosa que vendan en la tienda, y también sirve para pagar favores o resolver cosas cuando uno lo necesita. Por eso es que lo mandamos a pedir.
Para que te hagás una idea de cómo funciona, aquí yo pagué 15 dólares en producto de tienda, pero no usé dinero: lo pagué con los 300 cafés Riko que me mandaron. Aquí uno ya no piensa en dólares, sino en cuántos cafés cuesta cada cosa.
Mándelos así, regados en la bolsa grande donde viene el paquete, porque así pasan mejor. Siempre poneme también 4 prestobarbas de doble hoja, que sean de las BIC verdes, de las que traen jabón, o de las Gillette doble hoja. Eso aquí siempre hace falta.
IV. El café, la moneda de cambio
Dentro de las cárceles salvadoreñas no circula dinero en efectivo, pero existe una moneda de intercambio: el café. Los sobres de marcas como Musún o Riko se han convertido en el principal medio para comprar o pagar favores dentro de los penales. Los reclusos los utilizan para adquirir comida adicional, artículos de higiene o ropa.
Las familias lo saben y suelen enviarlo en los paquetes autorizados. Los presos piden cantidades específicas y una marca determinada, principalmente Riko, porque es la que tiene mayor aceptación dentro de los penales. En las cartas también se repite una instrucción: enviar los sobres “regados en la bolsa”, es decir, distribuidos dentro del paquete para evitar que sean decomisados durante las revisiones.
El café también se utiliza para pagar favores que permiten la comunicación con el exterior. Una madre relató que su hijo pactó con un supuesto enfermero el envío de una carta a cambio de veinte dólares en café dentro del penal. En la respuesta que ella recibió, su hijo resumió la lógica de ese sistema en una frase: “El café es oro, mamá. Mándeme lo más que pueda”.
La circulación de café sostiene gran parte del intercambio interno. “El café para mí era el dinero. Con el café compramos lo que queremos allá adentro”, relata Miguel, quien estuvo recluido en un penal y recuperó su libertad este año.
Según él, un sobre de café cuesta alrededor de 16 centavos de dólar en la tienda penitenciaria y entre reclusos se intercambia a unos 20 centavos. Los precios de los productos se calculan en sobres: un par de sandalias o una camisa pueden costar unos 15 sobres; una rasuradora, entre 8 y 12.
El café también funciona como una forma de subsistencia para los reclusos que no reciben apoyo familiar. Dentro del penal se les conoce como “rusos”, un término utilizado para referirse a quienes no reciben paquetes ni visitas.
Muchos de los reclusos venden la comida que reciben en el penal a cambio de café, que luego utilizan para comprar jabón, ropa u otros artículos básicos. “Es triste que por tres miserables cafés tengan que entregar un plato de comida”, recuerda Miguel.
“Voy a entrar a ‘Cero Ocio’. Dicen que es cansado, pero uno vuelve a ver el sol”.
Hola, mamá, y hola a todos. Por favor, dígale a Raulito que su papá lo ama y que ya estaremos juntos. Ustedes son el amor de mi vida.
Jamás pensé que esto iba a pasarnos, pero tengo la esperanza de que todo acabará algún día y que después se sentirá como un mal sueño. A veces pienso en otros que están aquí y que desde que entraron no han vuelto a saber de su familia. Por eso les agradezco tanto que estén haciendo lo posible por mí.
Me dijeron que voy a entrar a un plan que le llaman “Cero Ocio”. Me alegra al menos poder salir un rato. Dicen que es cansado, pero que uno vuelve a ver el sol, y hasta el calor se siente rico.
Aquí uno solo espera dos cosas: irse libre pronto o, si no, ir a trabajar un tiempo a la constructora “El Salvador”.
A veces el cuerpo se siente cansado, pero el corazón no, porque los amo a todos.
Aquí uno ve muchas cosas, barbaridades, pero tengo fe en que eso no me va a pasar. Ore por mí.
Los amo y pienso en ustedes a cada segundo. Abrazos y besos, y gracias por todo lo que hacen.
V. La esclavitud como única salida
Cuando un preso del régimen de excepción escucha que va a entrar al plan Cero Ocio no celebra un programa de reinserción. Dicho plan, impulsado por el actual Gobierno, incorpora a personas privadas de libertad a trabajos en obras públicas a cambio de reducir sus condenas.
Pero salir a trabajar no significa salir en libertad. Los sacan en cuadrillas de lunes a viernes, de sol a sol. Los levantan antes del amanecer, los suben a autobuses y los llevan a construir hospitales, fumigar campos, reparar calles. No reciben salario. Cuando el cuerpo se quiebra —la piel llena de hongos por el hacinamiento, los pies infectados por las jornadas—, la solución no llega del Estado sino de las familias que siguen pagando el uniforme, las botas, los medicamentos, incluso la ropa con que los sacan.
Para los privados de libertad es la esperanza desesperada: la esclavitud como única salida. Celebran la posibilidad de ver el sol después de años encerrados entre muros que no dejan pasar ni un rayo. Desde aquel tuit de marzo de 2022 en que el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ordenó cerrar todas las celdas veinticuatro/siete, cientos de personas —muchas sin condena— han vivido en un encierro que viola los plazos que la propia ley establece. El Plan Cero Ocio es para ellos, la única vía de escape a un encierro con fecha de salida incierta: la promesa de que, si se portan bien, quizás los dejen salir a trabajar.
Desde entonces, todo ocurre en un vacío. La emergencia máxima, que suspendió las visitas se prorrogó sin control, violando la Ley Penitenciaria. Y las denuncias son escasas. La paradoja es que los reos y sus familias agradecen. Porque salir en esas condiciones significa ver la calle.
“Saber de ustedes me mantiene vivo”.
Hola, mamá. Aquí la saludo con mucho amor, con mucho cariño. Sepa que me queda mucho cariño para cuando salga, primero Dios.
Quisiera tener noticias de José porque me aflijo más si no sé nada de él. Dígale que no descuide los estudios y que siempre pienso en él.
Todavía seguiré en el programa ese que le dije. Es cansado, pero veo el sol.
Ojalá pudiera verla, pero nunca sé a dónde nos van a mandar. La cosa es que hasta el calor siento rico porque no es lo mismo sentirlo aquí dentro que afuera.
Gracias por las cosas para sándwiches. Fue una gran suerte que las hayan dejado pasar. Para el paquete póngame más sobres de café y también si puede ponerme más jabón del que sea, le agradeceré. De ahí, lo que sea. Total, aquí a uno le dan lo que quieren.
Yo sueño con todos ustedes y con estar sentados en la sala hasta las once de la noche.
El régimen de excepción convirtió la detención provisional en una espera sin fecha de salida. Para miles de personas, la cárcel ya no es una medida temporal, sino una forma de condena indefinida que se renueva mes a mes, sin juicio claro ni garantías. Afuera de las cárceles, las familias organizan su vida alrededor de paquetes, depósitos y la posibilidad, cada vez más costosa, de recibir una carta. Adentro, los detenidos escriben con lo que quieren y necesitan: listas de encargos, preguntas sobre sus procesos, noticias urgentes sobre otros internos.
Hay una preocupación constante: el abandono. “No me vayan a dejar abandonado”, escribe uno. “Cuando yo salga, espero hallarlas con vida”, dice otro. También hay advertencias: “Hablen con la familia para que lo ayuden hoy que pueden. Ya con flores y con tumbas va a ser por gusto”.
Las cartas no hablan abiertamente de violencia, pero sí de desgaste: enfermedades que se agravan, comida insuficiente, años sin cambios. También dejan claro qué sostiene a quienes están adentro: que el paquete llegue, que el depósito se haga, que alguien responda, y que no los den por muertos. La idea de justicia se diluye. Lo único que les queda es una espera que puede durar toda la vida y un espacio donde se aferran a enviar pruebas de vida.
Mamá, dígale a José y a la Tania que no estén tristes. A veces yo pienso que quizás esto nunca se va acabar. Pero a veces pienso que sí. Así que solo esperemos un rato.
Mire, sé que vienen fechas en que una vez más quizás no nos vayamos a sentir muy bien, pero decore la casa, así como le gusta a usted, que la Tania le ayude. Créame que quisiera estar ahí y que sueño con que el otro año va a ser diferente. A veces ya no sé si esto es real o si solo estoy durmiendo mal.
Mi amor hacia José es infinito, así como el que siento por la Tania y sobre todo por usted.
Ustedes son la razón por la que sigo aquí con vida, porque no me han olvidado y porque vienen todos los meses.
Cuando ya se acerca la fecha pienso en que la Tania y usted están afuera, cerca de mí.
No estemos tristes porque ya estaremos juntos. Quisiera decirle más, ya ni sé el qué de tanto. Solo que la amo, y que los extraño. Le mando un beso, mamá y un beso a todos. Cuando se pueda, estaré pendiente para volver a escribir.
Oren por mí y sepan que saber de ustedes me mantiene vivo.
***
* Estas cartas fueron transcritas en su totalidad o por fragmentos, según la petición de cada familia. Los nombres de los remitentes y los destinatarios fueron cambiados. Ellos temen que, si se publican las cartas manuscritas, se identifique la caligrafía de los autores y se rompa el único hilo con el que reciben pruebas de vida.
Este reportaje se realizó como parte del Ciclo de Actualización para Periodistas (CAP) sobre Democracia y Autoritarismos en Centroamérica.
Aunque el proceso electoral de 2027 aún no inicia oficialmente, en nuestro boletín semanal exáminamos cómo el Tribunal Supremo Electoral mantiene abiertos …