Catarina Rodríguez Aguilar dejó Vichemal y recorrió las montañas que la separan de Batzul para aprender un oficio que nadie antes había imaginado para ella: instalar paneles solares. La distancia significó extrañar a su esposo y a su hijo, pero también asumir un compromiso con quienes la eligieron en asamblea para representar a la comunidad. Volvió con conocimientos nuevos, con herramientas en las manos y su regreso implicó la llegada de paneles solares y de electricidad a las casas de Vichemal. Una historia de liderazgo, maternidad, aprendizaje y del poder de las mujeres para transformar el lugar donde viven.
Apenas dejamos atrás el centro de Chajul, rumbo a la aldea Batzul, donde inicia el camino hacia Vichemal, el asfalto desaparece y la terracería toma el control del viaje. El carro se sacude con cada piedra del camino. Voy junto a la ventana abierta. El aire entra con fuerza y por momentos el calor del sol golpea mi rostro.
Sobre nosotros, el cielo es de un azul intenso, pero algunas nubes blancas se atreven a cruzarlo lentas y, en un instante, dibujan figuras varias que de inmediato se deshacen en el aire como olas del mar. Viajamos en un picop de doble cabina. Al volante va mi compañero, el fotoperiodista Edwin, concentrado en el camino; a su lado viaja Ixmuaken, quien conoce la ruta y nos ayudará a traducir del ixil al español durante la entrevista. Yo ocupo el asiento trasero, desde donde observo cómo el paisaje cambia a medida que avanzamos. Llevo la cámara sobre las piernas, sujetándola con cuidado para que no se golpee con los saltos del camino.
El panorama cambia de color mientras el picop asciende por las montañas del Triángulo Ixil, esa zona de Los Cuchumatanes ubicada unos 80 kilómetros al norte del lago Atitlán. La tierra café da paso a un verde cada vez más profundo. Aparecen pinos, duraznos y otras especies de árboles que no logro reconocer. Son tantos que nadie podría contarlos. Cada curva ofrece diversas combinaciones de tonalidades verde oscuro, verde brillante, verde limón y hasta un verde amarillento.
El olor al humo de los carros y al asfalto caliente da paso al olor de los pinos y de la tierra húmeda. Un aroma que me evoca las navidades de mi infancia: el pino recién comprado, las convivencias familiares y las lucecitas de colores. Las lucecitas de colores, que hoy no son otra cosa que el recuerdo de un hogar con electricidad. Y entonces pienso en el motivo de mi viaje y en el destino al que me dirijo: la aldea Vichemal, donde hace apenas dos años aún vivían sin acceso a energía eléctrica. Eran parte del 8 % de la humanidad que, según el Banco Mundial, aún carecía de ese servicio en 2023, e integraban el 2 % de la población guatemalteca que casi avanzado el primer cuarto del siglo XXI continuaba sin luz residencial.
Estas montañas son relativamente solitarias. Pasan los minutos y de vez en vez aparecen casas de madera con techos de lámina, separadas unas de otras por largas parcelas verdes. El sonido más constante ha sido el de las llantas golpeando las piedras del camino. Después de casi dos horas de camino desde Chajul pienso que aquí las distancias no se miden en kilómetros: se miden en tiempo, en curvas, en la carencia del servicio de transporte público y en las razones que estas personas a las que estoy a punto de conocer las obligan a dejar el hogar para regresar con algo que transforme la comunidad.
Llegué a San Gaspar Chajul, en el departamento de Quiché, en pos de una historia sobre paneles solares. Pero el viaje terminó llevándome a Catarina, una mujer que decidió aprender un oficio que, durante mucho tiempo, fue asociado a los hombres. Por medio de ella entendí que la energía solar era apenas el punto de partida. Lo que realmente estaba frente a mí era una historia de liderazgo, aprendizaje, maternidad, comunidad y resistencia y de cómo el acceso a la tecnología puede transformar la vida de una comunidad.
En el municipio de Chajul, con más de 46 mil habitantes, según el Censo de Población y Vivienda 2018 del Instituto Nacional de Estadística (INE), más del 91 % de la población se identifica como maya y la mayoría de las familias vive de la agricultura, principalmente del cultivo de maíz y frijol, pilares de la alimentación y la economía local. Tiene un promedio de 5.54 personas por hogar que poseen una escolaridad formal promedio que apenas supera los tres años de estudio.
Chajul forma parte del Triángulo Ixil, junto con Nebaj y Cotzal, una región reconocida por su riqueza cultural, que conserva una profunda identidad maya ixil y que también ha sufrido violencia desde el Estado y enfrenta históricas dificultades para acceder a servicios básicos.
Mientras nos acercamos a la comunidad, las casas comienzan a aparecer, pero entre una vivienda y la siguiente se extienden milpas, árboles y senderos de tierra. Cada familia parece haber encontrado su propio espacio entre las montañas.
Son casi las diez y media de la mañana cuando el picop finalmente se detiene. Frente a mí aparece la escuela comunitaria de Vichemal. Desde lejos parece una casa más. Los niños juegan en el patio y sus risas se mezclan con el viento que baja entre los pinos. Aquí nadie parece tener prisa. El tiempo no se mide por el reloj, sino por el movimiento del sol, el trabajo en la milpa y los encuentros entre vecinos que se saludan por su nombre.
Es una comunidad con viviendas dispersas y entre una casa y la siguiente hay varios minutos de caminata. No hay una cifra oficial pública sobre cuántas personas viven en Vichemal. No veo un mercado, tampoco personas entrando y saliendo de comercios. Solo una pequeña tienda con lo indispensable: algunos huevos, bolsas de sal, azúcar, tortrix y gaseosas. Aquí una compra sencilla no es tan sencilla: si una familia necesita abastecerse de alimentos, comprar medicinas o hacer cualquier trámite, debe ir hasta Chajul, con el agravante de que no hay transporte público entre uno y otro lugar. Los picops rara vez pasan y muchas veces son la única forma de entrar o salir de la comunidad. Aquí una salida no es un trámite cotidiano, sino un viaje que debe planificarse.
Las mariposas monarca —que también viajan hasta algunos bosques en Guatemala— cruzan el camino en pequeños grupos. Las mujeres caminan cargando leña sobre la espalda; los hombres trabajan la tierra o cuidan vacas o caballos.
Ixmukane nos guía entre los senderos de tierra hasta la casa donde vive Catarina Rodríguez Aguilar. Al llegar, una vivienda de madera con techo de lámina aparece frente a nosotros. Catarina, de 49 años, nos espera en el patio, sonríe con timidez mientras nos da la bienvenida en ixil. Su sonrisa aparece antes que sus palabras. Habla con calma mientras Ixmukane traduce al español, y utiliza sus manos para enfatizar algunas partes de lo que dice. Esas manos que durante años sembraron maíz y cuidaron de su familia también aprendieron a instalar y reparar sistemas de paneles solares que producen electricidad.

Catarina no habla de cambiar el mundo, simplemente decidió aprender. Y en ese gesto sencillo terminó cambiando una idea que parecía imposible: que la tecnología también puede traerse de las manos de una mujer a una comunidad como Vichemal para mejorar la vida no solo de ella y de su familia, sino también la de la comunidad en general. Gracias a Catarina y a otras mujeres de esta aldea, que decidieron dar un paso que les alejó de sus casas y familias durante algún tiempo, la vida ha cambiado notablemente en los últimos años.
Durante décadas fue una costumbre: al final del día en Vichemal, la oscuridad marcaba la hora de dejar el trabajo, guardar las herramientas y esperar el amanecer para continuar la vida. En las casas se encendía ocote o candelas para cocinar, conversar o permitir que los niños terminaran sus tareas escolares. La luz eléctrica era un privilegio lejano, algo que pertenecía a otros lugares.
Pero hoy, cuando el sol desaparece detrás de las montañas, una pequeña luz blanca permanece encendida dentro de unas casas de madera. Esa luz lleva la historia de una mujer que aprendió a instalar paneles solares, la primera “mamá solar” o “ingeniera solar”, como les llaman.
La historia de Catarina Rodríguez comienza con la necesidad de iluminar hogares donde la noche obligaba a detenerlo todo.

Catarina acepta el reto
Antes de sentarnos a conversar, me recibe con una sonrisa tranquila y un vaso de incaparina. Su voz, en ixil, llena la casa con un tono pausado.
—Seguro vienen con mucho calor —nos dice, antes de invitarnos a pasar.
Lleva un güipil bordado con flores de colores intensos. El morado, el azul, el rosado y el verde resaltan sobre la tela como si llevara tejidas a mano las montañas que rodean Vichemal Su cabello negro está recogido hacia atrás y tiene ojos oscuros y brillantes. Entramos a su casa. Las paredes de madera dejan pasar finas líneas de luz entre las tablas y el techo de lámina proyecta sombras sobre el piso. Hay camas cubiertas con mantas coloridas, sillas de plástico, utensilios de cocina y ropa cuidadosamente ordenada.
Todo parece oscuro, pero no transmite tristeza, se siente cálido y acogedor.
En medio de esa oscuridad sobresale una bombilla blanca conectada al sistema solar que ella misma ayudó a instalar. Afuera, sobre el techo, descansa el panel que capta la energía del sol. Junto a él se encuentran la batería y el controlador de carga que alimenta los focos led distribuidos por la vivienda. Entonces comienza a contarme su historia.
—Aquí no teníamos paneles; las personas compraban cera o buscaban ocote. Eso era lo que usaban —relata Catarina.
Mientras recuerda algunos momentos de su historia, baja la mirada por unos segundos; cuando habla de los paneles solares vuelve a levantarla y su voz adquiere más fuerza.
—Si no hubiéramos recibido la luz, seguiríamos usando cera u ocote, que se apaga con la lluvia y el viento —añade.
En 2018 en Guatemala, según datos del INE, el 88.1 % de los hogares utilizaban electricidad como principal fuente de alumbrado. El resto dependía de velas, ocote, paneles solares y otros sistemas alternativos. Para 2023 la electrificación había alcanzado ya el 92 % de los hogares guatemaltecos. Vichemal estaba en el 8 % restante. Tenía un retraso de cerca de tres cuartos de siglo en esto, porque el servicio de electricidad domiciliario en Guatemala se hizo masivo y extensivo a todo el país en las décadas de los años 50 y 60.

La historia de Catarina comenzó en una asamblea comunitaria en agosto de 2023. Los representantes de la organización Barefoot College llegaron para preguntar si existía necesidad de energía eléctrica. La respuesta afirmativa fue inmediata.
La organización ejecuta este tipo de proyectos de la mano con autoridades comunitarias y liderazgos locales para identificar comunidades que todavía viven sin acceso a electricidad. La prioridad son las familias en situación de mayor vulnerabilidad, aquellas para las que la luz eléctrica continúa siendo un privilegio lejano y no un derecho cotidiano.
Una vez identificada la comunidad, la decisión pasa a manos de la propia gente. Los vecinos discuten las necesidades, proponen nombres y evalúan quiénes podrían asumir la responsabilidad de aprender un oficio completamente nuevo. En el caso de Vichemal, la persona seleccionada tendría que mudarse hacia la aldea Batzul durante 10 semanas para recibir una capacitación intensiva. Es en Batzul donde Barefoot College forma a las llamadas mamás solares. Durante ese tiempo viviría lejos de su familia, entre septiembre y noviembre de 2023, dedicada por completo a aprender a instalar y reparar sistemas de energía solar.
No se trata únicamente de elegir a alguien con tiempo disponible, sino a una persona comprometida con el bienestar colectivo y con la voluntad de regresar para compartir lo aprendido. Al finalizar la capacitación, la comunidad Vichemal sería beneficiada con la instalación de 21 sistemas solares que beneficiaron a 21 familias de la comunidad.
Catarina recuerda que la propuesta no llegó de un día para otro. Fueron los propios vecinos quienes comenzaron a mencionar su nombre. Su hijo tenía 13 años y consideraban que ya había crecido suficiente como para que ella asumiera el reto y se fuera dos meses y medio. También confiaban en el respaldo de su esposo, Baltazar Rodríguez, pastor y agricultor de la comunidad. “Usted puede ir”, le repetían. Pero la decisión no la tomó la comunidad. La tomó ella. “Nos sentíamos abandonados”, dice.
Dejar a su familia durante 10 semanas la hizo dudar. Sin embargo, los vecinos le prometieron que no estaría sola, que respaldarían a su familia mientras ella estuviera aprendiendo. “Me dijeron que fuera para que las personas pudieran tener sus paneles. Me pidieron que aceptara porque no tengo hijos pequeños y que ellos apoyarían aquí a mi hijo y esposo”, recuerda.
En Vichemal, la organización decidió formar a mujeres de la comunidad para que ese conocimiento permaneciera en el territorio y pudiera compartirse con otras familias. Fueron los propios vecinos quienes participaron en la selección de las futuras aprendices. Catarina sería la primera.
Las mujeres elegidas debían ser mayores de edad y vivir en la comunidad. Muchas habían tenido un acceso limitado a la educación formal, pero compartían dos características: un fuerte compromiso con su comunidad y el deseo de aprender. .
La organización Barefoot College ha trabajado en 24 comunidades rurales sin acceso a electricidad en Guatemala: 15 en Quiché, ocho en Huehuetenango y una en Alta Verapaz. Más de mil hogares han sido beneficiados. 41 mujeres se han graduado como ingenieras solares o, como las llaman aquí, mamás solares.

Cada familia recibe la donación de un sistema compuesto por un panel solar, batería, controlador de carga, cuatro focos led y una lámpara portátil que también permite cargar teléfonos celulares.
La distancia
En septiembre de 2023, Catarina llegó a la aldea Batzul para comenzar con la formación que se extendería hasta noviembre de ese año. No sabía absolutamente nada sobre electricidad. No entendía qué era positivo o negativo, no sabía conectar cables, no sabía escribir y tampoco dominaba el español. No saber español le generaba mucha inseguridad.
A veces llegaban visitantes extranjeros que hacían preguntas. Ella los escuchaba con atención, pero temía que le hablaran en español y no pudiera responderles. Entre una risa pausada recuerda que esa barrera le provocaba vergüenza, aunque nunca dejó de intentarlo. Con el paso de las semanas fue ganando confianza y poco a poco comenzó a comunicarse mejor.

En su cuaderno anotaba en español cada enseñanza. Aprendió a escribir palabras, a entender cómo funcionan los sistemas según el sol o la lluvia.
Una de sus maestras fue Juana, habitante de otra aldea, y la reconocida como la primera “ingeniera solar” que había ido a capacitarse a la India.
—Cuando encendíamos una bombilla y mirábamos que sí funcionaba, me sentía contenta —me cuenta, y cuando lo dice se le iluminan los ojos.
Cada pequeña victoria reforzaba su decisión de quedarse. Aunque el corazón permaneciera lejos. Mientras aprendía a hacer brotar electricidad a partir de la luz del sol, Catarina también aprendía a soportar la ausencia. Pensaba constantemente en Miguel, su hijo, y lo recordaba cuando le pedía comida. “Pensaba mucho en mi hijo. A veces lloraba por las noches y me preguntaba qué estaría comiendo ese día”.
Las llamadas con Baltazar, su esposo, terminaban muchas veces en silencio. Un nudo en la garganta le impedía hablar. Su esposo percibía la tristeza, le decía que si ya no podía continuar, que regresara, pero también le recordaba algo fundamental: la comunidad la había elegido y ella había asumido un compromiso. Entonces él le sugería que orara y que imaginara que era como ir a trabajar a una finca durante una temporada y que pronto regresaría. Poco a poco la tristeza comenzó a transformarse en fortaleza.

La travesía de Miguel
Era octubre de 2023. Habían pasado cerca de cuatro semanas desde que Catarina partió. Por cualquier eventualidad, había dado a su hijo la dirección del lugar donde estaría durante 10 semanas.
Un día, al salir de clases y aprovechando que su padre trabajaba en la montaña, Miguel tomó una decisión: iría a buscar a su madre y no le avisaría a nadie. El niño de 13 años caminó solo durante casi tres horas por veredas y caminos de tierra hasta llegar al lugar donde estaba Catarina. Cuando por fin llegó, el sol aún brillaba sobre las montañas y todavía no caía la noche. Su madre no esperaba verlo. Al encontrarlo de pie frente a las instalaciones de Barefoot College Guatemala, se sorprendió al descubrir que había recorrido solo todo ese camino para buscarla.
—¿Por qué fuiste a buscar a tu mamá? —le pregunto.
—Porque la extrañaba mucho.
Permaneció 15 días junto a ella en la sede de Barefoot College, donde la acompañaba a clases y sintió nuevamente una felicidad que no puede describir. Observó cómo las mujeres soldaban cables, conectaban sistemas y armaban instalaciones solares.
El día que Miguel llegó a Batzul, Baltazar recibió una llamada de Catarina, quien sabía que su esposo se preocuparía al llegar a casa y no encontrar a su hijo. “Miguel acaba de llegar conmigo, no se asuste si no lo encuentra”, le informó. “Está bien, mientras esté con usted”, respondió tranquilo Baltazar. Miguel se salvó de regaños.
Cambia la rutina en Vichemal
Después de las 10 semanas en Batzul, Catarina regresó a su aldea. De inmediato puso en práctica lo aprendido. El día de su estreno como ingeniera solar colocó dos sistemas… en poco tiempo estaba haciendo la quinta instalación… no quería detenerse y la vecindad se entusiasmó y cada hogar quería tener electricidad cuanto antes. “Cuando hice mi primera instalación y hubo luz, me dije: ya hay luz. No se me olvida”.
Con tanto trabajo, regresaba a casa cerca de las 6 de la tarde. Algunas familias le regalaban azúcar, pan, incaparina o unos cuantos quetzales como agradecimiento. “Todos fueron beneficiados por igual”, dice sin jactancia. Eso sí, enfatiza que lo suyo, como hicieron otras mujeres que acudieron a la capacitación, fue un sacrificio familiar: “Yo di mi tiempo y otros no quisieron ir”.

Después de conversar con Catarina, ella misma se ofrece a acompañarnos hasta la casa de don Diego, uno de los vecinos que también cuenta con un sistema de energía solar instalado en su vivienda. Caminamos durante unos minutos por un sendero de tierra que atraviesa las milpas. Es mediodía cuando llegamos a la casa de don Diego. El calor bajo aquel techo de lámina metálica se siente apenas cruzamos la puerta. Nos recibe con una sonrisa y nos ofrece un vaso de refresco de piña. Habla rápido en ixil, su lengua materna. Aunque no entiendo cada palabra, el ritmo de su voz transmite confianza.
La puerta permanece abierta y la luz del sol entra en la casa. Catarina, quien participó en la instalación del sistema de luz de la casa, señala uno de los focos instalados en el techo. Don Diego sonríe mientras observa la bombilla y dice: “Ahora podemos trabajar haciendo canastas durante la noche. Antes la luz se acababa rápido. Con los paneles dura más”.

Unos metros más adelante me recibe Angélica Pérez Pérez, de 28 años. Lleva una playera amarilla y el cabello recogido. A su lado está su hijo de seis años, que no se separa de ella mientras nos observa con curiosidad.
Antes de comenzar la conversación, nos ofrece un vaso de atol de mosh, todavía tibio. El aroma del maíz llena el pequeño espacio de la casa. Angélica se sienta frente a nosotros, baja la mirada por unos segundos y luego empieza a hablar. Su voz es aguda y habla rápido,
—Antes utilizaba ocote y candela. Siempre había que comprar porque se terminaban rápido. Ahora tengo luz en todos los cuartos y mi hijo puede hacer sus tareas.
La diferencia parece sencilla. Pero aquí significa tiempo, tiempo para trabajar, tiempo para estudiar. Tiempo para levantarse a las 3 de la mañana y encender una bombilla sin preocuparse por el viento o la lluvia.
Al terminar la tarde, la luz dentro de la casa de Catarina continúa encendida. Las montañas siguen cubriéndose de sombras, los pájaros anuncian la llegada de la noche. Las estrellas vuelven a ocupar el cielo, pero en Vichemal la oscuridad ya no tiene la última palabra. Porque una madre aceptó marcharse durante semanas, un hijo caminó tres horas para abrazarla nuevamente, un esposo la animó cuando quiso rendirse y porque una comunidad decidió confiar en ella.
La verdadera luz nació del sacrificio de Catarina Rodríguez Aguilar, la mujer que dejó su hogar para regresar con luz para todos.
Cuando me despido de Catarina, el sol comienza a esconderse detrás de las montañas de Vichemal, escucho el croar de sapos, veo luces verdes por ratos y me sorprenden las luciérnagas. Pienso en todas las noches que esta comunidad vivió alumbrándose con ocote y candelas, cuando la oscuridad obligaba a terminar el día antes de tiempo.
Catarina me acompaña hasta la puerta. Sonríe, como lo hizo cuando llegué, y antes de despedirnos dice una frase:
—Nunca es tarde para aprender.
Mientras el picop se aleja de Vichemal, pienso que el mayor legado de Catarina Rodríguez no son los paneles solares que instaló. Es haber demostrado que una comunidad puede confiar en una de las suyas y verla volver convertida en la luz que un día salió a buscar.