NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

Una lucha para validar el talento de los migrantes retornados

Durante décadas, miles de guatemaltecos deportados regresaron al país sin un marco que reconociera sus conocimientos o facilitara su inserción laboral. Pese a recientes esfuerzos institucionales por certificar competencias y validar las habilidades de los migrantes retornados, la reinserción económica sigue dependiendo del autoempleo, las redes comunitarias y la resistencia de los emprendimientos.

Cada tres semanas, el patio de Marta Lucía Hernández, migrante retornada de Quetzaltenango, se llena de humo que huele a bosque y a una infusión de once hierbas aromáticas: laurel, tomillo, albahaca, orégano, eneldo, perejil, salvia, romero, cilantro, hierbabuena y tallos de cebollín fresco. 

El olor a leña y especias es algo que reconocen los vecinos. Saben que Marta está cocinando. Saben que ha encendido su horno ahumador. El humo de hierbas está impregnando la carne molida —una mezcla de 90 % carne magra de cerdo y 10 % grasa— y el fuego de leña arderá durante tres horas continuas. Pronto estarán listos sus chorizos y longanizas ahumadas. 

Ella dice, con un poco de ceniza en su rostro: “Cuando sale humo de aquí, ya saben que estoy trabajando. A veces vienen a comprar porque el olor les llega. Yo soy feliz cocinando. Y soy feliz viendo que la gente se come lo que preparo”.

Marta Lucía Hernández, migrante retornada, muestra su emprendimiento de ahumados artesanales en Quetzaltenango.
Marta Lucía Hernández, migrante retornada, muestra su emprendimiento de ahumados artesanales en Quetzaltenango. Foto: Edwin Bercián.

Para Marta Lucía, de 43 años, el ahumado de su gastronomía es mucho más que su marca artesanal “Lucy embutidos”, y su emprendimiento colectivo “Hadas del Sazón”. Entre el vapor y el aroma herbal de su cocina también está el recuerdo de su intento de llegar a Estados Unidos y su retorno a Guatemala. 

Dos décadas atrás, recuerda, su vida no se medía en el número de hierbas de su huerto que debe cortar para cocinar ni en cuántos pedidos de comida debe preparar en su emprendimiento, sino en los miles de kilómetros recorridos durante su primer y único viaje fuera de Guatemala. 

Hasta hace pocos años, a pesar de haber sido obligada a regresar en 2003, ella no estaba familiarizada con el concepto de “migrante retornada”. Y dice: “Sólo se hablaba de migrantes, gente que salía. Pero cuando regresan, nadie sabe lo que tuviste que pasar, lo que se aprende”. 

Recuerda su escondite en un camión con doble fondo donde casi pierde la vida. Su travesía por la frontera entre México y Estados Unidos. La separación con su hermana pequeña. Su detención dentro de un centro migratorio en Albuquerque, Nuevo México. Lo invisibles que se vuelven los migrantes al regresar a Guatemala, con sus capacidades adquiridas siendo ignoradas, sin nada que certifique su trabajo.

La visibilidad del retorno

Los migrantes retornados o deportados han sido parte del fenómeno de la movilidad humana de Centro América y Latinoamérica desde hace varias décadas. Los Estados y las organizaciones internacionales han tenido presente su existencia, pero más allá de una estadística, su perfil no había sido abordado de manera integral hasta hace menos de diez años: ¿Quiénes son? ¿De qué trabajaron? ¿Qué capacidades adquirieron en Estados Unidos antes de su regreso? ¿Cómo incluirlos en la economía?

“Previo a la primera toma de posesión de Donald Trump (2017) como presidente de Estados Unidos ya se advertían incrementos en los índices de retorno. Pero los últimos movimientos geopolíticos desde el Norte, lo empezaron a hacer más evidente, más preocupante”, comenta Esdras Pop, encargado del programa de Empleo y Emprendimiento Juvenil de la red de organizaciones latinoamericanas Conexión.

“Entonces empezaron a darse iniciativas para entender su perfil, sus conocimientos, y cómo insertarlos en la dinámica económica. El Estado, lo que hacía era tomar sus datos, pero no había nadie sistematizando esa información. Había información valiosísima pero que estaba muerta”, añade Pop.

De acuerdo con los registros del Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) y la Política Migratoria Nacional, entre 2009 y 2024, se han contabilizado 1 millón, 194 mil 532 migrantes guatemaltecos retornados (deportados y repatriados vía aérea y terrestre) desde Estados Unidos y México. 

Durante este año, hasta junio de 2026, Guatemala ha recibido a 36 mil 173 personas retornadas. Los departamentos que registran el mayor número son Huehuetenango, Quetzaltenango, San Marcos y Guatemala. 

Entre los migrantes retornados guatemaltecos, como comenta Pop, siempre han habido carpinteros, cocineros, albañiles, jardineros, agricultores, pintores, electricistas, mecánicos, y últimamente personas con habilidades digitales capaces de crear marketing y optimizar alcances en las redes sociales. 

Marta Lucía es una de la migrantes retornadas que maneja la gastronomía. En su emprendimiento maneja un horno para ahumar embutidos. Foto: Edwin Bercián.
Marta Lucía es una de la migrantes retornadas que maneja la gastronomía. En su emprendimiento maneja un horno para ahumar embutidos. Foto: Edwin Bercián.

“El estigma hacia los migrantes retornados ha estado muy presente”, dice Pop. Organizaciones como la Asociación de migrantes deportados Garibaldi (AMIDEGUA) o Conexión, que trabajan en Occidente de Guatemala, realizaron sondeos con empresarios para medir la oferta y demanda laboral. 

Se preguntaron, como dice Pop, qué tan factible era contratar a una persona retornada, qué tanto podría aportar para optimizar la producción, la rentabilidad de una empresa. “Y nos topamos con un tema que es también un problema de Estado: Cómo se cuantifica la experiencia y los saberes. Yo me topaba con espacios donde lo primero que pedían a una persona retornada era una certificación para poder trabajar”.  

El camino de la validación

Como migrante retornada, cuya especialidad es cocinar, Marta Lucía dice que hasta hace poco más de cinco años obtuvo su constancia de manipulación de alimentos. La validación la obtuvo mediante un programa para personas deportadas implementado por la municipalidad de Olintepeque, Quetzaltenango, y organizaciones como Conexión y AMIDEGA. 

“Siempre me ha gustado cocinar. Desde pequeña, desde que cuidaba a mis hermanos pequeños. Pero para tener un negocio de comida, para preparar alimentos, debes estar capacitada, acreditada para manipular la comida. No muchos que venden comida en Guatemala tienen esa licencia”, dice.

La historia de Marta Lucía se remonta a dos décadas atrás, cuando fue deportada. Hasta hace poco los migrantes retornados no contaban con apoyos para validar sus aprendizajes aprendidos. Foto: Edwin Bercián
La historia de Marta Lucía se remonta a dos décadas atrás, cuando fue deportada. Hasta hace poco los migrantes retornados no contaban con apoyos para validar sus aprendizajes aprendidos. Foto: Edwin Bercián

Después de su deportación y antes de emprender en la gastronomía, ella trabajó atendiendo la tienda de abarrotes y venta de tortillas familiar, Luego se capacitó y laboró como promotora de huertos orgánicos, y se integró a una red de “mercaditos solidarios”.  

Dos décadas de desplazamiento

Su historia como migrante se remonta a 2003, cuando tenía 23 años. Decidió salir de Guatemala para acompañar a su hermana menor, Dulce, que había, según dice, “caído en malos pasos”. Con el apoyo de su madre, pactaron el viaje con un coyote local que cobraría Q35 mil. Salieron de Guatemala por la frontera de La Mesilla, en Huehuetenango.

En México, como parte del recorrido, Marta Lucía y su hermana fueron hacinadas junto a otras 15 personas en un camión de carga con doble fondo. En el camino, el furgón se quedó sin frenos. 

“Íbamos abajo jateados, todos acostados en un doble fondo, y solo oía que el ayudante le gritaba al chofer que se le habían ido los frenos y el camión no paraba. Yo no sé cómo paró, pero estuvimos a casi nada de caer a un río”, recuerda.

Marta Lucía muestra las hierbas de su huerto que utiliza en su emprendimiento gastronómico. Foto: Edwin Bercián
Marta Lucía muestra las hierbas de su huerto que utiliza en su emprendimiento gastronómico. Foto: Edwin Bercián

En Veracruz, acosadas por mosquitos, Marta Lucía menciona que una noche tuvieron que abandonar su escondite debido a que la policía judicial había descubierto un cargamento de contrabando a pocos metros de su lugar de descanso. Rumbo al norte, el coyote equivocó la ruta, y en vez de llegar a Ciudad Juárez, arribaron a Cananea, Sonora. Finalmente lograron cruzar por la frontera con El Paso, Texas. 

Cruzaron la autopista y pisaron territorio estadounidense a eso de las seis de la tarde cuando una patrulla de la Border Patrol las sorprendió junto a su grupo en campo abierto. Un migrante desconocido, compañero de viaje, en medio de la confusión, tomó a su hermana y a los más jóvenes, y escaparon. Marta Lucía fue capturada junto a otras dos mujeres. 

“Eran esos años terribles en que estaban asesinando a muchas mujeres en Ciudad Juárez y El Paso. Uno de los guardias que nos procesó nos dijo que teníamos suerte de que nos hubieran agarrado después de las 6:30 de la tarde, porque a esa hora cambiaba el turno y ya no escoltaban a nadie de regreso a la frontera. Nos dijo: ‘Es mejor que se queden aquí presas y no que las hayan sacado a la calle a que las maten’”, recuerda. 

En 2003, Marta Lucía decidió migrar junto a su hermana. Fue capturada por una patrulla de migración en el Paso, Texas. Foto: Edwin Bercián
En 2003, Marta Lucía decidió migrar junto a su hermana. Fue capturada por una patrulla de migración en el Paso, Texas. Foto: Edwin Bercián

Durante una semana, en Guatemala, nadie supo de su paradero. Pero Lucía había quedado recluida en una cárcel de deportación en Albuquerque, Nuevo México. Cuando pudo llamar a casa, supo que su hermana estaba segura en una Iglesia. Dulce lo había logrado. Ella no.

En la prisión, se acopló al encierro. Se integró a las cuadrillas de limpieza y le pagaban un dólar diario por barrer, trapear y limpiar los baños del pabellón. Empezaba a plantearse a emprender con la cocina dentro del centro de detención, cuando, tras cuatro semanas, el consulado guatemalteco procesó sus documentos de viaje y Marta fue subida a un avión de deportación con destino a la Ciudad de Guatemala. 

“Cuando regresé y vi a mi hijo (Derek, de 4 años en aquel entonces) todo se me olvidó. Yo solo quería estar aquí y dije: ‘A trabajar de lo que sea, pero con tal de estar cerca de mi hijo’. Tuve la oportunidad de volverme a ir, el coyote me daba dos intentos más, pero dije que no. Si eso era irse, yo no lo quería. Mejor buscar trabajo en Guatemala”, indica Marta Lucía.

Según Esdras Pop, al analizar el fenómeno del retorno no basta con mirar las cifras históricas o la ola reciente de deportaciones masivas. Hay que entender el perfil de quienes apenas pisaron suelo estadounidense, como el caso de Marta Lucía: personas cuyo viaje duró más que su estancia en el norte y que terminaron deportadas antes de poder establecerse o generar ingresos. 

“Realmente más que una oportunidad, históricamente, muchos migrantes que son retornados en poco tiempo solo han adquirido una deuda millonaria. Entonces: ¿Cómo certificamos laboralmente a estas personas?”, se cuestiona Pop, como parte de la organización Conexión..

O bien, de manera más reciente, hay migrantes retornados que han pasado varias décadas en Estados Unidos, tenían un trabajo, una vida, y de repente, están de regreso en Guatemala. 

Pop explica: “El choque cultural es muy grande. Vuelvo a mi comunidad. Me fui hace 20 años. Pero mi comunidad sigue sin agua, sin pavimento, sin servicios, sin energía”. Y añade: “Integrar a las personas retornadas de manera adecuada a una economía debe ser integral. No se trata solo de hacer un examen para validar habilidades, sino también tener en cuenta la salud mental”.  

Retorno al hogar

Cada semana, los aviones operados por el ICE (Immigration and Customs Enforcement’s) o agencias estadounidenses aterrizan en la base de la Fuerza Aérea Guatemalteca, ubicada a un costado del Aeropuerto Internacional La Aurora en la capital, repletos de guatemaltecos deportados. 

El protocolo del Estado guatemalteco se ha mantenido casi intacto a lo largo de las últimas décadas: las personas descienden de los aviones cansadas, a menudo portando la ropa con la que fueron detenidas o con los uniformes grises de los centros de detención estadounidenses. 

“Guatemala es un país expulsor, no de recepción. El migrante que mantuvo la economía del país mediante remesas entra a su propio territorio casi como si fuera un delincuente: con uniforme de presidio, engrilletado, sin documentos y a veces ni con dinero para el pasaje”, comenta Esdras Pop. 

Desde junio de 2025, no obstante, el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM), ha intentado implementar una nueva estrategia nacional llamada Plan Retorno al Hogar para garantizar, según las autoridades, una reintegración digna, efectiva y sostenible de las personas migrantes que regresan al país. En esta iniciativa se incluye una posibilidad de inserción económica, con una acreditación de habilidades.

“Este plan no solo representa una respuesta institucional, sino un compromiso humano con cada persona guatemalteca migrante retornada. Queremos que su regreso sea el inicio de una nueva etapa llena de oportunidades”, como ha indicado el actual director del IGM, Danilo Rivera.

El Plan Retorno al Hogar se despliega en tres fases escalonadas que cubren todo el ciclo del retorno. Según Rivera, la Fase 1, llamada “Cerca de ti”, se enfoca en la protección de derechos en el extranjero a través de la red consular. 

La Fase 2, nombrada como “Regreso Digno”, se activa en los recién creados Centros de Recepción de Retornados (CRR). Incluye registro migratorio, un plato de comida caliente, kits de higiene, atención médica primaria y apoyo psicológico

El IGM también ha creado el Centro de Atención y Registro (CAR), en la Ciudad de Guatemala desde junio de 2025, donde se realizan, como parte de una tercera fase, entrevistas de perfilamiento para identificar habilidades laborales, certificación de competencias por el INTECAP y el MINEDUC, apoyo a emprendimientos y el desarrollo de “Planes de Vida Comunitarios” en las localidades con mayores índices de retorno.

El emprendimiento de Marta Lucía da cuenta de las capacidades que tienen los migrantes retornados para ser incluídos en la economía de Guatemala. Foto: Edwin Bercián.
El emprendimiento de Marta Lucía da cuenta de las capacidades que tienen los migrantes retornados para ser incluídos en la economía de Guatemala. Foto: Edwin Bercián.

Durante 2025, como explicó Rivera a inicios de este año, se recibió a un total de 55,181 connacionales, de los cuales el 37% se adhirió voluntariamente al Plan Retorno al Hogar. 

Al cumplir un año de operaciones, en junio de 2026, según IGM, el CAR había atendido a más de 27,000 personas. Más de 1,400 personas lograron incorporarse al mercado laboral formal, y 850 obtuvieron empleo tras recibir formación técnica específica. Se otorgaron, además, 5,909 certificaciones educativas para validar conocimientos adquiridos en el extranjero.

La certificación y la autonomía

La categoría de migrante retornado, como explica Esdras Pop, “por extraño que resulte, aún es muy reciente”. Los Estados y las organizaciones locales e internacionales todavía se están adaptando a la evolución de este perfil de movilidad humana.

En el caso de Marta Lucía, por ejemplo, sus vecinos y su familia, tras dos décadas de haber sido deportada, han sido los únicos que pueden respaldar que ha migrado. Ella recuerda que cuando regresó, no habían iniciativas que ayudarán a los migrantes retornados. “Ni talleres, ni capacitaciones. Ni el Estado”, dice. 

En la fuerza aérea ella bajó del avión, le dieron un kit de higiene y tuvo que esperar a su familia en casa de una señora que había sido deportada junto a ella. “Es un tema que casi no le ha interesado a la gente”, comenta.

Marta Lucía extrae unos chorizos y longanizas recién horneados y que venderá como parte de su emprendimiento. Foto: Edwin Bercián.
Marta Lucía extrae unos chorizos y longanizas recién horneados y que venderá como parte de su emprendimiento. Foto: Edwin Bercián.

Cuando decidió presentar su iniciativa de embutidos artesanales en el programa de emprendimientos para migrantes retornados de la municipalidad de Olintepeque, para recibir equipo e insumos de cocina y capacitaciones laborales, no contaba con algún documento que acreditará su paso por la frontera, tampoco sus antecedentes en el centro de detención migratoria de Albuquerque. 

“No importa el tiempo que haya pasado. Para los migrantes retornados el miedo de ser rechazados siempre está latente. Pero son migrantes retornados. El miedo a que sus derechos sean vulnerados, que sean juzgados o estigmatizados continúa a lo largo de los años”, dice Pop.   

Con una certificación de trabajo, con algún documento que respalde la experiencia laboral, un migrante retornado podría ser candidato para optar a un puesto que reciba poco más del salario mínimo, en una empresa mediana o grande o incluso en alguna entidad del Estado. Eso forma parte del Plan Retorno al Hogar que el IGM impulsa desde hace un año.

Pero sin una acreditación en agricultura, construcción, gastronomía, o un título académico o de trabajo, la posibilidad de buscar una inserción económica como migrante retornado disminuye y produce, como explica Pop, riesgos de vulneración de derechos. 

Para organizaciones como Conexión y AMIDEGA, no toda la solución recae en la empresa privada. Tampoco en el Estado. También hay una opción en los emprendimientos, en las ideas, en el autoempleo. Una forma de generar ingresos a partir de los conocimientos adquiridos por los migrantes retornados. 

Marta Lucía explica que para poder fundar su emprendimiento de embutidos artesanales, primero tuvo que capacitarse. Ir a talleres. Tomar notas. Estudiar. Diseñar un plan de negocio. Entender los impuestos y las leyes. Aprender a utilizar los servicios bancarios. Conocer el equipo necesario para trabajar. De 20 personas que participaron en la formación para la preparación de embutidos, solamente ella continúa en el arte del ahumado artesanal. 

“Embutidos Lucy” y “Hadas de la Sazón” son los dos emprendimientos que Marta Lucía estableció desde hace 5 años en Quetzaltenango. Foto: Edwin Bercián.
“Embutidos Lucy” y “Hadas de la Sazón” son los dos emprendimientos que Marta Lucía estableció desde hace 5 años en Quetzaltenango. Foto: Edwin Bercián.

Su esposo, herrero, le fabricó su horno. Ella compró una embutidora. Diseñó la cámara de cocción. Consiguió las bandejas, las parrillas y los ganchos. Creó su huerto familiar y sembró todo lo necesario. Y un día encendió el fuego y colocó las hierbas aromáticas en la olla de ahumado, debajo de los embutidos frescos y semicurados que ella misma prepara. 

El reconocimiento de los migrantes retornados, como comenta Pop, pasa también por la implementación de políticas públicas que perduren en el tiempo. Con planes de integración económica como la iniciativa nacional del IGM que apenas se está implementando, o el trabajo de organizaciones internacionales con gobiernos locales como ha sucedido en Olintepeque. Es una deuda pendiente con la población que ha sostenido la estabilidad macroeconómica a través de las remesas. “El regreso también debe ser valorado”, como dice, frente a su horno ahumador, Marta Lucía.

Marta Lucía Hernández, migrante retornada, en su huerto familiar, una tarde de junio de 2026. Foto: Edwin Bercián.
Marta Lucía Hernández, migrante retornada, en su huerto familiar, una tarde de junio de 2026. Foto: Edwin Bercián.

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