NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

“El rey pálido” y el tedio como resistencia

Hay muy pocas novelas que hablan de temas que nos podrían parecer aburridos. La contabilidad, los balances financieros no son temas “sexys”, pero en El rey pálido (The Pale King), la obra póstuma de David Foster Wallace, habla del tedio de los números y de las finanzas pero sobre todo de quiénes somos detrás de cómo pensamos nuestros presupuestos.

Allí, entre formularios, declaraciones fiscales, procedimientos administrativos y montañas de documentos, Wallace encuentra uno de los escenarios menos explorados para reflexionar sobre la conciencia humana.

El Rey Pálido no trata realmente sobre impuestos. Tampoco es una sátira burocrática ni una denuncia del Estado. Es, más bien, un acercamiento filosófico sobre la atención, la disciplina, el aburrimiento y el sentido moral de los trabajos invisibles. 

Desde la literatura, pocas profesiones resultan tan adecuadas como la de los contadores, auditores y examinadores fiscales para explorar la pregunta que se hace Wallace: ¿qué significa mantener la atención frente a aquello que parece insoportablemente aburrido?

Si lo pensamos, la figura del contador la pensamos muchas veces como un cliché: Es el profesional obsesionado con los números, incapaz de improvisar, enamorado de las reglas y condenado a una vida monótona. Pero Wallace precisamente desmonta esta idea. Conforme avanza la novela, más de 900 páginas, descubrimos que detrás de cada auditor existe una arquitectura psicológica extraña y compleja, donde conviven la ansiedad, la soledad, la vocación de servicio, la necesidad de orden y el peso casi religioso de la responsabilidad.

FOTO: Revista cultural La Civiltá
FOTO: Revista cultural La Civiltá

La intuición consiste en comprender que fiscalizar impuestos no es únicamente revisar cifras. Es observar la conducta humana traducida en documentos. Cada declaración fiscal constituye una autobiografía económica de nosotros mismos. Cada recibo, cada deducción, cada anomalía habla menos del dinero que de las personas. Los auditores terminan convirtiéndose en lectores profesionales de nuestras pequeñas mentiras cotidianas. Podrían ser psicólogos a partir de nuestras finanzas.

En este punto, El rey pálido dialoga silenciosamente con la vieja tradición filosófica del deber. De lo deontológico. El auditor, en un sentido kantiano, tiene el deber de actuar correctamente aunque nadie observe su esfuerzo, aunque el trabajo resulte invisible y aunque la recompensa emocional sea prácticamente inexistente.

Mientras la cultura contemporánea glorifica la fama o a los influencers, Wallace insinúa en esta novela que cierto heroísmo también puede estar en un escritorio lleno de expedientes. El antagonista de la novela no es la corrupción, ni el fraude fiscal, ni siquiera la burocracia. Es nuestra sociedad. Y es el aburrimiento.

Wallace escribe sobre el aburrimiento para decir que también es una fuerza existencial. Allí donde desaparece el entretenimiento no preguntamos: ¿quiénes somos cuando ya no existe que estimule y que distraiga nuestra atención?

Imaginen esto: Revisar cientos de declaraciones tributarias o balances financieros, parece repetitivo, mecánico, pero exige una capacidad extraordinaria de concentración. En estos tiempos de scrollear y scrollear (o zapping en los tiempos de Wallace), basta poner atención a un pequeño detalle para descubrir un fraude millonario. 

Poner atención podría ser sinónimo de aburrimiento en la actualidad.

Foto: Portada de Jon Gray
Foto: Portada de Jon Gray

También, creo, que el libro habla de una soledad particular que existe en quienes trabajan examinando las finanzas de los demás. Los contadores conocen aspectos profundamente íntimos de personas que nunca llegarán a conocer personalmente. Observan salarios, divorcios, enfermedades, herencias, pérdidas patrimoniales, inversiones fallidas y decisiones familiares reducidas a columnas numéricas.

Cuanto más saben, más son cómplices.

Los auditores y contadores viven rodeados de información humana, pero aislados emocionalmente. En este sentido, la novela recuerda que toda profesión basada en el análisis documental implica una forma específica de aislamiento. La existencia son los otros. Las personas son sus propios rastros administrativos.

Wallace analiza también que la burocracia posee cierta dimensión filosófica que pasamos por alto. El orden social. Presupuestos, controles internos, auditorías financieras, normas contables y procedimientos existen para hacer funcional una democracia. 

El contralor, el auditor gubernamental o el examinador fiscal ocupan un lugar moral democrático pero silencioso. ¿Puede denunciar? ¿Nos protege financieramente como sociedad? ¿Se utiliza correctamente el dinero colectivo? Cada cifra presupuestaria representa hospitales posibles, escuelas construidas o abandonadas, carreteras terminadas o inconclusas, medicamentos, corrupción.

En el Rey Pálido, Wallace también analiza la invisibilidad, lo poco mediático que son los contadores. En una cultura del espectáculo, los examinadores financieros producen confianza institucional sin convertirse jamás en protagonistas.

Quizá por ello la novela insiste tanto en personajes cuya identidad parece desdibujarse dentro de procedimientos interminables. El anonimato profesional constituye parte esencial de su función.

La paciencia de los auditores también llama la atención desde un punto de vista filosófico. Mientras directores, ejecutivos, alcaldes, políticos, exigen velocidad, innovación y resultados inmediatos, la fiscalización y la contabilidad maneja otro tiempo que pocas veces se respeta.

Wallace convierte esa paciencia en una forma de resistencia intelectual. En cierto modo, el auditor desafía la lógica acelerada del capitalismo contemporáneo precisamente porque su misión consiste en verificar antes de aceptar. Y debe oponerse, aún si crea conflictos, porque establece confianza a raíz de desconfiar. Pide tiempo por esa misma razón. Todo debe cuadrar.

Como ocurre con un músico que reconoce inmediatamente una nota desafinada o con un restaurador que identifica una falsificación mediante detalles mínimos, el contador aprende a leer patrones donde otros únicamente observan números. Al mismo tiempo lee a las personas, a las instituciones. Cómo son, qué piensan. Desde un presupuesto, desde los números.

Hay, sin embargo, una dimensión más oscura que atraviesa toda la novela: el riesgo permanente de la despersonalización. Cuando toda la jornada transcurre clasificando expedientes, conciliando cuentas o verificando documentos, la persona corre el peligro de convertirse ella misma en una extensión del procedimiento. Wallace nunca idealiza la burocracia. Reconoce que el trabajo administrativo puede vaciar lentamente la experiencia humana si pierde contacto con su finalidad ética.

Por eso insiste constantemente en recordar aquello que las cifras representan. Detrás de cada impuesto existe una familia. Detrás de cada gasto público existe una comunidad. Detrás de cada presupuesto existe una decisión política. Detrás de cada fraude existe una víctima colectiva.

El contador que olvida esa dimensión corre el riesgo de reducir el mundo a un excel. Se vuelve indiferente. Se despersonaliza. 

Foto: Editorial Penguin
Foto: Editorial Penguin

Quizá allí resida la mayor aportación filosófica de la novela. Wallace sostiene que el sentido no depende necesariamente del contenido espectacular del trabajo, sino de la calidad de atención que depositamos sobre él. Resistir desde el aburrimiento, ser ético desde el tedio, oponerse a la superficialidad de los estímulos de la televisión, de las redes sociales. 

El rey pálido reivindica otro valor. La grandeza humana no aparece solamente en los momentos espectaculares. También existe en la repetición de una disciplina, la funcionalidad, la confianza financiera.

Por ello la novela termina siendo mucho más que una historia sobre funcionarios fiscales. Es una reflexión sobre todas aquellas profesiones cuya importancia permanece oculta precisamente porque realizan correctamente su trabajo.

Los auditores descubren errores para evitar crisis. Los contadores previenen desórdenes antes de que se conviertan en escándalos. Los contralores protegen recursos públicos y privados. Cuando cumplen bien su función, casi nadie nota su existencia. Pocas veces son realmente reconocidos.

David Foster Wallace devuelve dignidad narrativa a una profesión frecuentemente reducida a estereotipos. Los contadores y auditores de su novela no son máquinas de calcular ni burócratas sin rostro; son humanos capaces de sostener la atención, preservar la integridad en medio de la repetición.

“La verdadera prueba del carácter no ocurre cuando enfrentamos acontecimientos extraordinarios, sino cuando perseveramos en aquello que parece ordinario”, dice Wallace. El aburrimiento, lejos de ser un enemigo que debe evitarse, aparece como el escenario donde se revela la capacidad de una persona para permanecer consciente, responsable e incluso cuerdo en un mundo bastante psicópata.

Tal vez esa sea la lección más perdurable de El rey pálido: las sociedades democráticas no solo dependen de líderes carismáticos o de decisiones históricas. También descansan sobre miles de profesionales anónimos que, en oficinas silenciosas, revisan cifras durante horas para asegurar que el dinero público, las instituciones y la confianza colectiva no se desmoronen. 

En ese trabajo casi invisible, Wallace descubre una forma de heroísmo austero, sin aplausos ni épica aparente, pero indispensable para sostener el orden común. Al final, la novela no convierte a la contabilidad en literatura; demuestra que, observada con suficiente profundidad, la contabilidad, los números, lo aburrido, contiene otro tipo de filosofía sobre lo que significa ser humano en la contemporaneidad.

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Esto no es normal

En Guatemala hemos aprendido a normalizar realidades que no lo son. En la temporada 2 de nuestro pódcast, seguimos cuestionamos esas rutinas cotidianas para entender cómo afectan nuestra vida en común.

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