Hace quince años Carlos Manuel González León prometió a su hermana Juana que algún día la llevaría con él a Estados Unidos. Él cruzaría primero, trabajaría lo suficiente para pagar la deuda con el coyote y después ahorraría para que ella viajara en avión, sin poner en riesgo su vida. Pero unos días después de salir de Chichicastenango, Carlos desapareció cerca de la frontera. Quince años más tarde, su familia sigue buscándolo, mientras Guatemala continúa sin saber cuántos migrantes desaparecen cada año.
Ese día, en la estación de autobuses de Santa Cruz del Quiché, Carlos Manuel le hizo a su hermana Juana una promesa. Le dijo que la llevaría con él a Estados Unidos. Ella tenía en ese momento 16 años, era la pequeña de nueve hermanos, la que quedaba en la casa, y quería irse con él.
Esa madrugada, el 16 de septiembre de 2011, mientras esperaban a que despuntara el día y llegara el bus, su hermano mayor, Carlos Manuel González León, le dijo que tuviera paciencia, que esperara a que su hijo tuviera tres años, porque Juana ya tenía un bebé de seis meses.
Él mientras tanto trabajaría. En Houston, en Dallas, donde fuera. En la agricultura o en la construcción. Donde consiguiera. Eso no importaba. Terminaría de pagar la deuda con el coyote y después ahorraría para llevársela.
Juana no se iría en bus como él. No utilizaría un coyote para recorrer el camino de manera ilegal, ni se expondría a los riesgos conocidos por todos los migrantes: no atravesaría el desierto de Tamaulipas ni se escondería de los Zetas ni agacharía la cabeza ante la corrupta policía mexicana. No. Juana se iría en avión. Eso le dijo su hermano. Esa fue su promesa.

El sueño de Carlos Manuel
Carlos Manuel había avisado a su familia que se iría a Estados Unidos el día anterior. Les dijo, de la nada, de manera sorpresiva, que había hipotecado el terreno familiar, y que con ese dinero había logrado pagar al coyote Q60,000 (USD 8000).
El solo quería dar a su mujer y sus dos hijos un futuro mejor. Solo quería poner ventanas a su casa, que hasta ese momento eran dos agujeros por los que se colaba la lluvia y el viento. Solo quería poner una puerta, para impedir que pudieran colarse los animales. Quería comprar camas para sus dos hijos pequeños y una cocina y una refrigeradora y una televisión para su esposa Lina.
Carlos Manuel quería una vida un poco más cómoda. Un trabajo que alcanzara más que los 5 dólares diarios que estaba acostumbrado a ganar por deslomarse en fincas. Quería, como todo ser humano, progresar; quería que sus hijos lograran algo que ni él ni ninguno de sus ocho hermanas y hermanos había podido permitirse: estudiar.

El problema es que en la aldea Chicuá Primero, en Santo Tomás Chichicastenango, progresar y estudiar no estaba —ni está— al alcance de la mayoría de la población. Este municipio, ubicado en el departamento de Quiché, tiene algunos de los índices de pobreza más altos de Guatemala. Según la Secretaría General de Planificación (SEGEPLAN), registra un 38.8 % de pobreza extrema y un 83.5 % de pobreza general, niveles comparables a los de países como la República Democrática del Congo o Mozambique.
—No te preocupes hermana, para eso estamos los hermanos. Fue una promesa muy hermosa. —Me cuenta Juana, un día de inicios de julio de 2026, en una entrevista en el mirador de Chichicastenango.
Juana tiene 32 años, una mirada viva y un gran lunar en su mejilla. Lleva su traje maya tradicional de Chichicastenango, pero me dice que ya casi nunca se lo pone, porque le incomoda. Va acompañada de su hija pequeña.
Nos sentamos en el restaurante del mirador y pedimos un café y un licuado. Su niña se sienta en una mesa contigua con su celular y Juana prosigue con su historia.
Carlos Manuel es separado del coyote
En los días siguientes a su partida, Carlos Manuel iba dando a su familia señales de su recorrido. Juana se enteraba de dónde estaba a través de su cuñada, Lina. Esta les iba contando que había llegado a la Mesilla, en la frontera entre Guatemala y México, que había atravesado un estado, y el siguiente estado y el siguiente estado.
El coyote que lo llevaba era vecino de su misma aldea y esto les daba confianza.
Pero unos días más tarde, Lina les contó que la policía había retenido al coyote y a los demás migrantes. El único al que no detectaron fue a Carlos, que se quedó en el bus y pasó a cargo de un coyote mexicano.
Pero pocos días después, el 22 de septiembre de 2011, ya en la frontera con Estados Unidos, recibieron una llamada muy diferente de Carlos Manuel.
—Llamó a mi mamá. Nos indicaba que llegaba a la frontera con Estados Unidos. Pedía una cantidad de dinero. —Cuenta Juana.
Según cuenta Juana, el coyote mexicano le pedía Q.45,000 adicionales.
Estaba en una bodega, a oscuras.
—Mi mamá y su esposa lograron conseguir ese dinero con un familiar. Lo enviaron desde Houston para el coyote mexicano. Pero mi hermano llamó como tres horas después y dijo que no llegaba el dinero. —Dice Juana.
—Estaba en una bodega, pero no nos comentó, ni nosotros le preguntamos, en qué estado o en qué rancho. —termina.
Fue el último día que supo algo sobre el paradero de su hermano. El día que todos los malos augurios de su madre se hicieron realidad. El día que la vida de esta familia cambió para siempre, en que encontrar a Carlos Manuel se convirtió en su motor de vida.
—Ese día nunca lo olvidamos. Porque la esposa, y mi mamá, entraron en depresión, ansiedad. También mi papá. Ya no sabíamos qué hacer. —Me cuenta Juana. —Y quizás de esa promesa siento yo que le debo. Que tengo que seguir luchando por él.

Sin cifras unificadas de migrantes desaparecidos
Guatemala cuenta con registros institucionales, pero no con una cifra única, actualizada y comparable que permita establecer cuántos migrantes han desaparecido durante la ruta migratoria.
—Lamentablemente no hay cifras oficiales. —Me confirma en una videollamada Rosmery Yax, abogada de Quetzaltenango, quien trabaja en la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho (FJEDD), como coordinadora de Guatemala y del área de búsqueda.
Muchas de las familias no denuncian las desapariciones de los migrantes hasta que la esperanza de que su familiar dé señales de vida se va disipando. Muchos familiares no denuncian porque no conocen los mecanismos del Estado para hacerlo, porque no hablan el idioma español, porque no tienen recursos o porque no confían en el sistema.
En 2026, el Mecanismo de Búsqueda de Personas Migrantes Reportadas como Desaparecidas a Causa de la Migración ha activado 71 reportes de búsqueda, según reporta el Instituto Guatemalteco de Migración a fecha del 25 de julio.
Por su parte, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Guatemala (MINEX) documentó entre 2010 y 2023, 817 migrantes desaparecidos.
El Proyecto Frontera, coordinado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), da cuenta de 2,059 casos documentados y el Movimiento Migrante Mesoamericano menciona 160,000 personas desaparecidas o secuestradas entre los 400,000 migrantes que transitan anualmente por México. Específicamente en territorio mexicano, estiman que desaparecen 40,000 migrantes cada año.
—Como no hay cifras, es algo que no existe. Tener cifras nos permite ser conscientes de lo que está sucediendo y de lo grave que es—Me dice Rosmery Yax. Yax comenzó en la Pastoral de Movilidad Humana, en su sede Quetzaltenango. ya lleva más de 10 años trabajando para la búsqueda de migrantes desaparecidos, actualmente
—Mi hermano desapareció en 2019. —Me cuenta vía telefónica Arlet Miranda, actual presidenta de la Asociación de Familiares de Migrantes Desaparecidos de Guatemala, en referencia a su hermano, Jaime Jernot Miranda Orozco.
—Pero nosotros… pensando que tal vez él…, porque sucede que a veces ya no quieren que uno sepa nada de ellos. —Me explica desde San Pedro, un municipio ubicado en el departamento de San Marcos, en la frontera entre Guatemala y México. — Bueno, entonces nosotros siempre con la esperanza de que él apareciera, esperamos alguna noticia. Pero fueron pasando los años y ya no supimos nada de él.
En 2022, tres años después de la desaparición de su hermano Jaime, una de sus hermanas se enteró de una organización, el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP).
—Nosotros no teníamos conocimiento de que habían organizaciones que apoyaban en la búsqueda de desaparecidos. Entonces ahí fue cuando ya se realizó el reporte ahí con el MINEX (Ministerio de Relaciones Exteriores) y la prueba de ADN también con el grupo argentino—, me cuenta Arlet.

El coyote que cambió su versión
En el mirador de Chichicastenango comienza a caer la noche y a nuestros pies se van apagando los colores de un paisaje cubierto de cerros repletos de árboles. Juana continúa la historia de su hermano Carlos Manuel.
—Esperamos dos semanas, no hay llamada. Tres semanas. A las tres semanas mi papá fue a consultar con la familia del coyote. —La mujer del coyote, me cuenta Juana, les dijo que no se preocuparan, que Carlos Manuel estaba bien.
—Pero cuando vino el coyote, nos dio otra versión. Nos indicaba que mi hermano no pudo cruzar el río Bravo. Lo tomaba como si fuera normal lo que sucedió. Decía: “él no pudo cruzar el río Bravo. Y el río se lo llevó”.
Un mes y medio después, el padre de Carlos Manuel y Juana citó al coyote en el Ministerio Público. Allí volvió a cambiar su versión. Las autoridades lo dejaron en libertad y, poco después, huyó a Estados Unidos.
—Yo lamento hoy en día, porque hubiéramos detenido a ese coyote hasta sacar la información: qué fue lo que sucedió con mi hermano. Pero no pudimos hacer nada. Como le digo: teníamos pena, estábamos una depresión, una ansiedad de que ya no sabíamos qué hacer. —Me dice Juana.
En videollamada, pregunté a Rosmery Yax si dentro de la ruta existen lugares donde desaparecen más los migrantes.
—Todo el territorio mexicano es un cementerio clandestino de personas migrantes. Toda la ruta. —Me responde esta abogada. —Tenemos casos de desapariciones reportadas en Chiapas, tenemos desapariciones reportadas en Coahuila, en Sonora, en Tamaulipas, Reynosa, en toda la parte de Tamaulipas.
Cuando las familias comenzaron a organizarse
Juana me cuenta que sus padres acudieron al Ministerio de Relaciones Exteriores (MINEX) para reportar la desaparición de Carlos Manuel en 2012, pero los resultados fueron “nulos”. No recibieron información y ni siquiera tenían certeza de si existía un número de expediente o carpeta activa para el caso de su hermano.
Pero también fue ese año cuando el rumbo de la búsqueda de Carlos Manuel cambió. Una de las personas que acudió al Minex a presentar su denuncia les recomendó contactar a la Fundación para la Justicia.
—Es ahí donde conocimos a la licenciada Rosmery Yax e iniciamos ese proceso. Nos citó en Quetzaltenango. Nos citaron a todas las personas de diferentes departamentos que teníamos un desaparecido. —Me explica Juana.
Este fue el inicio de la conformación de la Asociación de Familiares de Migrantes Desaparecidos de Guatemala (AFAMIDEG), de la que Juana fue tesorera hasta hace cuatro meses.
Rosmery Yax en ese momento trabajaba como voluntaria en la Asociación de la Justicia, y cuenta que los primeros pasos para la conformación de AFAMIDEG llegaron tras las masacres de San Fernando I y San Fernando II, en 2010 y 2011. “Varias familias se conocieron al momento que se entregaron sus familiares. De ahí, poco a poco, se empezaron a reunir”, me explica Yax.
Las masacres de San Fernando I y San Fernando II, a las que se refiere la abogada, son dos episodios que sucedieron con ocho meses de diferencia. En el primero, en agosto de 2010, 72 migrantes fueron secuestrados y asesinados por el cartel de Los Zetas en un rancho de San Fernando, Tamaulipas.
En el segundo, en abril de 2011, comenzaron a descubrirse 193 víctimas en fosas clandestinas en el mismo municipio de San Fernando. Esto evidenció que no se trataba de un hecho aislado, sino de un patrón sistemático de secuestro y asesinato de migrantes en esa región.
“Después, varias familias se empezaron a conocer, empezaron a agruparse y es hasta 2017 que formalmente ya se constituye AFAMIDEG como una asociación legal con todos los requisitos establecidos”, me explica Yax.
Cuando en 2012, Juana y su familia comenzaron a asistir a las primeras reuniones de familiares de desaparecidos y conocieron el apoyo fundamental del Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP), que les fue ayudando a calmar su dolor.

—Fue ahí donde poco a poco, gracias a ECAP, ellos fueron este gran apoyo. Nos reuníamos mensualmente para conocernos, intercambiar experiencia, el testimonio, y buscar solución a esta problemática.
Conocieron también al Equipo Argentino de Antropología Forense, que ha sido un apoyo clave para cientos de familias de migrantes desaparecidos en Centroamérica, para tomar su muestras de ADN y también para la localización de varios de los cuerpos de migrantes desaparecidos, un trabajo que hasta la fecha, no han logrado los Estados.
La ruta del estado para apoyar en la búsqueda de migrantes desaparecidos
Antes de 2016, no existía una ruta institucional definida para la localización de migrantes. Las familias dependían exclusivamente de las gestiones del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINEX), que se limitaba a búsquedas básicas en consulados, cárceles y hospitales del extranjero.
En 2016, en Guatemala se produjo un hito legislativo con la aprobación del Código de Migración a través del decreto 44-2016. Este nuevo código reconoció por primera vez el derecho a la búsqueda y ordenó la creación del Mecanismo de Búsqueda de Personas Migrantes Desaparecidas (Art. 200), cuya ejecución recae en el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) bajo la supervisión de la Vicepresidencia de la República.
A pesar de la ley, la implementación fue lenta y marcada por la falta de recursos. Además, como cuenta Yax, las dos últimas administraciones cerraron los espacios de coordinación con organizaciones de la sociedad civil que ya tenían experiencia forense. “Con Giammattei y con Jimmy Morales se cerró la posibilidad de coordinar con la sociedad civil. Teníamos la bandera de no, con ellos no coordinamos”, dijo.
Bajo el gobierno actual, el 8 de julio de 2025, se aprobó oficialmente la actualización del Protocolo del Mecanismo de Búsqueda.
En este, el Instituto Guatemalteco de Migración (IGM) centraliza el mecanismo, se encarga de recibir los reportes, actualizar la base de datos y proporcionar el acompañamiento psicosocial y orientación legal a las familias afectadas.
Por su parte, el Ministerio de Relaciones Exteriores (MINEX) tiene la obligación de activar su red consular en los países de tránsito y destino para realizar búsquedas en vida en cárceles, hospitales y comisarías, además de facilitar el intercambio de información y coordinar los procesos de repatriación de restos mortales.
El Consejo Nacional de Atención al Migrante de Guatemala (CONAMIGUA) asume el apoyo logístico y la asistencia en el traslado terrestre de los cuerpos recuperados desde la Fuerza Aérea hasta sus comunidades de origen, mientras que el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (INACIF), el Ministerio Público (MP) y la Policía Nacional Civil (PNC) intervienen en la investigación penal, la recopilación de datos genéticos y la persecución de delitos conexos como la trata de personas y el tráfico ilícito de migrantes
Aunque los avances técnicos son evidentes, representantes de las familias, como Arlet Miranda y Juana González, señalan que el reto sigue siendo la difusión en idiomas mayas y el presupuesto para que las familias de aldeas remotas no tengan que costear sus propios traslados para exigir justicia. El reto sigue siendo la ausencia del Estado.
—Lo que ellos nos dicen al momento de querer pedir ayuda: No hay necesidad de que viaje, lo puede hacer desde un teléfono, pero hay personas que son analfabetas. Y les cuesta utilizar esas aplicaciones. Tampoco cuentan con recursos para una recarga, para internet y todo eso. Las autoridades nos dicen: “Ay, si ahorita todo el mundo tiene teléfono”. Pero no, todo el mundo cuenta con celular. —Me dice Arlet Mérida.
Otro de los retos para el Estado es ofrecer la información en idiomas mayas.
—Hay muchos compañeros que son de Quiché, de Chichicastenango y ellos hablan otros idiomas. Entonces a ellos les cuesta mucho utilizar las plataformas. También a acercarse ellos al Ministerio de Relaciones Exteriores y que no tengan un traductor. Porque ahí, de momento, no han puesto traductores. Esas han sido una de las exigencias y no lo han hecho. —Continua Arlet.
La madre buscadora que solo habla maya k’iche’
La madre de Juana, Martina León Macario, la madre que lloró toda la noche previa a que su hijo saliera en ruta, es una de las mujeres que no habla en español. Es monolingüe k’iche’.
Tras la desaparición de Carlos Manuel, a Martina le dio un derrame facial. Tuvo además que hacerse cargo de la deuda que dejó su hijo, pues su marido se desentendió, culpándola a ella de haberlo dejado marchar, según contó Juana.
—Tuvo que trabajar fuertemente, tuvo que vender sus trajes. Ya no tenía calzado. Fue un proceso muy fuerte para ella. —Me cuenta Juana.
Martina no cesó, no ha cesado, en su intento de búsqueda. En 2014, se unió a una de las caravana de madres buscadoras de migrantes desaparecidos por México. En esta, que comenzó el 19 de noviembre de ese año, se unió a otras madres centroamericanas para recorrer estados mexicanos visitando cárceles y hospitales. “El Coyote solo dice que nos esperemos. Estamos conscientes de que podemos encontrarlo muerto y hasta sólo las cenizas, pero queremos saber dónde está”, decía Martina en 2014, como consigna una nota de Prensa Libre de esta caravana.

Cinco años más tarde, formó parte de la XV Caravana, la cual ingresó a México el 15 de noviembre de 2019 y recorrió aproximadamente 5,000 kilómetros a través de 14 estados. Martina en esa ocasión estaba acompañada de Sofía, vecina de su misma aldea y a quien el mismo coyote provocó la desaparición de su hijo, como recoge una nota publicada por un medio mexicano.
— Cuando viajó con los compañeros de Honduras, Salvador, de los otros familiares de Guatemala, nosotros le preguntamos, “¿cómo hacías, mamá, para hablar, para comunicarte con los compañeros?” Ella nos decía: “a través de señas”. —Me explica Juana—. Fueron a unas cárceles, por donde pasaba el tren, a hospitales. Llevaba la foto de mi hermano. —En esa caravana, en Tamaulipas, alguien dijo a su madre que habían visto a su hermano. —A ella le indicaron que lo vieron. Ahí, en ese estado.
Juana me dice, además que su cuñada se tuvo que quedar a proteger la casa de su hermano la casa sin puertas ni ventanas, para que nadie entrara y que por eso no pudo apoyar a su madre en la búsqueda.
La casa sin puerta ni ventanas
Le pregunto sobre la casa. ¿La casa está abandonada? Me dice que ahora es su papá quien vive en ella. Le pregunto por Lina, por la esposa de su hermano. Me cuenta que unos años más tarde, “por la necesidad”, se buscó a un coyote y se fue también a Estados Unidos.
Le pregunto, entonces, si podemos ir a visitar la casa de su hermano sin puertas ni ventanas, quizás a fotografiarla.
Llegamos a una casa de block a la orilla de la carretera, con un paso inestable a través de maderas, que logran sortear agujeros en el suelo.
El cielo ya está de color añil.
Caminando por la parte de arriba vemos vemos a su madre, a Martina. Lleva puesto un traje completamente bordado de flores rosas y naranjas, también un delantal y una sudadera, que la protege del viento.
Martina nos saluda muy contenta, con su pelo aún negro amarrado en una cola. No nos habla, solo nos sonríe, “No habla español”, nos vuelve a recordar su hija. Y la imagino recorriendo 5000 kilómetros por México en busca de su hijo.
Juana nos cuenta que su madre estaba viviendo en la casa de diferentes hermanas, pero que hace poco menos de un mes dijo que necesitaba su espacio y se fue a vivir a la parte de arriba de la casa de Carlos Manuel. Aún no tiene agua corriente ni luz eléctrica, pero ya lograron comprarle una pila para que lave su ropa.
Bordeamos la casa y descendemos un poco el cerro y llegamos a la parte baja de la casa donde vemos que, efectivamente, no tiene puerta sino una lámina amarrada con cables. Tampoco tiene aún la ventana. Llamamos y llamamos, pero nadie responde, parece que su padre no está.

“Yo no sé si está vivo, yo no sé si lo descuartizaron los zetas”
Logramos finalmente acceder a la casa sin ventanas desde la parte de arriba. Al bajar por unas escaleras hechizas nos encontramos con su padre, con José González Morales, pequeño, moreno. Parece que no quería ser molestado. Pero ahí estamos, cámara y libreta y mano. La casa está a oscuras. Llena de latas amontonadas, que va recogiendo para poder vender, de diferentes utensilios, apliados en el suelo.
José González tiene 73 años, él si habla español y comienza a contarnos de qué vive. Ahora que ya no está enfermo, ahora que ya se le va pasando la pena por la desaparición de su hijo. Dice casi sin preguntarle nada.
—Me enfermé un poquito, me iba a morir. Pero por la voluntad de Dios, gracias a Dios que aquí vivo. —Me cuenta.
—Los nervios, el estrés y la tristeza, todo. Ya no dormía, ya no, ya no. Entonces me da un montón de enfermedades, ya no aguanto.
—¿En los primeros días? Le pregunto.
—No sé cuántos días tardé, años. Y sin comer. A veces me levantaba a la 1 de la mañana y me salgo afuera. Yo siento, pues, como que viene, me paro ahí en la esquina y no hay nada.
Nos cuenta que fabrica hachas y nos las muestra. Que le gusta escuchar la radio. Vive como puede. Le gusta no tener ventanas. Así, desde la cama, puede ver pasar los aviones, puede ver las estrellas y los pájaros. Cuando llueve, solo se aparta para no mojarse.

—Me perdí la memoria. —Me sigue contando diferentes episodios de estrés post-traumático. —pero poco a poco, pues, gracias a Dios —Me sigue diciendo mientras un niño, uno de sus nietos, acaba de llegar con fotos de Carlos Manuel, tras el encargo de su abuela.
—Y fui con un doctor, entonces le conté todo. Él me dijo: mejor tranquilízate, porque tu hijo, si está vivo, está vivo, si está muerto, está muerto.
Le pregunto si el no ha ido a terapia, a ECAP. Juana me dice que solo fueron ella y su madre, su padre no quiso.
—No. Puedo tranquilizarme a mí mismo. Pues no sé si está bien o mejor. Yo no sé si está vivo, si lo descuartizaron los zetas, mejor que le deje en la mano de Dios.
Juana y Martina nos muestran las fotos de Carlos Manuel. De la primera vez que estuvo en Houston, y fue deportado, su otro hermano que también está en Estados Unidos, el que le mandó el dinero al segundo coyote.
Juana al ver sus fotos, de él y su hermanos delante de unos edificios altos, nos cuenta que ella también se va a ir a Estados Unidos, el año próximo, ya está ahorrando el dinero para el coyote.
—Yo ya estoy vieja, yo ya me siento de la tercera edad. Me dice. Juana tiene 32 años. Ella solo quiere que sus hijos estudien, que tengan un futuro mejor que el suyo y con el dinero que gana tejiendo trajes mayas, no le alcanza. Para eso se va a tener que ir a Estados Unidos, ya está decidida.