Una postal sobre la fiesta de la Santa Cruz en Saltán, Granados, Baja Verapaz
Una máscara roja nos regresa la mirada. Danza. Salta. Sus ojos azules hipnotizan.
En Saltán, Granados, en Baja Verapaz, los santos y los espíritus aún tienen poder sobre las gentes y sobre las cosas, sobre las montañas y sobre las lluvias.
Cada año, desde la madrugada del 1 de mayo hasta la medianoche del 3, más de diecisiete cofradías de todo el municipio liberan a sus danzantes convertidos en micos, venados, toros, vaqueros, viejas de largas faldas, para abrir la puerta del tiempo santo que, a través de los bailes y las recitaciones, claman por las lluvias que habrán de mojar los campos secos de la región para que el maíz y el frijol broten, como lo han hecho desde hace incontables katunes.
La Santa Cruz, a lo lejos, y ya sin ser notada por los granadenses, ofrece refugio en una parte de su cuerpo de madera a Chaac, antiguo dios maya de las tormentas y los rayos. La Cruz, como una nueva transformación de esa entidad divina de múltiples formas, es quien rige ahora los ciclos pluviales que permiten la siembra y el crecimiento de la milpa en la región.
La máscara roja vuelve a aparecer. Es música. Es baile. Es una petición oscilante por la lluvia.
Este es el tercer año en que Santiago participa formando parte de la multitud que pone en pausa su identidad durante esos tres días de paroxismo para encarnar a uno de los tantos personajes danzantes.
El primer año fue una ardilla veloz en la danza de los animalitos; el segundo interpretó a un toro bravío que debía batirse a duelo con varios vaqueros ante la Santa Cruz; y ahora, con dieciséis años cumplidos, es un Xoy, un personaje que remite a las antiguas luchas por la tierra entre ladinos e indígenas xoyes del territorio.
Su máscara de Xoy parece un sol por su rostro rojo, que acompaña con una mirada profunda y azul, el cabello negro y un vestuario colorido que completan la imagen de aquel personaje.
Santiago estaba contento. Hasta ahora el Xoy era su personaje favorito porque, además de recitar la relación más extensa, también podía bromear con los micos, torear y encabezar su fila al momento de bailar la contradanza.
Los padres de Santiago tienen cuatro años de haber migrado a Estados Unidos. Hace cuatro años, por este mismo tiempo, su familia vivía con los rostros vueltos hacia el cielo, rogándole a Dios y a la Virgen de Candelaria, patrona del pueblo, para que Delmy y Gerardo no fueran devorados por las fauces de La Bestia, arrastrados por el Río Bravo o consumidos por el desierto.
La Virgen les concedió la triunfante llegada a San Francisco después de sortear una serie de obstáculos dignos de una épica griega. Por eso, un mes después de su llegada, le dedicaron un rosario en su comunidad y quemaron fuegos pirotécnicos en honor a su patrona.
Santiago los recuerda. Tiene presentes a sus padres a través de la fiesta de la Santa Cruz.
— ¡Triste me puse yo cuando don Betío me dio al Xoy Colorado! Uy, ahorita sí: puro chingar y comer. Y mi mamá me dijo que el otro año sí me va a mandar dinero para comprarle la máscara a la cofradía, así la cuelgo en la casa — Dice mientras come con sus amigos después de terminar su segunda bailada en la casa de su abuela, sin su máscara roja, bajo el sol de las diez de la mañana.
