Una postal sobre la violencia obstétrica y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo con el soundtrack de Guatemala y su contexto de miedo e impunidad.
No recuerdo si el miedo empezó antes de entrar o cuando ya estaba ahí, acostada en un quirófano improvisado en zona 1, con las manos sostenidas sobre mi cabeza por una enfermera que intentaba calmarme. El médico no me dirigió ni una sola palabra. A mi alrededor, los instrumentos pasaban de un recipiente a otro. En la radio sonaba Freddie Mercury: All we hear is Radio Ga Ga. Afuera, Guatemala seguía siendo Guatemala. Adentro, mi cuerpo estaba a punto de convertirse en una decisión irreversible.
So don’t become some background noise / A backdrop for the girls and boys /
Me colocaron como en un examen ginecológico. La camilla era curva, pensada para que mi útero pudiera verse mejor. Yo estaba ahí, con las piernas abiertas y el ombligo expuesto, aunque mi presencia parecía secundaria. El médico hablaba alrededor de mí. Frente a él me sentí “turno”, “carne”, “procedimiento”. Pensé en todas las veces que la medicina para los cuerpos gestantes ha sido imaginada desde afuera: desde manos que nombran, abren, revisan y deciden sobre cuerpos que no habitan.
Los nervios subieron cuando llegó la anestesia local. Sentí un calambre profundo en el ombligo. Pregunté, con la voz quebrada, qué estaba pasando. El médico siguió en silencio. La enfermera, sujetándome todavía las manos, me respondió con una ternura que recuerdo mejor que su rostro. En esa sala, su voz fue lo único parecido a un refugio.
All we hear is Radio ga ga / Radio goo goo, Radio ga ga
Había decidido hacerme una ligadura de trompas porque no quería ser madre. Guatemala no me parecía un lugar seguro ni amable para traer a otra persona a sobrevivir. Aquí, la pobreza, la violencia y el miedo no son cifras lejanas: son formas de crecer, de caminar, de volver a casa, de imaginar o cancelar el futuro.
Vi pasar el bisturí hacia mi ombligo. El cirujano infló mi abdomen con dióxido de carbono y sentí el estómago en la garganta. Me dieron náuseas. La canción sonaba en repetición.
You made ‘em laugh, you made ‘em cry /
—Respirá profundo, va la primera —dijo el médico.
El dolor me atravesó antes de que pudiera prepararme. Grité. No fue un grito limpio, salió
desde un lugar que no sabía que existía.
—Ahora la otra.
El segundo grito fue más ahogado. Después vino el llanto. Lloré porque una decisión correcta también puede doler. Porque en ese cuarto se consumaba mi decisión de no ser mamá, y también la violencia de tener que defenderla con el cuerpo abierto, ante un hombre
que nunca me habló.
Por un momento pensé en un matadero. La rapidez. La repetición. El turno de una, luego otra, luego otra. Radio goo goo, Radio ga ga… Todas entrando con miedo. Todas saliendo con una muerte encima. En la sala de recuperación éramos varias. Nadie dijo demasiado. Nos escuchamos respirar, quejarnos bajito, sobrevivir el mareo. Yo tenía náuseas, ganas de desmayarme y una certeza todavía caliente: no estaba renunciando a la vida. Estaba defendiendo la posibilidad de vivir la mía sin convertir el miedo en herencia.
