En marzo de 2026 el colectivo Comunidad de Estudios Mayas presentó el libro La Producción Colonial del Estado Guatemalteco, que plantea que lo que se conoce como el Estado guatemalteco fue diseñado para perpetuar el despojo de los pueblos indígenas por medio de un sistema colonial que no murió con la independencia de España de 1821. En esta entrevista, la antropóloga Aura Cumes, coautora del libro, subraya las evidencias de que lo que se conoce como Guatemala, aunque dejó de tener súbditos de un reino, tampoco da la calidad de ciudadana a la población indígena porque, por un lado, facilita que persista el despojo y, por otro lado, “todas las leyes que se crean tienen la finalidad de mantener a estas personas en servidumbre”.
A los títulos académicos que posee, Aura Cumes Simón antepone el término activista. Doctora en antropología, con una maestría en ciencias sociales y licenciada en trabajo social, esta mujer maya-kaqchikel prefiere definirse desde el activismo en favor de las mujeres y los pueblos originarios. Ese es un lugar al que llegó no por los libros, sino por una vivencia temprana que la obligó a cuestionar las injusticias desde la infancia.
Cumes posiciona su niñez como el punto de partida para entender lo que hoy hace como activista y académica kaqchikel. Notaba que, a menudo, recibía un trato humillante por ser mujer y por ser indígena. Ya entonces, aunque ella no sabía nombrar esos actos como discriminación o racismo, no los aceptaba. Y muchas veces, al pronunciarse contra esa violencia, lo que recibía como respuesta eran más agresiones.
“Desde que tengo recuerdos me he manifestado”, dice Aura Cumes, sentada en su estudio mientras sostiene uno de los libros de su autoría. Habla con seguridad, fuerza y la disidencia que la caracterizan. Originaria del municipio de Chimaltenango, Cumes es hoy una de las voces intelectuales más potentes de Guatemala, pero su verdadera autoridad no proviene de sus postgrados en antropología o sociología, sino de sus cuestionamientos constantes y rompimiento con el orden establecido. Tras años de observar cómo las instituciones perpetúan el racismo y el patriarcado que ven en la mujer indígena un objeto de servicio y no un sujeto político, Cumes decidió que el conocimiento debía servir para sacudir las estructuras. La academia le confirmó que el sistema sigue mirando a las mujeres indígenas bajo la idea de la servidumbre.
Durante sus primeros años como académica se involucró en organizaciones sociales, no precisamente de pueblos originarios. Y tuvo que luchar dentro de ellas contra el racismo y siguió recibiendo silencios, ridiculizaciones y negaciones, lo que le permitió concluir que el racismo no era importante en Guatemala, dado que este no formaba parte del pensamiento que le daba forma a la acción política de aquellos años. Cumes comenzó a documentar, estudiar y analizar lo que le incomodaba y que no podía nombrar, pero que ahora llama estructura racial, relaciones de poder y clase social, patriarcado…
Para la cientista social, transformar la realidad es un ejercicio cotidiano que pasa por ver de frente las estructuras patriarcales, raciales y de poder económico para entenderlas y desafiarlas. En Guatemala persiste un sistema colonial, advierte. “A partir de 1821, para el Estado ya no hay súbditos de un reino, sino ciudadanos. Sin embargo, la mayoría de la gente que está en lo que se llama Guatemala a partir de entonces no será ciudadana, porque se pensó a la gente indígena como servidumbre del país”.

Cumes eligió la antropología y las ciencias sociales para que la mirada de la academia se entrelazara con la acción política, porque la escritura y la investigación no son neutrales, sino una acción política deliberada. Desde ese frente, sostiene una premisa que desafía el pensamiento generalizado: que las mujeres y los pueblos indígenas no solo han resistido, sino que han construido pensamiento, teoría y ciencia con una rigurosidad que el mundo apenas comienza a reconocer.
En esta conversación Cumes nos habla sobre la creación de textos e investigaciones desde la academia, producida por autores mayas y lo difícil que puede llegar a ser para un autor indígena la publicación de su investigación en un país como Guatemala. Nos habla también de las huellas coloniales que permanecen en este país y que documenta en su más reciente libro, La Producción Colonial del Estado Guatemalteco, en donde analiza las estructuras de subordinación que el Estado se niega a romper.
P. ¿Por qué crear un colectivo integrado por académicos mayas especialistas en diversas áreas de las ciencias sociales al cual ustedes han nombrado Comunidad de Estudios Mayas?
R. Este colectivo es muy antiguo, pero no tiene fondos; más bien, sus integrantes debemos aportar para que mínimamente exista. Eso no lo hace viable en un país donde todos los días tenemos que buscar qué comer; por eso, el colectivo siempre se ha mantenido con muy pocos integrantes. No recibimos dinero de la cooperación, hasta ahora con el libro La Producción Colonial del Estado Guatemalteco, para el cual recibimos algunos recursos. No recibimos fondos porque la cooperación cree muy poco en el trabajo y en el pensamiento de los mayas, en la escritura de los pueblos desde el campo académico. A mí me parece muy sorprendente.
Uno ve en la Universidad de San Carlos múltiples espacios de generación de pensamiento en las ciencias sociales, hay institutos de diversas ramas que tienen financiamiento, pero nosotros hemos hecho el intento de buscar apoyo para realizar investigaciones que nazcan de nuestros propios intereses y es muy difícil. A la gente le parece que es un desperdicio de recursos pensar y escribir desde lo maya.
Allí se visibiliza un profundo pensamiento colonial respecto de los mayas. Se dice: “Bueno, se pueden apoyar proyectos de la gente maya si están sembrando, tejiendo, emprendiendo o trabajando en soberanía alimentaria”; se ve todo eso como proyectos importantes para la vida, y efectivamente lo son, pero detrás de todo ello hay sustentos teóricos. ¿De dónde vienen estos sustentos? ¿Vienen de otros lados? Entonces, ¿por qué nosotros no podemos sustentar teóricamente mucho de lo que hacemos? ¿Por qué no podemos también generar creaciones teóricas, políticas, epistémicas, técnicas y metodológicas? Pienso que esto se debe a la visión tan pobre que se tiene de las sociedades mayas en este momento.
No trasciende esa intención de apoyar la creación de pensamiento maya, pero también es cierto que los profesionales mayas están vinculados a múltiples espacios y muchos realizan consultorías donde apoyan a diversas organizaciones en distintas temáticas. Por lo tanto, muchos profesionales están más ocupados generando pensamiento desde otros campos, realizando investigaciones cortas en forma de consultorías, las cuales tienen sus propias limitaciones y alcances.

No se destinan recursos para la generación de pensamiento. Por lo tanto, no es que no se consuma, porque sí se hace, pero se consume el pensamiento que viene de fuera o el que se genera de otras maneras
P. ¿Acaso no puede pensarse que la generación de conocimiento desde lo maya también puede producirse desde afuera de la USAC u otras universidades?
R. Bueno, aquí quiero hacer una puntualización importante. La generación de conocimientos para la vida está en todos lados. La gente no está esperando el conocimiento académico para cuidar el agua, para proteger la tierra frente a su explotación, para sembrar, para tejer o, incluso, para curar sus enfermedades. Por eso es muy pretencioso pensar que el conocimiento sólo surge en las universidades.
Pero aquí estamos hablando de otra forma de producir conocimiento que, para nuestro caso específico, se trata de entender las formas de poder y de dominación. Las universidades nos han pensado, han hablado de nosotros como lo ha hecho también la política y, con base en estas ideas dominantes, nos han tratado. ¿Dónde está lo que nosotros pensamos como pueblos originarios en pluralidad? Porque si las mismas universidades nos piensan, ¿No podemos pensar sobre nosotros mismos dentro de estas universidades? ¿No tenemos derecho, acaso, de estar en la USAC, en las universidades privadas o en los centros de investigación? Es fácil decir que desde afuera se puede investigar, ¿Pero con qué recursos? Y, sin embargo, lo hacemos, porque si esperamos que nos den los espacios, no haremos nada.
P. Existe una evidente desigualdad en el campo académico de Guatemala: mientras la bibliografía producida desde una mirada externa es de fácil acceso, la producción intelectual de profesionales mayas es más difícil de encontrar. ¿Es esta una brecha de acceso a la publicación, o estamos ante un mecanismo de exclusión que se niega a reconocer al sujeto indígena como un productor de conocimiento científico y lo reduce solamente a sujeto de estudio?
R. Hay una estructura que impide nuestra creación en el campo académico; es decir, lo que hacemos nos cuesta muchas veces más que a aquellos racializados como superiores: blancos, ladinos y hombres. Nos cuesta no por falta de capacidades, sino por los obstáculos deliberados que nos imponen los sistemas de dominación. Por eso se encontrará menos producción de pueblos indígenas. Y a esto se suma, obviamente, que no se nos ve como creadores de conocimiento, sino como eternos objetos de estudio. Incluso si somos investigadores indígenas, podemos reproducir estas metodologías cosificadoras de lo indígena cuando son producidas en un campo colonial. Eso es justamente lo que debemos problematizar.
Guatemala destina muy poco a la producción de conocimiento. Hay una universidad pública donde habría que preguntar dónde están los profesionales mayas y afrodescendientes produciendo. Yo, realmente, no los veo. Veo a algunas maestras o maestros dentro de la universidad, pero no veo qué es lo que se produce ni si existe realmente un núcleo de pensamiento ahí. En cambio, veo Ecuador, Bolivia y Perú, y noto que no hay una sola institución, sino múltiples universidades; en Chile, por ejemplo, también hay mucha gente produciendo en ellas. En Guatemala, no.
Primero existe esa carencia; luego, si buscamos centros de investigación indígenas en Guatemala, no hay ni uno solo. Solo está el colectivo nuestro, que es un grupo pequeño y sin financiamiento. Los centros de investigación no indígenas en Guatemala que realizan estudios sobre pueblos originarios también tienen carencias económicas, puesto que la cooperación internacional ha reducido mucho su apoyo a la generación de conocimiento. Hay múltiples razones para no tener las condiciones que los mayas buscamos: no hay condiciones para escribir, para pensar a largo plazo o para ensayar. Por lo tanto, no se puede producir y terminamos priorizando la supervivencia diaria. Por eso hay tan pocas publicaciones.
Uno va a las librerías y hay muy poco en relación con lo que se produce desde otros lugares. Es necesario estimular la escritura desde personas indígenas, desde los estudiantes indígenas y profesionales indígenas; crear las condiciones para escribir, editar e imprimir, que es otro campo con muy poca disponibilidad para nosotros.

Emma Chirix dice con ironía: “Creo que podría vender mucho más fácilmente aguacates que mis libros”. Es decir, también hay muy poca demanda de las obras que hacemos. A veces, cuando publicamos como autores mayas, decimos: “Ojalá nuestra gente compre los libros”, pero no siempre sucede. Nuestra misma gente explica: “Es que no tenemos recursos para comprarlos”. Sin embargo, sé que gente que debería interactuar con nosotros teniendo los libros y retornando las ideas no siempre lo hace.
P. Cuando se intenta contar Guatemala, regularmente se citan textos de autores externos a Guatemala o externos a esa realidad que se vive desde los diversos territorios ¿Esto tiene que ver con estructuras que legitiman o ignoran el conocimiento desde la Guatemala profunda?
R. Existe la idea de que, cuando los indígenas hablamos, no siempre decimos cosas importantes; es decir, se duda de nuestra capacidad de pensar, crear y proponer. El racismo provoca que se devalúe nuestra creación porque, ante sus ojos, también estamos devaluados como seres humanos. Mientras tanto, a las personas blancas, principalmente si provienen del norte global, se les ve inmediatamente como portadoras de los conocimientos más importantes y como aquellas que tienen algo que decir para que nosotros lo ejecutemos. El racismo también se inscribe en los cuerpos: en un cuerpo blanco está inscrita la autoridad para la generación de conocimiento.
En cambio, cuando nos ven a nosotros, nos ven como aquellos que deben trabajar con las manos, con los pies, con el cuerpo. No se nos percibe como seres pensantes, sino como seres destinados a la labor material. A los hombres blancos, y también a las mujeres, se les ve como seres para pensar lo que nosotros debemos hacer. Es allí donde el racismo es más evidente.
Yo he visto a personas mestizas o ladinas guatemaltecas, que también son antropólogos, y dicen: “Bueno, los gringos no nos citan”. Efectivamente, hay una jerarquía ahí entre ellos; pero también la gente ladina guatemalteca de las ciencias sociales tiende a no citar a la gente indígena que genera pensamiento.
Por ejemplo, usted me dice a mí “académica”, pero yo le diré que el campo académico, que es tan pequeño en Guatemala, a mí no me ve como tal. Y, sin embargo, las organizaciones sociales o las organizaciones mayas de mujeres sí me ven así, pero no creo que ese mundo, “el académico”, me reconozca o me cite de esa forma. A mí tampoco me importa ese mundo; me importa más producir algo provechoso para las luchas que estamos haciendo.
Esa racialización de la vida está operando perfectamente en el mundo del conocimiento y se interioriza entre nosotros también: se llega a pensar que es mucho mejor lo que produce un gringo que lo que produzco yo.
Ahora, no estoy diciendo que todo lo que producimos los indígenas sea sagrado o la última palabra. A mí como maya me importa que la creación que surja de nosotros se haga desde la pluralidad, la heterogeneidad, el diálogo y la contrapregunta, porque eso ayuda a caminar.
Algo que sucede cuando los mayas generamos conocimiento frente a quienes no nos consideran sus pares es que no hay retorno. Vamos a una actividad y hablamos, y en muchos casos la reacción es: “Ay, mire qué bonito habló, qué bonito dice”. Pero no hay retorno, no hay pregunta, no hay debate. Por lo tanto, no nos tratan como iguales.

El debate es bueno; lo que da a entender es que lo que estamos diciendo es importante para quien escucha. Si no están de acuerdo, eso es relevante y por eso lo vamos a debatir. Significa que nuestras palabras importan, que nosotros somos importantes para ellos y ellos para nosotros. El debate, el retorno e incluso la polémica, pero ojalá el diálogo, son fundamentales en la generación plural del conocimiento.
P. Recientemente lanzaron su libro denominado La Producción Colonial del Estado Guatemalteco. ¿Qué puede encontrar el lector dentro de este texto?
R. La idea del libro es entender de qué manera el Estado guatemalteco está programado para institucionalizar el problema de la dominación colonial. Muchas veces se piensa que lo colonial forma parte únicamente de aquellos 300 años, de 1524 hasta 1821, cuando ocurrió la independencia; sin embargo, mi propuesta es que lo colonial nunca acabó, sino que se refuncionaliza de 1821 en adelante y se institucionaliza en el Estado. Además, se renueva porque tiene una raíz.
Y lo colonial, entonces, se inscribe en la manera en que se configura el aparato que se llamará Estado: en las leyes, en su forma administrativa, en su filosofía y en las técnicas que utiliza. Pero, momento, ahí hay una cuestión que hace falta: para el Estado ya no hay súbditos de un reino, sino ciudadanos. Ese es un gran cambio. Sin embargo, la mayoría de la gente en lo que se llama Guatemala a partir de entonces no será ciudadana. Por ejemplo, no se extendió la ciudadanía para los pueblos indígenas, sino que se pensó a la gente indígena y popular mestiza como servidumbre del país; principalmente a la gente indígena.
La generación de las élites económicas que se benefician de este Estado necesitará a los indígenas como servidumbre. Todas las leyes que se crean tienen la finalidad de mantener en servidumbre a los pueblos indígenas . Se hace, también, para despojarlos de sus bienes, en este caso las tierras, para provecho de esas mismas élites.
Estas élites, además, crearán un aparato administrativo en gran medida violento para que, si los indígenas intentan romper esos mecanismos de opresión, dicho aparato administrativo ilegal los devuelva a la servidumbre. Es la única manera en que este Estado podría funcionar.
Asimismo, su filosofía política es predominantemente liberal; la organización y participación que se reconocen son de carácter individual. Por lo tanto, todo el bagaje histórico y colectivo de los pueblos indígenas se deslegitima y se anula en el funcionamiento de este Estado
El Estado es colonial, su funcionamiento es colonial, todo su aparato es colonial y por lo mismo los pueblos indígenas cuando hacen contrapoder al Estado son refrendados de manera violenta.
P. ¿Qué le ha implicado a su colectivo publicar un libro como este, que desafía toda una narrativa sobre el Estado?
R. Nosotros hablamos del sistema de dominación colonial desde hace mucho tiempo. Particularmente con el historiador Edgar Esquit hemos sostenido que Guatemala necesita seguir problematizando este sistema.
Posteriormente, notamos el surgimiento del «giro decolonial» y el concepto de colonialidad, pero ese no es nuestro punto de partida. Aunque no soy historiadora, mi trabajo busca, en gran medida, la problematización concreta de la forma en que se vive lo colonial. Por ello, creo que el discurso del giro decolonial, en muchos casos, no calza con lo que venimos planteando. En este grupo hemos encontrado una riqueza en la manera de entender lo colonial en el presente y en cómo desafiarlo desde nuestras propias narrativas colectivas.
Como integrantes de este colectivo, también aportamos de forma individual en espacios de formación política con diversas organizaciones y en la elaboración de peritajes para múltiples casos. Toda esta argumentación ha trazado un camino que, al plasmarse en un libro, crea nuevas claves para entender el problema.

Un punto central aquí es el distanciamiento con la generación hegemónica, a la que llamaré entre comillas “ladina mestiza”; uso las comillas porque considero que existe una diferencia sustancial. Guatemala es un país profundamente racializado y, cuando hablamos, lo hacemos desde esa realidad. Los mayas tenemos la claridad de que hablamos como tales; sin embargo, muchos investigadores ladinos, mestizos o criollos piensan que lo hacen desde una neutralidad que, en la práctica, no existe.
Cuando problematizamos Guatemala, no lo hacemos pensando únicamente en un país autoritario o antidemocrático donde la solución sea simplemente construir democracia o desafiar el autoritarismo institucional. Existe la idea de que, al democratizar el Estado o deshacer las formas de autoritarismo en las relaciones sociales, el país caminaría. Ese no es nuestro punto de partida.
Nosotros sostenemos que Guatemala es colonial. Por lo tanto, todas las formas de autoritarismo están enroscadas con lo colonial, pues el autoritarismo está racializado, en gran medida, hacia los pueblos indígenas. Es por eso que la lucha de los pueblos siempre se persigue con mucha violencia; lo vemos a lo largo de la historia con las masacres en distintos períodos, el genocidio de los años ochenta y la persecución de las autoridades indígenas en la actualidad. No existe un autoritarismo sin racialización; ambos están profundamente conectados.
Por otro lado, la democracia es colonial. Este es un hecho que apenas se discute en Guatemala y muy poco en América Latina. Afirmamos que la democracia es colonial porque, en su nombre, se ha despojado a los pueblos indígenas de forma permanente. Por ello, antes de asumir que Guatemala simplemente “necesita ser democrática”, debemos cuestionar los fundamentos coloniales de ese sistema.
Pero no lo podemos pensar en este momento. ¿Por qué? Porque este país ni siquiera está aceptando la democracia; porque los grupos de poder, en alianza con el Norte, están pensando que la manera de funcionar más útil en este tiempo no es a través de la democracia. Entonces decimos: «vamos a defender la democracia aunque le dé la espalda a los pueblos». Pero ese es un pensamiento de emergencia; es un pensamiento coyuntural necesario para el momento específico, pero no anula el hecho de que la raíz de la democracia es colonial.
Entonces, al analizar sus fundamentos coloniales, nos lleva a pensar en otro modelo político de existencia. Y entonces ahí pensamos en los modelos antiguos ¡Que no estamos pensando en modelos puros, sino que estamos pensando en otras formas de vida! Porque la democracia tiene solo 200 años, pero la forma de vida de los pueblos en muchos lados del mundo y en lo que ahora es Abya Yala (en referencia a lo que se conoce como el continente americano), los pueblos tienen otras formas políticas. Y además de tener otras formas políticas, tienen otras filosofías o cosmovisiones; tienen otras maneras de hacer, tienen otras maneras de relacionarse, tienen otras formas de crear la vida y de enfrentarse a múltiples problemas.
P. ¿Qué desafíos suelen encontrar como autores y generadores de conocimiento en un país en donde dominan editoriales fuera de los territorios y el costo de publicaciones es muy grande?
R. Nosotros siempre hemos soñado con editoriales de los pueblos originarios, imprentas de los pueblos originarios que nos permitan publicar.
Yo dejé de publicar en un centro de investigación porque me requirieron una publicación de un amicus curiae que yo ya había hecho; y al enviarlo, me dijeron que no tenía la calidad para publicar. Y ese amicus curiae había servido para un caso. Entonces decidí no publicar en esas instancias y así publicar en otros lados. No cualquier editorial le publica a las personas indígenas. Entonces, en este caso, hemos hecho un vínculo con Tujaal Ediciones, una editorial muy pequeña que comprende la necesidad de publicación, pero que también tiene otra particularidad: es una editorial muy rigurosa y rechaza la mediocridad en la publicación. Y eso es muy importante, porque tampoco podemos permitirnos hacer producciones mediocres, mal cuidadas; en lo personal y en el colectivo tampoco nos podemos permitir eso.
En este último libro tuvimos la fortuna de contar con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll Stiftung Centroamérica. Eso fue importante para imprimir, porque el pensamiento lo habíamos hecho ya en discusiones de muchos años con los colegas que forman parte de esta pequeña comunidad. Ese empujoncito sirvió para publicar.

P. ¿Qué investigaciones de largo plazo son urgentes y no se están haciendo?
R. Son necesarias las investigaciones en todos los campos. Yo sueño con centros de investigación o «pluriversidades» donde podamos pensar cómo vivir mejor con menos. Nuestros pueblos necesitan pensar su salud, su alimentación, sus filosofías de vida y formas organizativas que no sean más el Estado; formas de relacionamiento que no sean más el capitalismo y que no estén marcadas por la jerarquía y el despojo que generan el racismo, el sexismo y la clase social. Podemos pensar, soñar, ensayar, proponer. Pero, claro, ¿dónde hacerlo? Si en este país, terriblemente colonial y de élites ricas e idiotas, no se puede ni pensar en una universidad estatal, mucho menos en una maya.
P. ¿Cómo debe ser el horizonte para fortalecer e incrementar la generación de conocimiento desde el pensamiento de los pueblos indígenas¿
R. Algo que no se hace en Guatemala es la generación de escuela de pensamiento. Lo voy a decir de esta manera porque, antes que nosotros, que ya pasamos los 50 años, hubo una generación que dejó cosas muy importantes que nosotros mismos utilizamos, como por ejemplo el análisis del racismo. Hubo personas que pensaron antes que nosotros, pero no hubo escuela de pensamiento entre los mismos mayas. Acción política sí ha habido, pero generación de pensamiento y escritura de ese pensamiento ha sido poca, y está ocurriendo lo mismo en esta generación.

Foto: Edwin Bercián
Voy a decir otra cosa: cuando piensan que los pueblos indígenas u originarios no pensamos, realmente forma parte de la mirada colonial que otra vez nos ve solo como aquellos que hacen con su cuerpo, pero no con la cabeza. Una terrible separación, pero nosotros vemos en los códices, en el Popol Vuh, en el Memorial de Sololá, en el Chilam Balam… ahí hay una generación de pensamiento. Nuestros antecesores, antecesoras, siempre han pensado, porque pensar es importante para existir. Toda persona que se pregunte «¿por qué existo?», «¿por qué esto es así y no de otra manera?», «¿por qué tiene que haber formas de dominación?», «¿por qué no puedo vivir de otra manera?», está buscando transformar su realidad. Todo aquel que cuestiona su realidad para transformar está haciendo una acción política importante; está pensando y está haciendo. Y eso es un poco de lo que nosotros queremos.