NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

Margarita Castro junto a otras traabjadoras de casa particular, protestan frente al congreso el 26 de agosto de 2025. Foto/Edwin Bercián

La niña que pastoreaba ovejas

Margarita Castro trabajó por más de 50 años como trabajadora en casa particular, muchos de ellos como interna. En miles de hogares de Guatemala, trabajadoras de casa particular viven diariamente expuestas a largas jornadas de trabajo, salarios muy por debajo del mínimo, contratos inexistentes y asignaciones que terminan hasta que ya no queda nada más que hacer. En este contexto, aprender a reclamar no solo significa saber de sus derechos, sino también, arriesgarse a perder su empleo con tal de romper años de silencio y abusos normalizados.

Durante mucho tiempo, Margarita trabajó limpiando  sin horario, sin contrato y sin saber que podía reclamar. Las jornadas extensas, los salarios precarios, la discriminación y las tareas, que se multiplicaban más allá de lo acordado, convirtieron su experiencia en una voz de referencia para otras trabajadoras de casa particular, que hoy buscan defender sus derechos de los abusos de empleadores.

Conocí a Margarita un 26 de agosto de 2025, frente a la sede del Congreso. En esa ocasión se encontraba junto a decenas de mujeres trabajadoras de casa particular de distintas organizaciones. Exigían al congreso la ratificación del convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que fortalecería el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras de ese sector, al establecer una base legal más clara para exigir salario justo, jornadas reguladas, descanso, seguridad social y protección frente a abusos.

Portaba una gorra blanca que la cubría del sol mientras sostenía una manta con las consignas que exponían la importancia de sus derechos. Un pañuelo naranja con nudo al frente cubría la parte de atrás de su cuello, y una playera blanca sobre su blusa llegaba a su huipil  Algunos periodistas que cubren la fuente del organismo legislativo abordaron aquel pequeño grupo de mujeres en busca de una representante que pudiera dar declaraciones. Todas vieron a Margarita y de inmediato las grabadoras y teléfonos celulares se dirigieron hacia ella.

”Somos una gran mayoría que trabajamos por mes en las casas, más que todo en la capital. Necesitamos el convenio porque nos favorece, no tenemos horario, no tenemos contratos por escrito. Necesitamos una ley que nos favorezca, porque somos una gran cantidad de mujeres inmigrantes internas” indicó en esa ocasión a los medios.

Margarita Castro acude a una protesta el 26 de agosto de 2025 para exigir la ratificación del Convenio 189 de OIT. Foto/Edwin Bercián
Margarita Castro acude a una protesta el 26 de agosto de 2025 para exigir la ratificación del Convenio 189 de OIT. Foto/Edwin Bercián.

Reflexionó también sobre las injusticias que muchas trabajadoras del hogar sufren, también sobre cómo algunos empleadores imponen más atribuciones que no estaban definidas al iniciar la relación laboral. “Cuidar niños, cuidar adultos mayores. Llevar a los niños a la escuela, cocinar y aparte de eso, ver todo lo de una casa, para que aún así no paguen lo digno”, exponía Margarita con total seguridad en sus palabras, mientras sus compañeras de protesta la veían.

Actualmente en términos generales, el Centro de Apoyo para las Trabajadoras de Casa Particular (Centracap), ha identificado rangos de salarios aproximados que oscilan entre Q800 y Q2,500 mensuales, especialmente en el caso de trabajadoras por mes, aseguró Zulma Rivera, representante de la organización.

La nostalgia de recordar

La historia de Margarita, una mujer maya K’iché de 74 años, es como la de muchas otras mujeres que sostienen hogares ajenos y a su vez, luchan por el reconocimiento de sus derechos.

Llegó a la ciudad capital cuando tenía 18 años en 1970, sin saber leer ni escribir.  Actualmente es vicepresidenta del Centro Centracap, organización fundada en 1989 para defender los derechos laborales de trabajadoras de casa particular.

Durante una entrevista en octubre del año pasado, en la sede a la que apoya Margarita y de la que es fundadora, me cuenta cómo ha sido su experiencia en más de treinta años de trabajar por mes en los hogares. 

El día para Margarita iniciaba a las cinco de la mañana. Debía levantarse antes que todos para preparar el desayuno de los dueños de la casa donde trabajaba. Los niños iban al colegio, los adultos al trabajo, todo tenía que estar listo antes que amaneciera. 

Luego venía la limpieza, la ropa, la cocina, los trastes y el ir y venir dentro de una casa. Por la noche aún faltaba servir la cena, recoger la mesa, lavar lo último, y dejar la cocina limpia. Si se apresuraba terminaba a las ocho y media o nueve. “Trabajando por mes no hay horario”, resume Margarita, quien ha trabajado en distintas casas y en distintas zonas de la capital.

Margarita camina por los pasillos de Centracap, luego de atender a una persona en la puerta de la organización. Foto/Edwin Bercián
Margarita camina por los pasillos de Centracap, luego de atender a una persona en la puerta de la organización. Foto/Edwin Bercián.

El trabajo se multiplica en las casas grandes y con familias numerosas. Algunas compañeras, dice Margarita, tienen que esperar a las nueve de la noche o más a que llegue el patrón y darle de cenar. Otras no pueden dejar nada pendiente para el día siguiente, aunque estén cansadas. O si no, deben levantarse aún más temprano de lo habitual.

Los domingos, su único día libre, tampoco es siempre de descanso. Margarita recuerda que en algunos trabajos solo la dejaban salir cuando ya tenía los platos limpios del almuerzo del domingo.

Antes de la ciudad

Antes de convertirse en una figura defensora que insiste en hablar de salario, horario y trato digno, Margarita fue una niña que pastoreaba ovejas en las montañas de Totonicapán. Creció en la aldea Vásquez, una comunidad rural que se encuentra en una zona de alta elevación, y donde los bosques comunales eran parte de su entorno.

Su infancia transcurrió entre la pobreza, el trabajo y la falta de establecimientos de educación pública. Margarita recuerda esos años con nostalgia, sobre todo por lo que no tuvo.

Su madre murió joven y su padre volvió a formar una familia. Ella, por ser la mayor, atendía y cuidaba a sus hermanas y hermanos menores. A ninguno de ellos sus padres pudieron darles estudio.

En una ocasión, cuando su abuela notó que Margarita estaba creciendo, le dijo que no siguiera en el campo y que mejor aprendiera a limpiar casas, hacer comida y lavar ropa.

Este hecho, como el caso de muchas niñas y adolescentes en Guatemala, trazó su destino, dejar su infancia para empezar a prepararse y servir en casa de otros.

De sus dos hermanas de padre y madre, una también empezó desde muy joven a trabajar en hogares, otra cuenta, se casó a los 17 años, ambas huyendo de la mala vida que su madrastra les daba.

Margarita salió a buscar su primer trabajo a Quetzaltenango. Anduvo perdida por el mercado de Xela sin saber qué hacer, cuando una mujer le habló en idioma K’iché y le preguntó qué buscaba. “Ando buscando trabajo” respondió ella. Y así cuenta, empezó su camino marcado por la necesidad y desorientación.

350 mil empleadas del hogar con un ingreso promedio de 1200 quetzales

De acuerdo con estimaciones del Ministerio de Trabajo, basadas en la ENEIC 2-2025 y la ENCOVI 2023, en Guatemala hay casi 350 mil (344,787) personas dedicadas al trabajo doméstico o de casa particular. El 95.4% son mujeres y solo el 1.4% está afiliado al IGSS.

De acuerdo al comunicado del Mintrab, para 2023 se estima que el 52.9% de las personas ocupadas en el trabajo del hogar se encontraba en condición de pobreza, de las cuales 11.0% correspondía a pobreza extrema. Actualmente el ingreso promedio mensual de quienes laboran en casas es de Q.1,230.2, lo cual representa apenas alrededor del 33.0% del salario mínimo no agrícola (Q.3,723.1).

Margarita resalta la importancia del trabajo de casa particular, un trabajo que permite que otras personas puedan salir a sus oficinas, instituciones o empresas. Desde su experiencia también ha sido testigo de una verdad incómoda para muchos empleadores. Muchas de las compañeras ganan muy por debajo del salario mínimo. “Algunas reciben salarios de 1600 o 1800 quetzales al mes, si no pueden pagar el salario mínimo que contraten por día”, dice.

Está realidad en donde se entrega el tiempo, el descanso y la posibilidad de una vida propia, hacen que Margarita insista en que la mayoría de mujeres que trabajan en casa particular por mes o por día, son mujeres que llegaron de otros departamentos del país. “Muchas dejan hijos e hijas en sus comunidades, mandan dinero a padres mayores o sostienen familias a distancia” señala.

Llegar sin saber leer

Margarita llegó a la ciudad cuando tenía 18 años, no sabía leer ni escribir. No conocía ni una sola letra y tampoco entendía bien el español. “A puro trancazo aprendí lo que me decían en español” dice ahora, con un tono de humor.

Viajó en un bus de la empresa Galgos hacia una ciudad desconocida, la recogió el esposo de una mujer con quien trabajaría en una casa de zona 11.  Margarita ha conocido a muchas familias y en todas la misma lección “En las casas particulares, el trabajo no se acaba cuando se cumple una hora, sino cuando ya no queda nada más que hacer” describió Margarita como parte de sus vivencias.

Este trabajo, explica Margarita, “no es una sola tarea sino muchas”. Las trabajadoras de casa particular limpian, cocinan, lavan, planchan y en muchas ocasiones cuidan niños, preparan loncheras, atienden visitas, resuelven pendientes. “Una hasta la hace de maestra” dice.

Margarita Castro conforma un grupo durante el desarrollo del taller de empoderamiento, impartido en Centracap. Foto/Edwin Bercián
Margarita Castro conforma un grupo durante el desarrollo del taller de empoderamiento, impartido en Centracap. Foto/Edwin Bercián.

Lo más doloroso, menciona, es que a pesar de que los empleadores ven el alto volumen de trabajo, en ocasiones reclaman por las tareas que faltan. “No es que uno esté enamorada, como dicen algunos burlándose, es porque una no se da abasto”, comenta. 


La vez que reclamó

A principios de 1989, recuerda que trabajó en una casa donde en varias ocasiones la amenazaron con pegarle. El problema podía ser mínimo, como el volumen de una pequeña radio que ella escuchaba en la cocina mientras la familia veía televisión en la sala de estar. “Yo creía que así eran todas las casas, que eran ellos quienes tenían la razón”, me explica.

Hubo otras casas donde la trataron mal. En una de ellas, después de completar el mes, no le pagaron lo que debían. Hizo sus cuentas y supo que faltaba dinero. En esa ocasión decidió hacer algo distinto. Fue a la inspección de trabajo a preguntar cuánto le tocaría recibir. Volvió con una pequeña hoja a enfrentar a la empleadora.

La sorpresa de aquella persona, recuerda Margarita, no fue solo que reclamara, sino que hubiera acudido a una institución para pedir exigir sus derechos. “¿Quién te dijo eso, vos?”, le dijo la empleadora al ver la hoja de cifras adeudadas.

Esta pequeña batalla ganada le enseñó a Margarita que podía reclamar. Cambió su forma de mirar las cosas. Empezó a entender que lo que vivía no era normal. Que no era justo que le pagaran menos porque le daban vivienda y comida, justificación adoptada por muchos empleadores para dar salarios bajos y jornadas extenuantes.

Meses después se unió a Centracap, organización formada en 1989, durante los años del conflicto armado interno, y una de las primeras organizaciones en Guatemala pensadas para trabajadoras de casa particular. Margarita encontró un lugar para aprender y nombrar lo que estaba pasando.

Al inicio, recuerda, se reunían donde podían, en la calle, en parques o en la casa de alguna compañera. Muchas solo tenían libre el domingo, por lo que reunirse ya era una forma de resistencia.

Trabajadoras de casa particular participan en un taller de empoderamiento, el 5 de octubre de 2025, impartido por Centracap. Foto/Edwin Bercián.

Con el tiempo empezaron a recibir talleres, a hablar de derechos humanos y a aprender sobre las prestaciones que tenían derecho, muchas de ellas, según Margarita, habían sido engañadas por sus patronos diciéndoles que el Bono 14 y Aguinaldo eran lo mismo” indica.

Cada año, aproximadamente entre 150 y 200 trabajadoras participan en espacios formativos de capacitación orientados al empoderamiento, conocimiento de derechos, liderazgo y desarrollo de habilidades, que incluyen cursos sobre derechos humanos y laborales, educación financiera, prevención de violencia basada en género, fortalecimiento organizativo, formación de lideresas y formación en incidencia política, que contribuye a que las trabajadoras se reconozcan como sujetas de derechos y agentes de cambio.

Aprender juntas

Conforme pasó el tiempo, Margarita conoció a otras mujeres con historias similares o peores. Mujeres que habían trabajado veinte años en casas particulares. Que habían aguantado regaños, humillaciones e insultos por miedo a quedarse sin empleo. 

El acompañamiento, que Centracap brinda a aproximadamente 300 trabajadoras al año, responde a diversas problemáticas que han identificado, como despidos injustificados, falta de pago de salario, violencia laboral entre otras. Todo el apoyo a través de asesorías legales, orientación laboral, atención psicosocial y procesos de incidencia.

Casos como el de una persona que Margarita recuerda, que fue despedida en horas de la noche sin tener adonde ir y a quien por muchos años, le prohibieron hablar en su idioma materno y usar su indumentaria. Mujeres a quienes llamaban “las muchachas, las sirvientas, las indias, o les repetían que no entendían nada”, menciona Margarita.

Otras compañeras se acercan a ella para preguntarle cuántas horas debería trabajar en ley, qué hacer cuando las despiden sin justificación o cómo reclamar lo que les corresponde. Margarita escucha, orienta y comparte lo aprendido con otras mujeres, a pesar de que hubo un tiempo en que no sabía nada de eso. “En aquellos años no conocía mis derechos”, recuerda. 

Para Margarita compartir lo aprendido es una obligación. “Busco que mis compañeras no pasen lo que yo pasé” indica.

Talleres de liderazgo son recibidos por trabajadoras de casa particular durante un taller impartido en Centracap el 5 de octubre de 2025. Foto/Edwin Bercián
Talleres de liderazgo son recibidos por trabajadoras de casa particular durante un taller impartido en Centracap el 5 de octubre de 2025. Foto/Edwin Bercián.

Lo que quiere Margarita

Margarita habla con total seguridad del Convenio 189, razón por la que ha luchado desde hace años con insistencia para que las obligaciones queden claras en un contrato escrito, antes de aceptar un empleo. Lo que existe, explica, suele ser apenas un acuerdo verbal entre empleada y empleador.

Hoy, después de tantos años, cursa sexto primaria. Quiere aprender a leer y escribir fluidamente, como una compañera de la junta directiva que actualmente está en diversificado, su más cercana referencia y fuente de motivación para continuar los estudios básicos, asegura.

Margarita es madre adoptiva de la hija de una hermana que falleció y dejó a la niña cuando tenía ocho años. “A ella logré sacarla adelante”, dice con orgullo. La niña terminó un técnico universitario y hoy trabaja en un call center.

Margarita recoge sus cuadernos al finalizar sus clase, cursa el sexto grado y estudia los domingos. Foto/Edwin Bercián
Margarita recoge sus cuadernos al finalizar sus clase, cursa el sexto grado y estudia los domingos. Foto/Edwin Bercián.

El recordar todo lo caminado por la vida hace que Margarita tome fuerza para continuar en la lucha de los derechos de las mujeres, sabe que muchas de las cosas que vivió fueron injustas pero no quiere quedarse solamente con el dolor. “Siento que he logrado algo de mi lucha por los derechos de las trabajadoras, lo que queremos es que nos traten con un salario y horario justo”.

Margarita aún disfruta escuchar la radio y estar al tanto de los temas políticos. A veces, al recordar lo vivido le da cierta risa, no porque haya sido fácil, dice, sino porque sobrevivió a ello. La niña que pastoreaba ovejas en Totonicapán, es hoy también una dirigente que acompaña a otras.

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