NARRATIVA – INVESTIGACIÓN – DATOS

Miguel Oxlaj

Miguel Oxlaj: “Escribir en idioma originario es un acto político y temerario, pero necesario”

“Las lenguas no son sólo vehículos de comunicación: son los contenedores del pensamiento de un pueblo. Por lo tanto, al comunicarnos y al crear una propuesta literaria, aunque no exista la intención explícita de presentar un manifiesto político dentro del texto, este ya va implícito”.

Miguel Oxlaj, autor de libros en idioma kaqchikel, comenzó a preguntarse desde pequeño lo que significa la palabra desigualdad. Lo hacía mientras escuchaba conversaciones de su padre con los ancianos de su pueblo, quienes hablaban de política. No eran conversaciones vacías o al aire: eran reflexiones sobre las decisiones autoritarias de los políticos de aquellos años y cómo estas afectaban sus vidas. Lo hacían mientras caminaban de regreso de sus labores en el campo, de trabajar la tierra,  de sembrar maíz y frijol, o mientras cuidaban la milpa o la cosechaban.

Desde aquellos años, Oxlaj conoció de cerca la dureza de los gobiernos. Su primera escuela de historia fueron aquellas pláticas sobre Manuel Estrada Cabrera, Lázaro Chacón González y, principalmente, el recuerdo de uno de ellos: Jorge Ubico, quien implementó la Ley de Vialidad y de Vagancia, por la cual obligaban a trabajar a las personas sin pagarles. Años más tarde, Miguel tuvo en sus manos la libreta de jornalero de su abuelo. En esas páginas quedaba constancia de los días de trabajo no remunerado que aún “debía” a las fincas; también había registros en los que el padre de Miguel, siendo apenas un niño, iba a la finca a ayudarle a sacar una tarea por la que jamás les pagaron.

Había una impunidad que se repetiría, décadas después, con el servicio militar obligatorio durante la guerra interna en Guatemala. Entonces comprendió que lo que vivían las poblaciones indígenas nunca fue simple pobreza, sino un empobrecimiento sistemático: un despojo diseñado para beneficio de unos pocos a costa del sufrimiento de los pueblos indígenas.

A Oxlaj lo marcó su niñez al relacionarse con personas que narraban la situación sociopolítica de Guatemala, y la conoció de primera mano por los relatos de los mayores de la comunidad, quienes no solían ser los afectados directos de los abusos.

Para él, crecer en Chixot, el nombre ancestral de San Juan Comalapa, Chimaltenango, significó ver de cerca el conflicto armado. Se preguntaba por qué aquella presencia de militares en las comunidades o por qué en lugar de bibliotecas instalaban un destacamento militar. Estas y otras interrogantes le rondaron en la cabeza durante muchos años. Cuando de joven logró ingresar a la universidad, intentó buscar respuestas y lo que obtuvo fueron más preguntas. Había nacido en él un vacío: la historia oficial y la literatura tradicional simplemente no hablaban de su comunidad ni de lo que él había visto y escuchado en su niñez.

Al no encontrar respuestas, decidió que quería escribir aquello que desde niño le generaba consternación y que poco o nada había cambiado para los pueblos indígenasa lo largo de los años. En 2007 ganó el premio de literaturas indígenas B’atz’ y, desde entonces, no ha parado de escribir.

El escritor maya Miguel Oxlaj muestra una de sus publicaciones mientras conversa sobre su trayectoria literaria. Foto/Edwin Bercián
El escritor maya Miguel Oxlaj muestra una de sus publicaciones mientras conversa sobre su trayectoria literaria. Foto/Edwin Bercián

Sus textos de poesía, novela y cuento han recibido múltiples reconocimientos a nivel internacional. En 2023, los organizadores y curadores de The Americas Poetry Festival of New York lo distinguieron como Poeta del Año. En 2024, recibió la distinción de Miembro Titular de la Academia Tomitana en Rumania por su prestigiosa actividad literaria y cultural; entre tanto, la Fundación Mihai Eminescu y la Academia Internacional Mihai Eminescu, de Rumania, lo nombraron embajador cultural por su trabajo literario entre diferentes culturas. 

Es, además, uno de los impulsores de la Wikipedia en kaqchikel, k’iche’ y q’eqchi’, en la que utilizan las plataformas digitales para impulsar el uso de tres idiomas mayas en Guatemala.

En esta conversación, hablamos sobre cómo se resiste y se combate el racismo literario desde la producción de textos en idiomas indígenas, y sobre cómo se entiende la vida desde una raíz distinta. Por medio de las reflexiones de Miguel Oxlaj, el diálogo explora los desafíos de escribir y publicar en idioma kaqchikel frente a un mercado dominado por el español, el peligro de que la lógica maya sea “españolizada” en busca de validación occidental y la urgencia de rescatar los idiomas originarios mediante la lógica de su pensamiento y de sus saberes ancestrales, capaces de responder desde su propia perspectiva a las crisis actuales de la humanidad.

P. ¿Qué le llevó a escribir y sobre todo desde esa visión totalmente distinta, desde su idioma materno?

R. Yo recuerdo a muchos abuelos, personas ya grandes que eran amigos de mi papá. Cuando regresábamos de trabajar del campo, venían platicando; pero no hablaban de chistes o cosas así, sino de la situación sociopolítica que les había tocado vivir. Siempre decían: “En el tiempo de tal presidente nos tocó vivir esto; en el tiempo de tal otro, pasó esto y aquello”.

Y uno empezaba a preguntarse por qué. ¿Por qué eran llevados a las fincas y obligados a trabajar? Yo tuve en mis manos la libreta de jornalero de mi abuelo, donde decía cuántos días debía todavía en X año para tal finca; es decir, ¡todavía debía trabajo! Y cuántos días ya había hecho, con cuántos ya había cumplido… Todo eso era sin paga.

Y ese es el modelo económico que quieren seguir implementando ahora -trabajar, pero sin pagar- los abuelos y bisabuelos de los que se oponen al salario mínimo y a todo lo demás. Son ellos, porque así ha sido su forma de vida, y nuestra gente ha sido la que ha pagado los platos rotos.

Todas esas cosas eran cotidianas para nosotros. En su momento, pensé que estudiando un poco más iba a encontrar respuestas, pero resulta que pasé por distintas aulas, en la universidad son pocos los libros que hablan sobre eso; casi no hay. Recientemente, por supuesto, han surgido escritores como Edgar Esquit o Aura Cumes, entre otros, que han hecho propuestas desnudando la realidad en la que han vivido los pueblos, pero antes de ellos había muy poco. Yo pensaba: “Seguramente al estudiar voy a encontrar esas respuestas”, pero no; las preguntas continuaron ahí y uno, poco a poco, fue atando cabos.

20072026 Entrevista escritor Miguel Oxlaj.JPG El escritor maya Miguel Oxlaj comparte su visión sobre la escritura y la preservación de la memoria desde la literatura. Foto/Edwin Bercián
El escritor maya Miguel Oxlaj comparte su visión sobre la escritura y la preservación de la memoria desde la literatura. Foto/Edwin Bercián

De ahí surgió la escritura. Al principio me cuestionaba: hay un texto, un poema… ¿pero será que esto es realmente un poema? Porque los que leíamos cuando estábamos en básicos eran de otra manera. O las historias que leíamos en la escuela, eran distintas a lo que yo estaba escribiendo. Me preguntaba si serviría, si sería literatura o qué dirían los demás. Nunca hubo en mí la intención consciente de decir: “Yo sueño con ser escritor”. Más bien se dio por otras razones, por la necesidad de llenar un vacío: el de no encontrar las historias de mi comunidad en la escuela.

P. ¿Cómo describiría su evolución como escritor, desde sus primeros textos hasta su obra más reciente? 

R. La evolución más importante es sobre qué me está gustando escribir. Hace unos días tuve una plática con unos estudiantes que habían leído dos textos míos; precisamente, uno de ellos hizo un comentario sobre eso y me dijo: “Veo que en este texto Guardián del bosque has cambiado mucho: ahora vas directo al grano, usas pocas palabras y escribes textos más breves”.

Por otro lado, yo sueño con que en algún momento nazcan y se formen críticos literarios en lenguas indígenas. Anhelo que lean, desmenucen mis libros y me digan: “Mirá, vos, aquí tenés faltas de ortografía en kaqchikel”. Es algo que esperaría que suceda en el futuro, pero que lamentablemente hoy en día no se está dando.

P. Escribir desde y en idioma kaqchikel es un acto profundamente identitario y político. ¿Qué desafíos enfrenta al plasmar su visión del mundo en su idioma materno frente a un mercado literario que suele priorizar el español?

R. Esa pregunta la he intentado responder de diversas formas. Hace muchos años, alguien me dio un dato estadístico y me dijo: “Mira, aquí en Guatemala lee por hábito X cantidad de personas; pero, de ese total, ¿cuántas están alfabetizadas en idiomas mayas? Entonces, ¿para quién estás escribiendo? ¿Por qué insistir en escribir en idiomas mayas sabiendo que nadie te va a leer?”

Creo que insistir en escribir en nuestros idiomas es un acto político y rebelde; es escribir a contracorriente, en contra de la hegemonía de las lenguas dominantes. Cada verso que se escribe en un idioma originario es una bala por la libertad.

Es muy fácil acomodarse a la lengua madrastra, la lengua que nos obligaron a aprender y en la que recibimos nuestra formación: en la primaria, el ciclo básico, el diversificado, la universidad, donde sea. Podríamos decir que, al estar formados en esa lengua, podemos adoptarla también como lengua literaria y pensar: “Bueno, la puedo utilizar”, lo cual es completamente válido. Sin embargo, escribir en la lengua originaria sigue siendo un acto temerario, pero sumamente necesario.

Y sí, efectivamente el público no es muy grande. En mi caso, soy autodidacta en kaqchikel; es decir, soy hablante materno, pero ser hablante no hace automáticamente que sepa escribirlo y leerlo. Lo mismo ocurre con cualquier idioma.

He visto a muchas personas que intentan leer en kaqchikel, pero consultan la versión en español para ayudarse a comprenderlo; aunque, muchas veces, ni siquiera se hace ese esfuerzo. A pesar de saber que una obra es bilingüe, vamos directamente al español porque es más cómodo y sencillo. Y si el lector lo hace, ¿por qué no lo haría el escritor? Es decir, resulta más fácil de esa manera. Sin embargo, sigue siendo urgente hacerlo en nuestra propia lengua, porque nuestros idiomas cada vez están más cerca de un punto de no retorno.

P. El idioma no es solo una herramienta de comunicación, sino una estructura completa de pensamiento. ¿Cómo se refleja el pensamiento político y la resistencia desde el idioma kaqchikel en su propuesta literaria?

R.  A lo mejor yo no sería la persona indicada para responder esa pregunta; tendrían que hacerlo quienes leen mis textos. Muchas veces no hay una intencionalidad per se al escribir un texto, un deseo consciente de decir esto o aquello.

Resulta que estaba escribiendo y la idea brotó así; es parte, digamos, de las vivencias cotidianas. Obviamente hay una reflexión detrás, pero lo que sí es cierto es que resulta evidente la propuesta política que anida en el pensamiento de los pueblos: una contrapropuesta a la visión hegemónica.

Cuando nos acercamos al pensamiento de las otredades, a las otras visiones del mundo, descubrimos que tienen otras formas de resolver sus conflictos y de abordar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Todo eso, la mayor parte de las veces, anida dentro de los idiomas. Las lenguas no son sólo vehículos de comunicación: son los contenedores del pensamiento de un pueblo.

Por lo tanto, al comunicarnos y al crear una propuesta literaria, aunque no exista la intención explícita de presentar un manifiesto político dentro del texto, este ya va implícito. Surge desde la comunidad; nace desde ese otro espacio en el que hemos sido invisibilizados, ninguneados, racializados y discriminados. Evidentemente, hay un esfuerzo.

P.  Frente a las complejas dinámicas sociopolíticas de Guatemala, ¿cuál considera que debe ser la responsabilidad o el papel activo del escritor y pensador?

R. No se trata de encasillarlos, enmarcarlos o incluso estereotiparlos, tampoco de obligarlos a escribir en un sentido o en otro. Cada quien conocerá sus procesos; cada quien sabrá su contexto y cuál es el objetivo por el que escribe. Conozco a una escritora que publicó un libro hace poco; cuando lo presentó, dijo que siempre había soñado con ser escritora, que era su gran anhelo y que estaba muy contenta.

Yo nunca soñé con ser escritor. Nunca me dije: ¡Esto es lo que quiero hacer! Fueron otras circunstancias las que me obligaron a sentarme a escribir. Muchas veces la impotencia y las preguntas que no tienen respuesta te empujan a buscar salidas; de pronto, no tanto para resolver esas interrogantes, sino para sanar.

Creo que el escritor o la escritora indígena, si es consciente de que formamos parte de un pueblo que ha sido racializado, sabrá qué escribir y cuál será su postura política desde las letras. Sin embargo, también es cierto que hay muchos autores en este momento que no logran dimensionar las implicaciones que tiene ser un escritor indígena.

Yo no podría generalizar sobre cuál debe ser ese rol, pero sí puedo hablar por mí: escribo porque de niño viví en un contexto de mucho empobrecimiento. Y no digo “pobreza”, porque la pobreza es muy diferente al empobrecimiento; nosotros fuimos empobrecidos. Yo siempre tenía dudas sobre eso, le preguntaba a mi papá y él me daba respuestas a veces difusas, a veces muy certeras, pero esa búsqueda fue la que en su momento me hizo escribir.

Además, crecí en un pueblo durante la época del conflicto armado interno. En mi entorno no había una biblioteca, pero sí un destacamento militar; no había libros en las casas, pero salías a la calle y veías soldados y jeeps de guerra. Eso te obliga a cuestionarte: ¿de dónde viene esto, cómo surge y por qué? Y más cuando, por otro lado, te dicen que hay que aceptarlo porque es la voluntad de Dios. Yo tengo derecho a cuestionar eso, y es lo que planteo desde mi espacio.

Miguel Oxlaj revisa algunos de los libros que ha publicado a lo largo de su trayectoria como escritor. Foto/Edwin Bercián
Miguel Oxlaj revisa algunos de los libros que ha publicado a lo largo de su trayectoria como escritor. Foto/Edwin Bercián

Pero también respeto la posición de las demás escritoras y escritores indígenas que quizás se alejen o que escriban desde otras perspectivas, que también pienso que en este momento es válido; pero de que puede haber una responsabilidad o una corresponsabilidad, yo creo que sí. Y pues creo que, leyendo a estas escritoras, a estos escritores, podemos darnos cuenta el nivel, digamos, de compromiso que se tenga o que no se tenga.

P. Históricamente Guatemala ha folclorizado a los pueblos originarios y también ha silenciado su conocimiento. ¿Al escribir y producir pensamiento en kaqchikel su literatura es un acto directamente contra el racismo en Guatemala?

R. Creo que escribir desde los pensamientos de los pueblos se convierte en un acto de resistencia y que desafía el racismo, sencillamente porque se ha naturalizado el hecho de que nuestra gente, nuestras hermanas, nuestros hermanos sirvan únicamente para tareas domésticas, para trabajar en el campo, para acarrear cosas en el mercado, para este tipo de cosas; o sea, como que es natural verse así, y el statu quo nos dice que está muy bien si sigue así. Pero históricamente sabemos que nuestros, nuestras abuelas y abuelos fueron esclavizados, fueron explotados; y, entonces, todo el conocimiento de ellas y ellos, en algún momento, se quedó guardado, resguardado. Muchas de ellas pensaron: “Esto no sirve, no tiene valor”. Y entonces tal vez 300, 400, 500 años después venimos nosotros a decir que esto tiene un valor profundo para la humanidad; es decir, ni siquiera solo para nosotras y nosotros.

Estamos diciendo que el conocimiento de nuestras abuelas y abuelos es tan importante como cualquier otro conocimiento y puede dar respuestas a las múltiples crisis que está viviendo la humanidad en este momento. De eso se trata, simplemente.

Entonces, cuando hacemos esto desde nuestros idiomas, desde nuestros contextos, desde nuestras lenguas, desde nuestro pensamiento, definitivamente estamos desafiando el racismo; estamos haciendo una propuesta rebelde, una propuesta contracorriente, una propuesta que desafía el statu quo, que desafía lo que se ha naturalizado y se da por hecho, y que no necesariamente tiene que ser así.

P. ¿Cómo combate desde su escritura esa validación externa?

R. Hace algunos días leí un artículo de Juan Rulfo, bueno, debió escribirlo hace 40 años, no sé, pero era como una serie de consejos para escribir historias. Y, bueno, definitivamente nosotros estamos en otro, en otro espacio. Creo que muchas veces el escritor indígena siempre va a buscar la validación, digamos, del pensamiento occidental para su literatura.

Y esto es normal, sencillamente porque nuestra formación ha sido en el pensamiento occidental; es decir, nuestra formación escolarizada ha sido en el pensamiento occidental y lo que se aprende en la escuela, en la universidad, tiene prestigio, se relaciona con lo bueno, con lo útil, con lo científicamente válido. Y, en tanto que lo nuestro, muchas veces no se relaciona de esa manera; es decir, no se hace la misma correlación. Por ejemplo, la literatura occidental: los textos llanos, los textos cortos, breves, digamos, son los mejores; poesía en métrica, con rimas; incluso la poesía a verso libre tiene sus reglas.

Pero nosotros procedemos de un pensamiento diferente y la estructuración de nuestro pensamiento es diferente. Cuando yo escucho al cholonel (un cholonel es un intermediario ceremonial o portavoz entre algunos pueblos mayas) con su discurso, diciendo muchas cosas y redundando en esto, como en palabras de Miguel Tum Ajcot, lleva flores en la garganta, uno se queda así, cómo sí, sí, sí. Es así como nosotros pensamos; es así como está estructurado nuestro pensamiento.

¿Qué hago entonces? Es un dilema, ¿Sigo el pensamiento occidental o la estructura de mi pensamiento maya para escribir? ¿Voy a buscar la validez de la acción occidental?

Seguramente muchos no leen las literaturas indígenas porque cuando hay una traducción al español, a mí me ha pasado que traduzco mucho al español, intento ser fiel a mi texto en kaqchikel. Pero eso en el español no funciona bien, porque el español tiene una estructura diferente. Entonces, a veces estoy en el dilema de decir: bueno, ¿lo hago como se diría en español, de una forma más llana, más clara, o sigo intentando buscar el apego al texto original?.

Yo tuve una experiencia hace unos 10 años. Estábamos promoviendo la publicación de un libro, una antología con escritores, poetas kaqchikeles, y pues nos reunimos y solicitamos los textos; éramos 13 personas. Pero había un abuelo de Patzún que, cuando pusimos la cañonera y leímos sus textos, todos decían: Es que es demasiado repetitivo; es que es demasiado repetitivo. Y entonces, en algún momento, se habló incluso de quitarlo, de no ponerlo. Y estábamos hablando en kaqchikel, no en español.

Con una trayectoria dedicada a la literatura, Miguel Oxlaj comparte parte de su proceso creativo. Foto/Edwin Bercián
Con una trayectoria dedicada a la literatura, Miguel Oxlaj comparte parte de su proceso creativo. Foto/Edwin Bercián

Eso me quitó el sueño y, como a las 2 de la mañana, pensando y pensando, me di cuenta de que él era el único que tenía la estructura del pensamiento kaqchikel en sus textos. Los demás, no. Sí, estábamos en kaqchikel, pero la lógica de nuestros textos ya estaba bastante españolizada.

En nuestra búsqueda por intentar quedar bien con el público, que es mayoritariamente español/castellanohablante, muchas veces intentamos ajustarnos a esa lógica. Pero, en esa búsqueda, estamos descuidando la estructura de cómo está construida la gramática de nuestros idiomas, de nuestra forma de ser, de hablar, porque estamos buscando una validación.

Yo últimamente estoy escribiendo, y lo estoy escribiendo porque así surgió, así nació, así fue y así lo diría mi abuela, mi abuelo, mi papá, mi mamá. Punto.

¿Cómo hace  para retornar  o acercar los textos a las personas mayahablantes?

R.  Creo que esa es una deuda que yo personalmente tendría, más allá de hacer una presentación del libro en Chixot, de hacer lecturas de poesía, que las hacemos constantemente allá, algunas lecturas virtuales a través de las redes. Cuando hablamos del libro físico, ahí sí quedamos con una deuda porque, lamentablemente, el libro físico tiene un costo; o sea, no es un bien de consumo básico. Sin embargo, sí que nos hemos esforzado: cuando hay un libro nuevo, un texto nuevo, hacemos una presentación en el pueblo porque, pues, es el lugar donde surge el texto. Y, luego, hay muchas lecturas; o sea, con nuestro colectivo hacemos lecturas de poesía y ahí no estoy hablando solo yo, sino varios compañeros que están escribiendo. Si nos invitan a leer a una escuela, vamos, porque nosotros decimos: ¿Cómo hacemos para que la gente lea o se acerque a los libros?.

Para acceder a un libro es difícil. Hay gente que está bajo la línea de la extrema pobreza y es nuestra gente, precisamente. Pero otras personas, que sí tienen otros acceso, siguen sin poner un libro en su lista de mercado.

P. ¿Cuántos libros ha publicado hasta la fecha y cuál diría que ha sido el texto que más le ha transformado a nivel personal durante su escritura?

R. Son seis libros los que he publicado hasta el momento: Rutaqikil ri Sarima’ / La misión del Sarima’ (narrativa, 2009), Mitad mujer (narrativa, 2019), Xtisaqirisan na pe / Planicie de olvido (poesía, 2020), Jun man oyob’en k’ulunïk / Encuentro inesperado (narrativa, 2024), Rajawal ri k’ichelaj / Guardián del bosque (poesía, 2025) y Ri ojer tz’ib’awuj richin ri ija’tz chuqa’ richin ri loq’oläj ixim / El manuscrito de la semilla y del sagrado maíz (poesía, 2026). Pero, quizás, el que me ha transformado o el que ha hecho esa parte más vivencial no lo he publicado.

A pesar de que en más de una ocasión, más de una editorial ha querido publicar, pero no ha sido el momento. Todos los años digo: este año sí lo voy a publicar, pero, pues, surge algo más.

Pero de los que están publicados, es el último uno de los libros con que me identifico más, que lo publicó Tujaal Ediciones. Es “El manuscrito de la semilla y del sagrado maíz”. Este libro es el trabajo de muchos años porque no todos los poemas surgieron de uno solo, sino que fueron surgiendo poco a poco.

El libro “El manuscrito de la semilla y del sagrado maíz”, escrito por Miguel Oxlaj, durante la entrevista. Foto/Edwin Bercián
El libro “El manuscrito de la semilla y del sagrado maíz”, escrito por Miguel Oxlaj, durante la entrevista. Foto/Edwin Bercián

Cuando escribí un texto que se llama “Un grano de maíz”  fue hace muchos años, supe que tenía una deuda con el maíz porque yo había crecido en mi niñez, en el campo, con mi papá, con mi mamá, entre la milpa. Fue un proceso muy vivencial, muy cercano, y no es solo mío, sino que lo que vive mucha gente, muchas niñas, niños siguen viviendo esto ahorita.

Vamos al campo y, pues, hay niños que están ahorita jugando en la milpa; por ejemplo, cuando la milpa empezaba a crecer y, pues, poco a poco nosotros nos íbamos hundiendo entre la milpa. Entonces yo decía: “Pues si yo no crezco y la milpa crece tan rápido…” Pero de pronto la milpa se hacía tan grande, tan grande que, cuando yo miraba para arriba, pues para mí el cielo no solo era azul y blanco, sino que tiene otros colores.

Son cosas que uno va observando entre la milpa.

P. ¿Cuáles son las mayores barreras físicas, económicas que encuentran los textos en idiomas mayas?

R. No todas las editoriales están dispuestas a publicar libros en idiomas indígenas, eso lo sabemos, pero sí que últimamente yo diría que tal vez en los últimos 10 años ha empezado a haber mucha apertura.

Yo no me quejaría mucho por eso en este momento, porque sé que se puede. De hecho, por ejemplo, soy una de las personas que en este momento, parte de lo que estoy haciendo, es intentando visibilizar a otras escritoras u otros escritores con su trabajo y publicarlos.

Yo creo que sí hay cultura de lectura en Guatemala, sí hay; pero no deja de ser un bien y tiene un costo, y muchas veces no estamos pensando en pagar ese costo. En nuestra lista de mercado no está poner un libro; priorizamos zapatos, ropa que me gustó, pero un libro no lo ponemos. Y eso creo que es algo que tiene que ir cambiando poco a poco, porque yo creo que sí se están escribiendo buenos libros en lenguas indígenas. Yo ahorita estuve leyendo y estoy muy contento porque vamos a publicar un libro en ixil-español.

Y creo que es válido en este momento, porque al final las y los mayas también tenemos anhelos, sueños, necesidades, búsquedas; y, si eso está en un libro desde una perspectiva maya, pues ¡qué bueno!

P. ¿Qué consejo tendría como autor,  escritor para motivar a la juventud que tiene el deseo de escribir desde su propio idioma?

R. Sería muy lindo que más y más personas estuvieran escribiendo en sus idiomas. Yo sueño con que un día hagamos en Guatemala una feria del libro en idiomas indígenas.

Es decir, que los 24 idiomas indígenas que se hablan en el país tengan muchos libros y muchos autores, y hagamos una feria del libro en lenguas indígenas; que haya en itza, en mopan, en achi’, en aguacateco, en mam, en kaqchikel, ch’ortí, xinca, garífuna, y hagamos una fiesta, una feria del libro, del libro indígena. Yo sueño con eso.

Quizás lo que estoy planteando sea loco, pero hace algunos años yo participé en una feria de libros en Durango, en el País Vasco: la feria del libro en euskera. Y lo interesante de esos libros es que ni siquiera estaban en español y euskera; no tenían traducción. Y la gente llegaba a abarrotar y a comprar y a consumir libros. Entonces, digo: Sí se puede. Sí se puede.

El escritor maya Miguel Oxlaj sostiene algunos de los libros que ha publicado a lo largo de su trayectoria. Foto/Edwin Bercián
El escritor maya Miguel Oxlaj sostiene algunos de los libros que ha publicado a lo largo de su trayectoria. Foto/Edwin Bercián

Otro de los sueños que tengo es que algún día yo ya no tenga que traducir mis libros al español, sino que crezca una generación de traductoras y traductores. Gabriel García Márquez no estaba preocupado por traducir su libro al inglés; los escritores ingleses no estaban diciendo: Ay, voy a escribir mi libro y lo voy a traducir al español para que llegue a más público. No fue nunca una preocupación de esos escritores; fue preocupación de otras personas. ¿Por qué nosotros como escritores en lenguas indígenas estamos preocupados por traducir nuestros textos, por autotraducirnos? Ese no debería de ser trabajo nuestro.

Debería de ser trabajo de otra profesión, de traductores literarios que digan: Ah, este libro de Negma Coy está muy bueno; lo voy a traducir al español y lo vamos a publicar en tal lado. Este libro de Miguel Tum Ajcot está muy bueno, está en uspanteko, pero yo lo quiero traducir al, al español y lo voy a traducir y lo vamos a publicar en tal lado.

Como pasa con otras escritoras, otros escritores de lenguas hegemónicas. Puede sonar un poco ridículo, pero vale pensar en eso. Entonces, ¿qué estoy intentando decir? Que si vos, hermana, hermano, estás dudando: «¿Será que lo que estoy escribiendo en mopan está bien o está mal?, escribilo.

En el tema de nuestros idiomas indígenas, no solo es, digamos, el hecho de que haya un libro, un texto, sino que también hay una herramienta didáctica para aprender el idioma para otros, porque en las escuelas se carece de estos materiales.

Entonces hay que seguir escribiendo. Pues que simplemente lo hagan, que no se la piensen mucho y que no se quieran parecer a X o Y escritor, sino que encuentren la esencia de su escritura.

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