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“El hombre que parecía un caballo”, una mirada queer

En el podcast de No Ficción, Esto no es normal, el periodista Bill Barreto reseñó la obra “El hombre que parecía un caballo” de Rafael Arévalo Martínez, una recomendación cultural para continuar la discusión del episodio “No es normal tanto odio a la diversidad sexual”.

A más de un siglo de su publicación, “El hombre que parecía un caballo” de Rafael Arévalo Martínez puede leerse como una de las primeras expresiones homoeróticas de la literatura guatemalteca. Esta reseña explora las metáforas del deseo, la fascinación y la búsqueda espiritual presentes en un texto que sigue dialogando con las lecturas queer del siglo XXI.

“El hombre que parecía un caballo” (por acá una edición de libre uso de la UNAM, 1915) es una novela corta (o un cuento largo dependiendo del análisis) narrada en primera persona. Es una obra del autor guatemalteco Rafael Arévalo Martínez y un antecedente notable de la literatura queer en Latinoamérica a principios del siglo XX.

Una breve síntesis nos ayudará a situarnos en la historia: El protagonista y narrador conoce al “señor de Aretal”, un poeta brillante y carismático cuya personalidad lo deslumbra desde el primer encuentro. El narrador desarrolla una profunda admiración y dependencia espiritual hacia él. El vínculo entre ambos (al menos desde la visión del narrador) se presenta como una comunión de almas, una relación de fascinación y aprendizaje.

Con el tiempo, sin embargo, el narrador descubre que Aretal posee una naturaleza contradictoria. Aunque intelectualmente extraordinario, carece de una verdadera “dimensión moral” y cambia según las personas que lo rodean.

Esa capacidad de adoptar los rasgos de otros lleva al narrador a concluir que Aretal no es plenamente humano, sino una criatura semejante a un caballo: fuerte, noble y generoso, pero guiado por instintos poderosos, por pasiones e impulsos más que por principios.

Alerta de spoiler, a más de un siglo de distancia de su publicación: La amistad termina abruptamente cuando Aretal rechaza al narrador, pero no lo hace por un amor contrariado o por un prejuicio social. 

Nos dice el narrador: “Me separé del señor de los topacios, y a los pocos días fue el hecho final de nuestras relaciones. Sintió de pronto el señor de Aretal que mi mano era poco firme, que llegaba a él mezquino y cobarde, y su nobleza de bruto se sublevó. De un bote rápido me lanzó lejos de sí. Sentí sus cascos en mi frente”.

La obra concluye con la imagen final de un centauro que se aleja al galope: un ser híbrido entre hombre y animal. Entre la razón y el instinto.

Deseo y transformación animal

El narrador de esta historia es un personaje sensible, contemplativo y profundamente idealista (muy en la línea de los héroes del modernismo, atrapados entre una sociedad anquilosada y el deseo de novedad y renovación).

Este personaje/narrador busca una unión espiritual absoluta y experimenta una intensa atracción emocional, aunque también podría interpretarse como física y sexual, hacia Aretal.

La voz de esta historia tiene rasgos autobiográficos y suele identificarse con el propio Rafael Arévalo Martínez (1884-1975), un autor que atravesó el siglo XX guatemalteco con obras que abarcan la narrativa política, la crónica periodística, la poesía, el teatro y el ensayo literario.

Pero más allá de una identificación entre autor y personaje, percibo, siguiendo a Francisco Nájera en su libro El Pacto autobiográfico en la obra de Rafael Arévalo Martínez, que lo que busca el autor “en sus textos no es, pues, la narración de la historia de su vida, sino la creación de una configuración metafórica que, al definirlo, permita a sus lectores aprehender sus experiencias -su realidad- en una forma dramática y total”.

Y parte fundamental de esa experiencia por compartir es el deseo homoerótico, en clave de relato modernista/fantástico, un deseo sublimado. Un deseo que se alimenta tanto de la fascinación física como de la correspondencia intelectual.

“El señor Aretal” es la figura central de la obra. Está inspirado en el poeta colombiano “Miguel Ángel Osorio”, conocido posteriormente como “Porfirio Barba Jacob”. Osorio vivía su homosexualidad abiertamente en ciertos círculos intelectuales guatemaltecos de principios del siglo XX.

Pero la publicación del relato provocó escándalo porque la identificación del personaje con el poeta colombiano era algo que la conservadora sociedad de la época no estaba acostumbrada a reconocer.

Aretal es una figura que posee gran inteligencia, magnetismo y talento poético, pero el narrador lo describe como un ser amoral, cambiante y dominado por impulsos instintivos. La metáfora del caballo expresa esa mezcla de belleza, fuerza y ausencia de límites morales.

La misma oración con la que inicia la obra nos lo muestra en estos términos: “En el momento en que nos presentaron, estaba en un extremo de la habitación, con la cabeza ladeada, como acostumbran a estar los caballos, y con aire de no fijarse en lo que pasaba a su alrededor”.

El deseo encuentra expresión en esta obra convirtiendo al ser deseado simbólicamente en un animal pasional como el caballo.  Nos dice el narrador que: “El señor de Aretal, que tenía una elevada mentalidad, no tenía espíritu: era amoral. Era amoral como un caballo y se dejaba montar por cualquier espíritu”.

Una expresión donde “dejarse montar” podía equivaler tanto a ser conducido o influenciado por otra personalidad fuerte, como al acto sexual, la cópula entre dos amantes.

Escucha:

Metafísica del deseo: “Mi destino es arder”

“El señor de Aretal era una lámpara encendida y yo era una cosa combustible. Nuestras almas se comunicaban”, relata el narrador sobre esta fascinación. Y aquí hay otra arista para leer El hombre que parecía un caballo.

El fuego simboliza pasión, transformación y deseo. La relación se presenta como una combustión compartida. Pero el deseo no es planteado únicamente como un impulso físico, una atracción hacia la cual gravitan los cuerpos. Sino también como una búsqueda espiritual.

Un poco de contexto puede ayudar a entender este punto. A principios del siglo XX en los círculos intelectuales en los que se movía Arévalo Martínez la teosofía estaba en auge. Y el autor era uno de sus promotores en Guatemala.

La teosofía, entendida como un movimiento esotérico y de renovación espiritual que impulsaba un conocimiento sincrético de las religiones propiciaba: el estudio comparado de las creencias metafísicas, la exploración de poderes latentes en el ser humano y una fraternidad universal (sin distinción de origen, credo o sexo). Pero seguía siendo un movimiento de élites intelectuales y, a menudo económicas.

El texto de “El hombre que parecía un caballo” plantea la atracción del narrador hacia el “señor de Aretal” también como una búsqueda de comunión espiritual que trascendía a los sexos. Dice el relato:

“Éste es el hombre que esperabas; éste es el hombre por el que te asomabas a todas las almas desconocidas, porque ya tu intuición te había afirmado que un día serías enriquecido por el advenimiento de un ser único. La avidez con que tomaste, percibiste y arrojaste tantas almas que se hicieron desear y defraudaron tu esperanza, hoy será ampliamente satisfecha: inclínate y bebe de esta agua”.

La imagen del agua representa nutrición, comunión y deseo. El lenguaje evoca una unión espiritual y afectiva en la cual el narrador se sumerge. Y como contraparte de esta figura líquida y primordial su opuesto. El fuego. Se lee también en el relato:

“Yo tuve el placer de arder: es decir, de llenar mi destino. Comprendí que era una cosa esencialmente inflamable. ¡Oh, padre fuego, bendito seáis! Mi destino es arder”.  En una de las imágenes más intensas del relato el fuego aparece como símbolo del deseo y de la plenitud emocional.

La comunión se alcanza al ser consumido por ese fuego que los une.

Edición de “El Hombre que parecía un caballo y otros relatos” por parte de Editorial UNAM.

Una lectura para el siglo XXI

A poco más de 110 años de la publicación de este relato quiero destacar su lectura como una de las primeras manifestaciones homoeróticas de la literatura guatemalteca. Escarbar en la historia es también una forma de iluminar el presente. Recuperar estos textos e invitar a leerlos, tanto con el contexto de su escritura como desde el presente, es una manera de reconocer y valorar la mirada queer en la historia de nuestra literatura.

Pero retomar este relato también nos brinda la oportunidad de ver la pluralidad de lecturas que permite: Puede ser tanto un retrato de la fascinación amorosa entre dos hombres como una historia sobre el deseo reprimido y sublimado. O una reflexión sobre identidades ambiguas y una mirada andrógina al deseo. O una exploración de la tensión entre la admiración, el deseo y la decepción amorosa de idealizar al ser amado.

Estamos ante un texto hibrido: con lenguaje modernista y sensibilidad vanguardista, entre imágenes del deseo consumado o anhelado y filigranas de comunión espiritual. Como la esfinge con la cual identifica el narrado al señor de Aretal: un ser entre dos mundos; o como el centauro que también lo encarna: “con rostro humano y cuerpo de bestia”.

POSDATA:

Para los lectores/as inquietos, la historia de Aretal y su narrador tiene un seguimiento el relato El trovador colombiano, en ediciones como “El hombre que parecía un caballo y otros cuentos”, de la Editorial Universitaria de la USAC.

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